El ataque de EE UU e Israel a Irán y el cierre de Ormuz está obligando a los banqueros centrales a navegar aguas turbulentas. Aguas tintadas por interrogantes múltiples que, de una forma contraintuitiva, los mercados bursátiles obvian. Un comportamiento que, al desconocer si obedece a un pragmatismo extremo o a una complacencia caprichosa, no hace más fácil la misión de Lagarde y sus homólogos. Esta es solo una de las capas de incertidumbre. Las grandes preguntas son otras dos: cuánto durará el conflicto y, sobre todo, si su impacto será mayor en el crecimiento o en la inflación.
Su movimiento expone el flanco del crecimiento económico de la zona euro
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Su movimiento expone el flanco del crecimiento económico de la zona euro

El ataque de EE UU e Israel a Irán y el cierre de Ormuz está obligando a los banqueros centrales a navegar aguas turbulentas. Aguas tintadas por interrogantes múltiples que, de una forma contraintuitiva, los mercados bursátiles obvian. Un comportamiento que, al desconocer si obedece a un pragmatismo extremo o a una complacencia caprichosa, no hace más fácil la misión de Lagarde y sus homólogos. Esta es solo una de las capas de incertidumbre. Las grandes preguntas son otras dos: cuánto durará el conflicto y, sobre todo, si su impacto será mayor en el crecimiento o en la inflación.
La subida de tipos decidida este jueves era solo parte de la ecuación. Donde tenía que hilar fino el banco es en algo más sutil que los tipos o que las perspectivas (el llamado forward guidance): el escenario general. Una pista de, sobre una base de la incertidumbre, qué error no quiere cometer: el de Trichet en 2008 y 2011, cuando subió tipos a destiempo, con una economía enfriándose, o el de la propia Lagarde en 2022, cuando tardó en subirlos y tuvo que hacerlo a toda prisa en los meses posteriores porque la inflación se disparaba. No había solución sencilla ayer ni la hay hoy.
El balance de riesgos invitaba a una señal mixta: el BCE no quiere dar la sensación de complacencia ante un repunte de los precios que, como insistió Lagarde, es real. Tampoco el ala dura del banco toleraría con facilidad otra decisión.
El BCE sabe que se mueve en un terreno frágil que, además, depende de factores externos. Por eso ha apuntado hasta cuatro escenarios futuros diferentes: el principal, el positivo y dos negativos. En todos se justifica la subida de tipos, según Lagarde: es decir, no habrá vuelta atrás en el precio del dinero, pero el escenario positivo sí justificaría dejar el dinero donde está. Un alza puntual de los tipos, sostenida por un aumento de los combustibles cuyos efectos finales estamos lejos de ver, no debería tener un impacto diferencial en el dinamismo económico de la zona euro.
En este sentido, el BCE opta más por recolocar el precio del dinero que por elegir una senda. En cierto modo, si se acaba la guerra, el impulso de la energía más barata puede compensar el impacto de esta subida puntual de los tipos. En los escenarios base o adverso, por el contrario, el petróleo caro justifica el endurecimiento para cortar brotes inflacionistas… Lagarde ha rechazado repetidamente que el movimiento sea preventivo, pero tiene claramente un perfil defensivo, a costa de exponer el flanco del crecimiento. Porque el futuro económico está en manos de Trump y los ayatolás.
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