La noche del Balón de Oro está hecha para celebrar a quienes llegan a lo más alto del planeta fútbol. El pasado lunes, en Londres, Harry Kane se llevó el máximo galardón masculino y Lamine Yamal volvió a recibir el trofeo Kopa al mejor jugador joven, por tercer año consecutivo. Con apenas 19 años, su trayectoria (tercero en la gala de este año, segundo en 2025 y octavo en 2023) invita a admirar hasta dónde es capaz de llegar el talento precoz, pero también plantea una pregunta que puede llegar a incomodar: ¿qué ocurre cuando una historia singular y extraordinaria empieza a convertirse en una expectativa para los demás?
De las aulas al fútbol profesional, el miedo a decepcionar puede frenar el aprendizaje y la mejora. La clave está en exigir sin que los resultados definan el valor de una persona
La noche del Balón de Oro está hecha para celebrar a quienes llegan a lo más alto del planeta fútbol. El pasado lunes, en Londres, Harry Kane se llevó el máximo galardón masculino y Lamine Yamal volvió a recibir el trofeo Kopa al mejor jugador joven, por tercer año consecutivo. Con apenas 19 años, su trayectoria (tercero en la gala de este año, segundo en 2025 y octavo en 2023) invita a admirar hasta dónde es capaz de llegar el talento precoz, pero también plantea una pregunta que puede llegar a incomodar: ¿qué ocurre cuando una historia singular y extraordinaria empieza a convertirse en una expectativa para los demás?
“El problema aparece cuando los jóvenes sienten que tienen que conseguir algo sí o sí. Es ahí donde empiezan a surgir las frustraciones”, advierte Sylvie Pérez, psicóloga y profesora colaboradora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Pero ¿se les exige realmente demasiado? “Yo creo que vivimos en un mundo de extremos donde todo está polarizado… Por un lado hay entornos familiares extremadamente exigentes con los jóvenes, donde se les pide que no transiten por la infancia ni por la juventud”, explica. Y llama la atención sobre la existencia de un sector social que considera que ambas etapas duran demasiado y al que le gustaría librarse de las conquistas de una sociedad en la que generaciones anteriores, como la de su propia madre, empezaban a trabajar “a poco que tenían fuerzas en el cuerpo. Mi madre, por ejemplo, pasó de nacer y que le dieran de comer a ir a cuidar las vacas y luego a trabajar en casa de una señora”. Pero, a la vez, observa en los centros educativos la otra cara de la moneda: la de niños y jóvenes que viven sobreprotegidos. Entonces “chocan ambas realidades y ambas formas de entender al mismo joven”.
En cualquier caso, la presión por destacar existe, y no se limita al deporte de élite. También aparece en las aulas, en la elección de los estudios, en el trabajo o en la necesidad de demostrar que se está a la altura. En todos esos ámbitos, el deseo de mejorar puede acabar convertido en miedo a no cumplir con lo que todos esperan: “Dejas de jugar para crecer y empiezas a jugar para no defraudar”, explica Paloma Rivero, coach de alto rendimiento especializada en fútbol masculino profesional. El esfuerzo sigue ahí, aunque cambia su sentido: ya no se trata solo de aprender y progresar, sino de evitar la decepción propia y ajena.
Del deseo de mejorar a la obligación de triunfar
Querer sacar buenas notas, destacar en un equipo o estar a la altura de lo que los demás esperan de ti no tiene por qué ser un problema. Al contrario: tener metas y esforzarse por alcanzarlas forma parte del aprendizaje vital de cualquier persona. La dificultad aparece cuando uno siente que no basta con intentarlo, que hay que conseguirlo necesariamente y que cualquier resultado por debajo de lo esperado es un reflejo de la propia valía.
“Un deseo es algo que me ilusiona, que me motiva y que da sentido a las cosas. Puedo orientar mi vida o mi trayectoria a conseguir esos deseos y, al mismo tiempo, aceptar que quizá no se cumplan. El deseo me guía desde la ilusión, pero la expectativa normalmente se vive como una exigencia que genera presión y ansiedad”, distingue Pérez. La diferencia cambia la manera de interpretar los resultados: cuando una meta se convierte en algo que hay que cumplir a toda costa, cualquier desviación puede sentirse como un fracaso personal, en lugar de como una experiencia de la que sacar conclusiones y seguir adelante.
En la adolescencia, cuando la identidad todavía está en construcción, esa presión puede adquirir un peso especial. Y en el deporte profesional, donde la eficiencia se mide y se compara constantemente, los límites parecen desdibujarse: “El rendimiento da información valiosa sobre el desempeño, pero en ningún caso determina el valor de una persona. Mientras esa frontera está clara, la ambición se convierte en un motor de crecimiento y mejora. Sin embargo, cuando se difumina, cada partido pasa a percibirse como una evaluación personal, una presión difícil de sostener a lo largo de una carrera deportiva”, señala Rivero. Lo mismo, con pocas diferencias, puede decirse del entorno laboral.
Ahora bien, ¿exigirse más conduce siempre a mejores resultados? Un estudio publicado en 2026 en la revista Anales de Psicología, con 202 estudiantes españoles de Secundaria y Bachillerato, encontró una asociación entre el perfeccionismo autoorientado —la exigencia que uno se impone a sí mismo— y unas calificaciones elevadas, mientras que el perfeccionismo socialmente prescrito —es decir, la percepción de que los demás esperan que uno sea perfecto— se relacionó con un rendimiento académico más bajo.
“La autoexigencia sana te ayuda a comprometerte, aprender y mejorar, pero se vuelve dañina cuando el miedo a equivocarte condiciona tus decisiones y tu comportamiento y empieza a decidir por ti”, apunta Rivero. En el fútbol, esa presión puede llevar a un jugador que antes se atrevía a encarar al rival a optar siempre por el pase seguro o a dejar de pedir el balón cuando el partido se complica. En el aula ocurre algo parecido cuando un estudiante prefiere no participar antes que arriesgarse a dar una respuesta equivocada.
“Algunos jóvenes viven el fracaso como una mancha imborrable que se queda con ellos para siempre. Y así es muy difícil convertir el fracaso en una oportunidad de aprendizaje”, afirma Pérez. A su juicio, parte del problema está en que muchas actividades de la infancia y la adolescencia (competiciones deportivas, audiciones, exámenes…) se orientan hacia los resultados y exponen continuamente el desempeño a la mirada de los demás.
Pérez propone acompañar a los jóvenes sin resolver por ellos las dificultades y ayudarles a revisar qué ha ocurrido cuando algo no sale como esperaban: “El que un examen no te haya salido bien no quiere decir que siempre que te esfuerces vaya a salirte mal”, recuerda. La cuestión es que puedan identificar qué dependía de ellos y qué podrían hacer de otra manera, sin interpretar una decepción puntual como un fracaso que dañe la autoestima.
Exigir mucho y no dejar equivocarse
A veces, exigir y sobreproteger van de la mano. Pérez describe así esta paradoja familiar: “Por un lado le exijo y espero de él que se comporte como un adulto, pero por el otro lado, cuando fracasa o cuando no cumple las expectativas, le sobreprotejo, le pongo el algodón y no permito que se equivoque”.
“Sobreprotegerles les impide desarrollar recursos propios, y exigirles sin escucharlos puede hacerles sentir que solo se les valora cuando obtienen buenos resultados”, advierte por su parte Rivero. Algo que, a su juicio, no es incompatible con enseñarles a ser responsables desde muy pequeños: “En principio, su responsabilidad hasta los 16 años es estudiar. El problema es que, desde muy pequeños, los padres confundimos lo suyo con lo nuestro. Y decimos, por ejemplo: ”Tenemos deberes». Y no, los tienen ellos. Los cordones de los zapatos se los tienen que atar ellos; y la mochila (por mucho que pese) la tienen que llevar ellos», recuerda. “Si no les responsabilizamos de las cosas cuando se van haciendo mayores, luego surgen los problemas cuando ya lo son y tenemos que presionarlos. Ahí está la clave”.
La presión también puede aparecer en gestos y comentarios cotidianos que los adultos hacen sin mala intención, pero que transmiten la idea de que el nivel de reconocimiento depende de los resultados. Pérez pone el ejemplo de un estudiante que, acostumbrado a sacar sobresalientes, de repente vuelve a casa con un siete: “Si le pregunto qué ha pasado, por qué no ha sacado una nota mejor o lo comparo con otros compañeros o con sus resultados anteriores, puedo convertir lo que sigue siendo una buena nota en motivo de decepción”. En vez de eso, insiste en la necesidad de validar sus emociones, y asegurarnos de separar el resultado puntual que ha obtenido de su identidad como persona.
“Los adultos tenemos una responsabilidad importante porque transmitimos (muchas veces sin darnos cuenta) nuestra idea del éxito mucho más con lo que celebramos que con lo que decimos”, esgrime Rivero. Por eso invita a preguntarse si se valora únicamente el resultado o también la preparación, la constancia, las decisiones y la capacidad de aprender. En su trabajo con equipos directivos de empresas encuentra una dinámica similar: cuando una organización solo habla de resultados, sus integrantes pueden acabar evitando los riesgos y ocultando los errores en lugar de reconocerlos a tiempo. “Exigir y acompañar no son opuestos. Lo que no podemos hacer es exigir a alguien que necesita obtener un buen resultado para merecer nuestra aprobación”, añade.
Hay que aprender de los errores
En el fútbol, un error puede condicionar el rendimiento de un jugador durante el resto del partido, pero lo mismo puede decirse de muchos otros ámbitos de la vida. “Hoy en día, es difícil vivir la decepción como una experiencia humana por la que debemos aprender a transitar. Es necesario equivocarnos y fracasar para poder ser flexibles, y esa es una de las habilidades que más les falta a los jóvenes”, explica Rivero. La fortaleza emocional, cuenta, no consiste en no sentir dudas o malestar, “sino en actuar con criterio cuando aparecen. Y eso, como cualquier otro gesto técnico en el fútbol, se entrena”, explica.
En clase también hay alumnos que dejan de levantar la mano por miedo a equivocarse. Allí también, aprender del error implica poder revisar lo que ha salido mal, corregirlo e intentarlo de nuevo. Porque la nota importa, pero no debería ser la única medida del aprendizaje. Rivero recomienda prestar atención si el joven deja de disfrutar de lo que antes le gustaba, si pierde la motivación, se aísla o empieza a dormir mal. Ante esos cambios, “la tentación de muchos adultos es apretarle un poco más cuando quizá lo que necesita es justo lo contrario: que alguien le escuche sin juzgarle, y le ayude a expresar lo que le ocurre”. Y, si es necesario, buscar ayuda profesional.
Feed MRSS-S Noticias
