La teoría económica sostiene que la utilidad surge del interior del individuo; que las empresas aspiran a maximizar beneficios, y que los inversores buscan la mayor rentabilidad posible para un nivel de riesgo dado. Pero ninguna de estas aspiraciones concuerda con la naturaleza humana, según René Girard. El sociólogo francés, fallecido hace poco más de una década, creía que todos nuestros deseos nacen del deseo de otros. Su teoría del deseo mimético cuenta con numerosos adeptos en Silicon Valley. La feroz competencia por dominar el mundo de la inteligencia artificial parece un caso de manual de rivalidad mimética en acción.
Las ideas del sociólogo René Girard explican la rivalidad que impulsa la carrera
de la inteligencia artificial
La teoría económica sostiene que la utilidad surge del interior del individuo; que las empresas aspiran a maximizar beneficios, y que los inversores buscan la mayor rentabilidad posible para un nivel de riesgo dado. Pero ninguna de estas aspiraciones concuerda con la naturaleza humana, según René Girard. El sociólogo francés, fallecido hace poco más de una década, creía que todos nuestros deseos nacen del deseo de otros. Su teoría del deseo mimético cuenta con numerosos adeptos en Silicon Valley. La feroz competencia por dominar el mundo de la inteligencia artificial parece un caso de manual de rivalidad mimética en acción.
Girard forjó sus ideas a partir del estudio de la literatura, los textos antiguos y la antropología. Uno de sus colegas de Stanford lo llegó a calificar como “el nuevo Darwin de las ciencias humanas”. No fue el primero en observar que el hombre es una criatura de imitación. Su intuición original es que el deseo no se arraiga en ningún objeto real, sino que refleja el anhelo de otro: “Por regla general”, escribió, “deseamos lo que desean quienes nos rodean… Imitamos el deseo de aquellos a quienes admiramos. Queremos llegar a ser como ellos”.
Para Girard, el acto de imitar conduce a luchas competitivas. Situaba la rivalidad mimética en el corazón de las relaciones sociales. Las obras de Shakespeare, decía, están llenas de ella. El mundo que describe es intrínsecamente inestable. El imitador y su modelo mantienen una relación reflexiva en la que cada uno acaba copiando al otro. Las diferencias entre los protagonistas se erosionan con el tiempo. A medida que la rivalidad se intensifica, el supuesto objeto de sus deseos colectivos queda desatendido.
Otros se ven arrastrados al conflicto. “Lo que hace terrible a la rivalidad mimética es que es un fuego contagioso, que se intensifica a medida que avanza”, escribió Girard. Estalla una crisis. El orden social se restablece mediante el chivo expiatorio: individuos inocentes cargan con la culpa de la calamidad. En ese momento, el ciclo vuelve a empezar: “Toda disolución es una nueva creación, y viceversa… Hay que elevarse por encima de la historia presente para ver la totalidad de los ciclos y reconocer que el tiempo lineal es una ilusión”.
Girard no tenía demasiado interés en la economía. Sus preocupaciones eran ante todo religiosas y culturales. Aun así, comprendió que el capitalismo operaba aprovechando el deseo de los demás. Lo encontramos en las marcas y el marketing en general, y en el espíritu competitivo del mundo corporativo. En su mayor parte, Girard veía en ello algo positivo: “El genio de nuestro liberalismo económico reside en que da rienda suelta a las rivalidades miméticas en la búsqueda de la riqueza”.
La imitación, decía, es la norma en el mundo de los negocios: cuando una empresa fracasa, mira a su alrededor para ver qué hacen bien sus competidores y los copia. Ejercida dentro de ciertos límites, la competencia es una fuente de creatividad que reporta enormes beneficios materiales: “Se puede crear capital con la rivalidad mimética, siempre que no os matéis unos a otros, siempre que siga siendo una especie de juego económico”.
El dinero, por supuesto, es una construcción puramente mimética: tiene valor solo porque otras personas lo desean. La inversión es también un juego mimético. “En la Bolsa compramos acciones porque otros las compran, y las adquirimos como todo el mundo las adquiere, y llevado al extremo esto se llama una burbuja especulativa”, observó Girard. Esto encaja con la descripción que hizo John Maynard Keynes de la Bolsa como un concurso de belleza en el que “dedicamos nuestra inteligencia a anticipar lo que la opinión media espera que sea la opinión media”.
Como Keynes, Girard entendía el riesgo profesional que corren los inversores que se apartan de la masa: “La mejor manera de no ser crucificado… es hacer lo que hacen todos los demás y sumarse a la crucifixión”. La rivalidad mimética tiene, para Girard, una cualidad maníaco-depresiva, en la que los participantes sienten fugaces momentos de euforia y desesperación, similares a los vaivenes de ánimo del “señor Mercado” descrito por el inversor Benjamin Graham. Las burbujas especulativas terminan en crisis y van seguidas del inevitable juego de las culpas. En la Gran Depresión, por ejemplo, Franklin Roosevelt empleó un lenguaje bíblico para condenar al fracasado magnate eléctrico Samuel Insull. El empresario de Chicago fue juzgado más tarde por fraude y absuelto, cumpliendo así el criterio de Girard de que el chivo expiatorio siempre es inocente.
Silicon Valley ha hecho suyo al académico de Stanford. El multimillonario inversor tecnológico Peter Thiel es su discípulo más conocido. Los capitalistas de riesgo se sienten irremediablemente atraídos por lo que es popular entre sus pares. Eso explica que casi el 90% de la financiación de capital riesgo de este año se destine a la IA. También prefieren negocios con atributos miméticos, como los efectos de red y la viralidad. Sus productos más exitosos, como las redes sociales, son mediadores del deseo. Steve Jobs creó célebremente un “campo de distorsión de la realidad” para doblegar la voluntad ajena. El fundador de Apple tiene legiones de imitadores en el mundo tecnológico.
Los grandes modelos de lenguaje son la mímesis en acción: no crean, pero copian de forma brillante. Las personas que dirigen estas empresas están inmersas en una rivalidad mimética tan intensa como cualquiera que se haya presenciado en el mundo corporativo. “La competencia dentro de la industria de la IA se ha vuelto extraordinariamente despiadada. (shakesperiana fue la palabra que empleó un directivo de OpenAI para describirla)”, escriben Ronan Farrow y Andrew Marantz en su reciente perfil de Sam Altman para The New Yorker. Elon Musk, financiador original de OpenAI, está en guerra con Altman. A principios de este año, Dario Amodei –cofundador de la rival Anthropic, que abandonó OpenAI entre sombras en 2020– comparó la batalla legal entre su antiguo colega y el jefe de SpaceX con la pelea entre Hitler y Stalin. El pasado diciembre, Altman lanzó una alerta de “código rojo” a sus colegas, temiendo que Anthropic estuviera tomando la delantera tecnológica.
El gasto de capital en IA se descontrola. El liderazgo tecnológico cambia de manos. Las diferencias entre el rendimiento de los grandes modelos de lenguaje se desvanecen. A medida que se intensifica la carrera armamentística de la IA, el supuesto objetivo de las empresas líderes –establecer una posición rentable y dominante en este nuevo terreno– parece escapárseles de las manos. Los competidores chinos suponen una amenaza al imitar los modelos de frontera estadounidenses. Como señala Thiel: los mercados competitivos destruyen los beneficios. Desde una perspectiva girardiana, se avecina una crisis mimética. La pregunta interesante es: ¿quién será el chivo expiatorio?
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