El campo español enfila el fin de agosto exhausto tras encadenar un carrusel de golpes meteorológicos. Primero fueron las lluvias, después las heladas, luego el granizo y, más tarde, el calor extremo. En medio, también los incendios. Para agricultores y ganaderos, este año está siendo un ejercicio de supervivencia, pues apenas una explotación empieza a recuperarse de un susto, llega el siguiente. “La situación sitúa a nuestras explotaciones en una vulnerabilidad extrema. Esto ya no es una anomalía pasajera, sino una crisis estructural. Las condiciones para producir alimentos hoy son completamente distintas a las de nuestros padres o abuelos”, advierte Cristóbal Cano, secretario general de la asociación agraria UPA.
Con más de 1,2 millones de hectáreas dañadas en lo que va de año, las pérdidas obligan a los ganaderos a consumir en agosto las reservas de alimento previstas para el invierno
El campo español enfila el fin de agosto exhausto tras encadenar un carrusel de golpes meteorológicos. Primero fueron las lluvias, después las heladas, luego el granizo y, más tarde, el calor extremo. En medio, también los incendios. Para agricultores y ganaderos, este año está siendo un ejercicio de supervivencia, pues apenas una explotación empieza a recuperarse de un susto, llega el siguiente. “La situación sitúa a nuestras explotaciones en una vulnerabilidad extrema. Esto ya no es una anomalía pasajera, sino una crisis estructural. Las condiciones para producir alimentos hoy son completamente distintas a las de nuestros padres o abuelos”, advierte Cristóbal Cano, secretario general de la asociación agraria UPA.
La magnitud de la crisis se refleja en las cifras de Agroseguro: 1,2 millones de hectáreas dañadas hasta finales de julio e indemnizaciones que ya alcanzan los 374 millones de euros. Es una de las cifras más altas de las que tienen registro para este periodo del año, aunque todavía lejos de 2023, cuando en el conjunto del ejerccio se pagó un récord de 1.241 millones. Lo preocupante es que el ciclo agrícola no ha terminado. Faltan campañas tan importantes para el sector como las del olivar, los cítricos, el caqui o el viñedo tardío del norte.
Desde la entidad aseguradora reconocen la gravedad de las constantes adversidades. “En los últimos años, cuando no es una dana es una sequía, y cuando no, una helada”, explica Sergio de Andrés Osorio, director general de Agroseguro. “Los eventos climáticos son muchísimo más intensos y extremos. No hablamos de un año catastrófico aislado, sino de una tendencia creciente y continua que nos sitúa en el periodo de mayor siniestralidad acumulada de nuestra historia”, insiste.
Detrás de las cifras oficiales hay cosechas perdidas, infraestructuras rotas y ahorros agotados. “Necesitamos mecanismos para que el sector tenga manera de continuar y que estas graves pérdidas no signifiquen el abandono de los cultivos o mandar animales al matadero porque no hay alimento”, expone Isabel Vilalba Seivane, ganadera en Galicia y miembro de la ejecutiva de la organización COAG.
Los tres primeros meses del año
El primer golpe llegó con el arranque de 2026. Después de varios años de sequía, las lluvias eran necesarias. Pero las borrascas atlánticas que atravesaron la Península durante enero y febrero llegaron con una intensidad y una continuidad que pusieron contra las cuerdas a algunas de las zonas agrícolas más productivas. Los suelos no pudieron absorber toda el agua y los sistemas de drenaje se vieron desbordados.

En Huelva, el sector de los frutos rojos fue uno de los primeros en sufrir las consecuencias. Más de 11.650 hectáreas de fresón y otros productos registraron daños. Unas 3.800 hectáreas quedaron afectadas por inundaciones y exceso de agua y otras 2.100 por el viento, que destrozó estructuras de macrotúneles e invernaderos.
La humedad asfixió las raíces en pleno inicio de la campaña comercial. Para un sector que depende de una ventana de venta corta y de miles de trabajadores temporales, arrancar con una parte de la producción perdida supuso mucho más que una mala cosecha. “Aquellos primeros meses del año fueron meteorológicamente históricos en cuanto a la violencia de las borrascas”, apunta Osorio, quien añade que, “aunque a muchos cultivos de invierno no les afecta el agua, en sectores de valor tan sensible como el fresón las pérdidas iniciales se dispararon de inmediato”.
En marzo, los cambios bruscos de temperatura llevaron las heladas a buena parte del país. Más de 56.650 hectáreas resultaron afectadas. El golpe fue especialmente duro para los cultivos que ya habían empezado a florecer. Los frutales de hueso, como los melocotoneros y almendros, quedaron expuestos justo cuando necesitaban temperaturas estables para dar frutos. En total, unas 19.700 hectáreas de cultivos herbáceos como el trigo o la cebada, y 12.800 de frutos secos, sobre todo almendros, sufrieron daños por los fríos extremos.
Granizo en abril y calor en junio
Abril no dio descanso con el granizo. Las primeras tormentas de pedrisco golpearon viñedos y frutales. Y al cabo de semanas, el país pasó de las heladas al calor extremo. Los termómetros superaron los 40 grados en amplias zonas del país en un momento delicado para los cultivos. El cereal fue el primero en mostrar un desplome productivo. Castilla y León, principal granero de cereal de invierno de España, cerró la campaña con una caída superior al 45% respecto al año anterior, debido a que el calor de mayo asfixió el grano antes de madurar.
En Málaga, algunos viticultores han calculado pérdidas de más del 40% en la uva moscatel. En Extremadura, las altas temperaturas coincidieron con la floración del tomate, con una caída importante del rendimiento por hectárea. Y en Jaén, el calor dañó la flor del olivo en amplias zonas de la provincia, justo cuando el sector esperaba que una buena cosecha de otoño e invierno ayudara a dejar atrás varios años marcados por la sequía.

“Antes la recolección de cereales se llevaba un mes de diferencia entre pueblos; hoy, cosechamos todo a la vez por la rapidez con la que madura el grano con estos golpes de calor”, explica Óscar Salazar, agricultor de La Rioja, quien estima una pérdida del 50% en su cultivo de girasol debido a la sequía.
Otro verano de incendios
A partir de junio, las altas temperaturas y la falta de humedad cambiaron de nuevo el paisaje. Los incendios se multiplicaron y, con ellos, los daños materiales. El fuego ha alcanzado pastos, explotaciones ganaderas, sistemas de riego, maquinaria y otras infraestructuras necesarias para mantener las explotaciones. En total, se registraron daños a actividades agrarias en más de 40 provincias.
Hasta el 17 de agosto, Agroseguro había recibido partes correspondientes a más de 15.800 hectáreas agrícolas afectadas por los incendios. Es, de forma provisional, la segunda cifra más alta de la última década, solo por detrás de 2025, cuando ardieron 20.740 hectáreas. La mayor parte de la superficie afectada —alrededor del 90%— corresponde a cultivos herbáceos, principalmente cereal de invierno que aún estaba pendiente de recoger o rastrojos. Pero las llamas también han alcanzado viñedos, olivares, cítricos, frutos secos y explotaciones ganaderas. Un solo ejemplo basta para ver la gravedad del problema. En Castellón, las llamas han arrasado más de 2.000 hectáreas productivas. La asociación Asaja estima que los daños rondan los 35 o 40 millones de euros, tanto en cosechas como en infraestructura.

La asfixia en los campos por el calor también está afectando la salud de los animales a través del estrés térmico. “Las vacas soportan mucho mejor el frío. Pero con este calor sostenido en el tiempo, las defensas se les bajan porque no comen pasto fresco nutritivo. He tenido diarreas, brotes de conjuntivitis bovina propagados por las moscas y casos raros de pedreros [úlceras bacterianas en las pezuñas] que al principio temíamos que fuesen lengua azul”, detalla María Osorio, ganadera de vacas de carne en la comarca de Os Ancares (Lugo).
El verano ha abierto otro frente en el norte del país. Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y la vertiente cántabra de Navarra están atravesando una crisis forrajera. El calor de agosto, con máximas de entre 35 y 40 grados, sumadas a la falta de lluvias, han dejado sin hierba a muchas explotaciones de vacuno. Los ganaderos han tenido que echar mano antes de tiempo de las reservas de invierno y afrontar el coste de reponerlas, en un mercado en el que la paja de cereal se ha encarecido un 32% en apenas dos meses.
En Lugo y Ourense, las pérdidas de cultivos para alimentar al ganado superan el 60%, según Coag. “Llevamos ya tirando de reservas de invierno desde mediados de julio porque no hay pasto en los prados”, relata Osorio. “Es el segundo año consecutivo que me pasa. Suplementar la alimentación con forraje que tienes que comprar fuera, más el transporte, supone un desembolso imprevisto que compromete gravemente la viabilidad de las granjas”, zanja.
El problema es generalizado. En Asturias, el maíz forrajero registra descensos de entre el 60% y el 80%, de acuerdo a Coag. La falta de agua también está afectando directamente al abastecimiento de los animales. En Cantabria y en algunas zonas de Bizkaia ha sido necesario transportar agua para garantizar su consumo ante la reducción del caudal de los ríos y el agotamiento de los manantiales.
Mientras el norte se seca, el arco mediterráneo y el sur peninsular sufren el azote del granizo. Las tormentas de agosto trituraron frutales y viñedos listos para la vendimia. Solo el temporal del 20 de agosto asoló 25.000 hectáreas de cultivo en el altiplano murciano y la Vega del Segura, según UPA, y borró en minutos el trabajo de todo un año.
El impacto de estos meses negros trasciende las lindes del campo, alimentando la inflación que se trasladará en forma de alimentos más caros para todos los consumidores y restando ingresos a los productores. El sector insiste en que España no puede seguir gestionando el clima con parches coyunturales. “No hay una línea de trabajo para los retos meteorológicos que tenga entidad y continuidad por parte del Gobierno. Siguen tratando las crisis como si fuesen episodios aislados cuando es un problema estructural”, lamenta Vilalba.
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