Es posible que la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, dimita o no antes de que acabe su mandato de ocho años, el 31 de octubre de 2027. Pero la carrera para sucederla ya ha comenzado. Las perspectivas de la economía de la zona euro ya parecían complicadas en febrero, cuando surgieron los primeros informes sobre una posible salida anticipada de Lagarde. Desde entonces, los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán han dado una nueva dimensión al riesgo económico mundial. El sustituto necesitará tanto sólidas credenciales económicas como tacto político, y deberá estar dispuesto a innovar ante las múltiples crisis que amenazan a Europa. La dificultad de encontrar a alguien tan excepcional debería llevar a los líderes de la zona euro a considerar una lista más amplia que la de los dos actuales favoritos.
Más allá de Knot o Hernández de Cos, los líderes de la zona euro podrían optar por Lemierre, de BNP, o Calviño
Es posible que la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, dimita o no antes de que acabe su mandato de ocho años, el 31 de octubre de 2027. Pero la carrera para sucederla ya ha comenzado. Las perspectivas de la economía de la zona euro ya parecían complicadas en febrero, cuando surgieron los primeros informes sobre una posible salida anticipada de Lagarde. Desde entonces, los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán han dado una nueva dimensión al riesgo económico mundial. El sustituto necesitará tanto sólidas credenciales económicas como tacto político, y deberá estar dispuesto a innovar ante las múltiples crisis que amenazan a Europa. La dificultad de encontrar a alguien tan excepcional debería llevar a los líderes de la zona euro a considerar una lista más amplia que la de los dos actuales favoritos.
Si hacemos caso a los economistas, el exjefe del banco central de Países Bajos, Klaas Knot, es el que tiene más opciones de conseguir el puesto si Lagarde se marcha antes de tiempo, según una encuesta de Bloomberg. Este hombre de 58 años lleva en pausa desde que dejó su cargo en julio pasado. Cumple con los requisitos tradicionales para los aspirantes al BCE. Knot parecía un clásico banquero central de línea dura cuando asumió el mando del De Nederlandsche Bank en 2011, pero aprobó las nuevas herramientas ideadas por el entonces presidente Mario Draghi para sacar a la zona euro de su crisis existencial, incluidos los programas de compra masiva de bonos.
Su posible rival es el exgobernador del Banco de España Pablo Hernández de Cos. Este hombre de 55 años ocupa el cargo de director general del Banco de Pagos Internacionales (BPI), conocido como el banco de los bancos centrales. Al igual que Knot, cuenta con unas credenciales tecnocráticas impecables. Pero, al proceder del sur de la zona euro, otrora en dificultades, se le considerará un candidato moderado, más propenso a impulsar al BCE a desempeñar un papel proactivo a la hora de evitar posibles recesiones.
En tiempos normales, el proceso consistiría en una contienda limitada a estos dos candidatos. Seguirían haciendo campaña ante su electorado de 21 miembros: los líderes de la zona euro. Knot intensificaría su ofensiva de encanto en los países del sur para convencerlos de que su conversión al pragmatismo monetario es real. De Cos haría lo contrario e intentaría convencer a los partidarios de la línea dura presupuestaria del norte de que no es tan moderado como su pasaporte podría sugerir. Draghi, de nacionalidad italiana, contrató hace 15 años a un consultor de relaciones públicas alemán para convencer a Berlín de que su nacionalidad no debía descalificarlo para el puesto más alto. Al final se impuso.
Pero no son tiempos normales. Una certeza sobre el mandato del próximo presidente del BCE es que no todo será un camino de rosas. Las consecuencias del huracán Donald Trump sobre la economía mundial se dejarán sentir durante años, incluso después de que haya dejado su cargo. A corto plazo, los banqueros centrales tendrán que lidiar con la crisis energética relacionada con Irán. En Europa, los partidos de extrema derecha están en auge y uno de ellos podría llegar al poder ya el año que viene en Francia. La segunda economía de Europa también se encuentra sumida en una crisis fiscal que se agravará si se instala el caos político.
El euro no está ni de lejos ante el tipo de crisis existencial que comenzó en 2010. Pero el sucesor de Lagarde podría tener que plantearse el despliegue de dos programas de compra de bonos de emergencia diseñados en crisis anteriores, ninguno de los cuales se ha utilizado aún: el Instrumento de Protección de la Transmisión, y las Transacciones Monetarias Directas. Y, si la economía de la zona se hunde, el nuevo presidente tendrá que decidir si continuar con el programa gradual de endurecimiento cuantitativo y a qué ritmo. El plan actual consiste en reducir lentamente el balance del banco, dejando que los bonos adquiridos en crisis pasadas venzan sin reinvertirlos. El balance del BCE estaba en 4,7 billones de euros cuando Lagarde asumió el cargo a finales de 2019, habiéndose duplicado ya con respecto a 2014. A finales del año pasado se situaba en 6,3 billones, tras haberse disparado hasta los 8,6 billones a finales de 2021 debido a las medidas para evitar una recesión provocada por la pandemia.
Es bastante fácil trazar el perfil de un banquero central ideal para tiempos difíciles. Dotado de una sólida formación en economía, habría trabajado unos años en el ámbito académico y en la función pública. Estaría curtido en mil batallas, habiendo demostrado sangre fría y espíritu innovador en una crisis anterior, y contaría con un historial de resistencia a la presión política. Por último, el candidato ideal tendría una personalidad fuerte con convicciones económicas firmes, lo que le permitiría liderar el consejo de gobierno, compuesto por 27 miembros, en vez de actuar como un buscador de compromisos.
La nacionalidad debería ser irrelevante. Pero eso es una vaga esperanza. En realidad, el próximo presidente del BCE no será francés, porque dos de los cuatro presidentes desde la creación del euro ya lo han sido: Lagarde y Jean-Claude Trichet. Y Berlín volverá a quedarse sin el puesto porque Ursula von der Leyen es presidenta de la Comisión Europea y Claudia Buch dirige el organismo de supervisión bancaria del BCE. La situación implica un regateo entre países, y no solo para el nombramiento del sucesor de Lagarde. Ella es una de los cuatro miembros del comité ejecutivo del BCE, compuesto por seis personas, cuyos mandatos expiran antes de que termine el próximo año.
Los Gobiernos deberían ampliar el abanico de candidatos. Lamentablemente, no pueden elegir a un extranjero, como hizo Reino Unido en el Banco de Inglaterra con Mark Carney en 2012. El tratado fundacional del euro exige que el cargo lo ocupe un ciudadano de un país miembro de la zona.
Otra idea, que resultaría controvertida, sería buscar candidatos con experiencia en el sector privado. Jean Lemierre, presidente de BNP Paribas, cumpliría muchos requisitos, pero su nacionalidad francesa hace que su nombramiento sea poco probable. Un político con trayectoria también encajaría en el perfil: pensemos en Nadia Calviño, la exministra de Economía española que ahora preside el Banco Europeo de Inversiones. E, incluso si fuera en contra de su tradición, los líderes de la zona euro no deberían descartar nombrar a un académico para el cargo. El belga Frank Smets, jefe de análisis económico del BPI, sería, entre otros, un candidato creíble.
Quizá eso sea pedir demasiado. Los líderes de la zona euro podrían optar, en cambio, por la seguridad de la tradición tecnocrática y política, lo que significaría nombrar a otro banquero central como Knot o de Cos. Lo peor, sin embargo, sería ponerse de acuerdo en el candidato de consenso menos susceptible de crear malestar. Teniendo en cuenta lo que nos espera, el BCE necesita un líder fuerte, no alguien que busque constantemente el compromiso.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías
Feed MRSS-S Noticias
