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  Economía  Erik Prince, el mercenario que asalta la Bolsa con drones dotados de IA
Economía

Erik Prince, el mercenario que asalta la Bolsa con drones dotados de IA

29 de marzo de 2026
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Erik Prince, fundador de Blackwater.

Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.

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Doce hijos con tres esposas

La biografía personal de Erik Prince está marcada por una estructura extensa y vinculada a su actividad profesional. Católico desde 1992, es padre de 12 hijos, cuatro con cada una de sus tres esposas. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Joan Nicole (quien le introdujo en el catolicismo), en 2003, Prince contrajo matrimonio con Joanna Ruth Houck y, posteriormente, con Stacy DeLuke, quien fuera portavoz oficial de Blackwater.

 El presidente de Swarmer y fundador de Blackwater regresa al primer plano financiero con el éxito bursátil de su apuesta tecnológica para dotar de autonomía a drones a través de la IA  

Erik Prince (Míchigan, EE UU, 1969) siempre ha sido un mercenario sin complejos a la hora de monetizar el caos, preferiblemente si este ocurre lejos de las fronteras de su adorado Estados Unidos. El artífice de la privatización bélica durante los años negros de la guerra de Irak, al frente de la siempre polémica Blackwater, de la que fue fundador y presidente, ha descubierto ahora un filón más silencioso y rentable que el estruendo de los fusiles: la fiebre de la inteligencia artificial. Con la salida a Bolsa de Swarmer, apuesta tecnológica para dotar de cerebro y autonomía a enjambres de drones a través de la IA, Prince, que la preside, ha logrado lo que parecía un imposible: que Wall Street prefiera ignorar su biografía para centrarse en el potencial de sus algoritmos.

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El pasado día 16,Swarmer fijó el precio de su oferta pública de venta (OPV) en cinco dólares por acción. Su debut en el Nasdaq fue un éxito alcista a tal escala que firmó la mejor salida a Bolsa en Estados Unidos en el último año. Antes de que los analistas pudieran parpadear, la acción se disparó un 520% en su primera jornada. En apenas 48 horas, la revalorización rozó el 1.100%, elevando la capitalización de esta joven firma hasta los 670 millones de dólares. Poco importa que la compañía apenas facturara 310.000 dólares el pasado ejercicio o que sus pérdidas superen los 8 millones; en la guerra por la supremacía de la IA, a Wall Street le embelesa más la promesa de un cielo saturado de máquinas inteligentes que los beneficios o ingresos de la firma.

Hijo de una de las familias más ricas del estado de Míchigan, el matrimonio Prince-Broekhuizen, y de gran influencia en la esfera política estadounidense, el mercenario disfrazado de tecnócrata en esta nueva etapa estudió en la Holland Christian Schools –de ahí su gran acervo religioso–. Tras finalizar su licenciatura en el Hillsdale College, Prince comenzó su corta andadura en la política siendo becario en la Casa Blanca durante la presidencia de George H. W. Bush en 1990. Un presidente al cual a posteriori criticó duramente con cierto toque homófobo y, al puro estilo Donald Trump, anti-woke: “Vi muchas cosas con las cuales no estuve de acuerdo, como invitaciones a grupos homosexuales, el acuerdo sobre el presupuesto, legislación sobre el medio ambiente, y ese tipo de leyes”.

Inconforme con las altas esferas de EE UU, Prince decidió alistarse en las fuerzas especiales de la Marina, los SEAL. Una decisión que, con el paso de los lustros, justificaría su afán por los conflictos bélicos. Durante sus años en la unidad de élite, el hoy empresario no tuvo que sufrir en primera persona las atrocidades del campo de batalla; aun así, atribuye a ese entrenamiento el origen de su espíritu emprendedor. En 1995 abandonó su carrera militar y, gracias a la venta de Prince Corporation –fundada por su padre– por 1.350 millones de dólares en efectivo a Johnson Controls, el menor de los Prince-Broekhuizen compró un terreno en el Gran Pantano de Virginia. Esa transacción en 1997 fue el acta de nacimiento de Black­water, su firma insignia.

El ascenso de Blackwater fue meteórico. Prince aprovechó la coyuntura de la llamada Guerra contra el terrorismo –impulsada por Estados Unidos tras el 11S– con el fin de poner freno al yihadismo a nivel mundial. Ante la falta de recursos operativos del ejército convencional para cubrir tantos frentes abiertos, la Casa Blanca decidió subcontratar la seguridad en Irak o la protección de sus diplomáticos en Afganistán. Fue ahí donde Blackwater entró en la ecuación: la firma se convirtió en la mayor contratista de seguridad del Departamento de Estado, proveyendo de 987 guardias a embajadas y bases foráneas. Fueron contratos federales por un valor superior a 1.600 millones de dólares, a los que se sumaron otros tantos de carácter clasificado cuyo importe exacto aún se desconoce.

¿Por qué triunfó Blackwater frente a sus competidores? La estrategia de Prince fue sencilla: reclutar como mercenarios a exmilitares estadounidenses, creando un núcleo duro de veteranos de las fuerzas especiales que ganaban mucho más como contratistas que en el propio ejército. Pero el Departamento de Estado no fue el único en engrosar las arcas de Blackwater. Además de las adjudicaciones millonarias del Pentágono, desde 2001 la CIA le otorgó casi 600 millones en contratos clasificados. Incluso la Administración de Barack Obama, en 2010, le concedió diversos contratos por valor de más de 120 millones, demostrando que el negocio de Prince era transversal a cualquier ideología política.

Sin embargo, el historial del empresario también alberga capítulos de una crudeza que ninguna campaña de relaciones públicas ha logrado borrar. El punto de inflexión llegó en 2007 con la matanza de la plaza Nisour en Bagdad, donde empleados de Blackwater acabaron con la vida de 14 civiles iraquíes en un confuso y sangriento episodio que desató una tormenta diplomática global. Aquel caos no solo supuso condenas de cárcel –años más tarde indultadas por Donald Trump–, sino que forzó la ruptura de Obama con la firma y empujó a Prince a vender su participación en 2010 para refugiarse en Abu Dabi.

Pero, en el universo de Prince, el exilio ha sido solo una incubadora de negocios. Esa reputación implacable, que le cerró las puertas de la Administración estadounidense, le ha abierto en la última década un abanico de oportunidades lejos de tierras norteamericanas. Prince ha pasado de presumir de patriotismo a diversificar su cartera de clientes sin escrúpulos ideológicos ni religiosos: desde montar un ejército personal para el príncipe heredero de Abu Dabi hasta explorar negocios con el régimen venezolano de Nicolás Maduro o colaborar con el Gobierno chino. Ni las investigaciones por violación de exportación de armas, ni las acusaciones de servir de enlace entre el entorno de Trump y Vladímir Putin han logrado frenar su inercia.

A sus 56 años, Prince parece haber entendido que en el siglo XXI es más seguro –y rentable– vender algoritmos de inteligencia artificial que soldados. Con Swarmer, el mercenario busca la redención en la precisión de la IA, lejos del barro y los errores humanos de Bagdad. Wall Street, de momento, ha decidido comprar su nueva faceta de tecnócrata, que no dista mucho de su mantra de monetizar la guerra.

La biografía personal de Erik Prince está marcada por una estructura extensa y vinculada a su actividad profesional. Católico desde 1992, es padre de 12 hijos, cuatro con cada una de sus tres esposas. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Joan Nicole (quien le introdujo en el catolicismo), en 2003, Prince contrajo matrimonio con Joanna Ruth Houck y, posteriormente, con Stacy DeLuke, quien fuera portavoz oficial de Blackwater.

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