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  Economía  La guerra entregará al turismo un desempeño récord este año
Economía

La guerra entregará al turismo un desempeño récord este año

25 de marzo de 2026
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Las guerras son siempre una tragedia para las naciones que las sufren y desatan devastadores efectos para todas las economías, y con más intensidad en las dependientes financiera, energética o tecnológicamente de otras. Pero disponen también de efectos beneficiosos directos para actividades como las armamentísticas, y colaterales para otras en función de sus ubicaciones geográficas. Un buen ejemplo es el turismo para España, que registrará un creciente atractivo este año, y seguramente un nuevo récord de visitantes e ingresos, por la combinación de sus atributos genéricos con unas coordenadas geográficas lo suficientemente alejadas del conflicto de Oriente Próximo como para proporcionar la seguridad demandada por los visitantes.

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 Como el de los Balcanes en los 90 y el ucraniano, el conflicto de Irán desviará a España los flujos que buscan seguridad  

Las guerras son siempre una tragedia para las naciones que las sufren y desatan devastadores efectos para todas las economías, y con más intensidad en las dependientes financiera, energética o tecnológicamente de otras. Pero disponen también de efectos beneficiosos directos para actividades como las armamentísticas, y colaterales para otras en función de sus ubicaciones geográficas. Un buen ejemplo es el turismo para España, que registrará un creciente atractivo este año, y seguramente un nuevo récord de visitantes e ingresos, por la combinación de sus atributos genéricos con unas coordenadas geográficas lo suficientemente alejadas del conflicto de Oriente Próximo como para proporcionar la seguridad demandada por los visitantes.

Puede considerarse atrevido, inescrupuloso y ausente de ética hacer cálculos sobre los hipotéticos beneficios de una guerra. Pero no es un ejercicio que deba reservarse solo a quien las inicia, como es el caso de EE UU e Israel en esta última, que seguramente han cifrado de antemano que los réditos superarán a los costes, como con absoluta claridad los superaban para la Administración Trump en Venezuela. De hecho, habría que buscar mucho para encontrar un conflicto bélico que no tuviese una motivación económica primaria, y seguramente no encontraríamos ninguno. En este caso, como otras muchas veces en el pasado, la actividad turística en España será beneficiaria ocasional e involuntaria de la guerra, aunque en absoluto será la única.

Al igual que en la crisis económica provocada por la peste del covid, España e Italia fueron los países que encajaron más daño por la intensidad turística de sus economías, que retardaron mucho más que sus pares la recuperación hasta los niveles de 2019, ahora ambos países, más España que Italia, están en mejor disposición para acaparar el turismo que busca zonas de seguridad. El fenómeno no es nuevo: en la guerra de los Balcanes en la última década del siglo pasado y en la de Ucrania en los últimos años España ha experimentado un crecimiento de su actividad turística por la seguridad que ofrecía su ubicación. Y ahora no será diferente.

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El número de turistas que han visitado España ha mantenido una tendencia creciente desde que en 1960 la apertura de la economía registrase ya la llegada de seis millones de visitantes extranjeros, para marcar un récord de 96,8 millones de turistas en 2025 (además de 47 millones de excursionistas). Pero los crecimientos relativos más notables del acaparamiento de turistas se produjeron en los años noventa del siglo pasado, con un colectivo creciente que elegía España por la imposibilidad de pasar sus vacaciones en las costas cercanas a los países inmersos en la prolongada guerra de los Balcanes. Si en 1990 llegaron al país 33,9 millones de turistas (52 millones de visitantes contabilizando también excursionistas), en 2000 los turistas llegaron a 47,9 millones (74,4 millones de visitantes totales), y ello pese a la crisis económica que afectó puntualmente a Europa en los primeros noventa.

Recordar brevemente que la guerra de los Balcanes enlazó hasta cuatro conflictos bélicos en los territorios de la desintegrada Yugoslavia tras la caída del telón de acero en 1989. En 1991 una corta, pero muy dura, guerra en Eslovaquia; entre 1991 y 1995, la guerra en Croacia, que se solapó con la de Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995; y, por último, la de Kósovo entre 1998 y 1999. En todos los casos conflictos territoriales de pueblos que pretendían sacudirse el dominio de Serbia, y con dramáticos enfrentamientos de carácter étnico y religioso de por medio.

Ya en el siglo XXI España ha seguido manteniendo tendencias alcistas en la actividad turística, pero con la moderación propia de industrias maduras en los últimos años. Unos años en los que la competencia creciente de mercados alternativos en las propias costas mediterráneas reducía los flujos de visitantes hacia la península Ibérica. Destinos como Grecia, Turquía, Túnez, Egipto y las costas del Adriático que han ido ganando clientela, tanto por ubicación como por precio, especialmente de los países centroeuropeos, tradicionales clientes de España.

España ha peleado siempre por el liderazgo mundial, en el que compite por visitantes con Francia y por ingresos con EE UU. Pero siempre, desde que convirtió al turismo en su primera industria (aporta algo más del 12% de su PIB), España ha dispuesto de una especie de prima de seguridad frente a los países fronterizos con zonas de conflicto, instalado cuasi de manera permanente en Oriente Próximo.

La propia guerra de Ucrania, iniciada a la salida de la crisis de la pandemia mundial que secó la actividad turística y viajera, volvió a premiar a España por los riesgos que suponía para los visitantes los destinos turísticos cercanos a la zona de guerra, y ello a pesar de que el turismo estresó los precios en proporciones no conocidas en tales años. De hecho, España, Francia, Portugal, Irlanda e Italia, por el simple hecho de ser la zona continental más alejada de la frontera ucraniana, han sido las economías que mejor se han comportado en los últimos años con carácter general.

Ahora no será diferente. Todas las previsiones apuntaban a un nuevo récord de turistas en 2026 (más de cien millones) y de ingresos (cerca de 150.000 millones de euros) antes de comenzar la guerra de Irán, y seguramente tales pronósticos serán reforzados por las circunstancias bélicas. Los mercados emergentes del entorno de la zona de guerra serán evitados porque están en el radio de alcance de los proyectiles de uno y otro bando, y siempre serán un riesgo para la seguridad por precisos que sean los sistemas de lanzamiento.

Alemanes, británicos, franceses, holandeses… volverán a proporcionar a la industria turística un balance anual exitoso, en el que aportarán casi el 60% de los más de 200.000 millones de euros de la actividad turística, que supondrá cerca del 13% del PIB y dará empleo a cerca de tres millones de personas. Otra cuestión es que, en el muy corto plazo, como ha ocurrido con los episodios terroristas este siglo, los temores se adueñen de la comunidad y las empresas turísticas (hoteleras, aerolíneas o plataformas de contratación) encajen fuertes caídas en sus cotizaciones.

Unos números que apuntalarán definitivamente unas jugosas cuentas exteriores a la economía española, a la que el turismo proporciona un saldo favorable superior al 4% del PIB y una balanza de pagos por cuenta corriente con un superávit de casi el 3%, que supone una muy holgada capacidad de financiación, consolidada también en los últimos doce años.

Pero la cara amable para el turismo de los conflictos desatados por Trump puede llegar incluso también, aunque esto tiene un punto no despreciable de especulación, para la industria hotelera española desplegada en Cuba, si la negociación forzada por la escasez de energía desatada tras la caída del régimen de Maduro en Venezuela, deviene en un aperturismo político que integre a la isla caribeña en la economía abierta. Será bienvenida.

José Antonio Vega es periodista.

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