El encarecimiento de la energía, con sus derivadas en la inflación, y la perspectiva de un ciclo de subidas de tipos de interés —que en el caso del BCE ya se ha traducido en dos vueltas de tuerca— han desatado un cierto nerviosismo en los mercados financieros globales, poniendo a prueba una vez más la economía española.
IPC
El encarecimiento de los carburantes y de la factura de la luz, junto con las decisiones que se tomen acerca de la fiscalidad de la energía, marcarán la senda de IPC para los próximos meses. Teniendo en cuenta la cotización actual del barril de Brent y del gas en los mercados a plazo, la inflación no bajaría del 4% en los meses finales del año, incluso si se reintrodujera la rebaja de 0,20 euros en el impuesto de hidrocarburos. De no aportar esa ayuda, la inflación repuntaría especialmente a partir de octubre.
La clave está en la confianza de los consumidores y la reacción de las empresas frente a la inestabilidad
El encarecimiento de la energía, con sus derivadas en la inflación, y la perspectiva de un ciclo de subidas de tipos de interés —que en el caso del BCE ya se ha traducido en dos vueltas de tuerca— han desatado un cierto nerviosismo en los mercados financieros globales, poniendo a prueba una vez más la economía española.
Podría decirse que la incertidumbre no es ninguna novedad y que nuestro aparato productivo ha capeado bastante bien todas las crisis que se han producido en los últimos años. Sin embargo, la singularidad es que, en esta ocasión, habrá que afrontar las turbulencias sin poder contar con la misma benevolencia de la política macroeconómica: los bancos centrales están ocupados en la lucha contra la inflación, mientras que el margen de maniobra de los Estados tiende a estrecharse por la desconfianza de los mercados acerca de la sostenibilidad de la deuda.

El devenir del momento expansivo español, por tanto, dependerá de la solidez de los factores de resistencia inherentes al propio ciclo, en particular la percepción de los consumidores acerca del grado de persistencia de la pérdida de poder adquisitivo generada por el repunte de la inflación. Hasta ahora las familias han mostrado una cierta confianza, tirando del ahorro para mantener su tren de vida. Este comportamiento, condicionado por la existencia de un colchón de liquidez, se puede explicar por la percepción de transitoriedad del shock de precios.

La cuestión es si persistirá esa percepción cuando el conflicto en Oriente Medio amenaza con enquistarse y los carburantes con volver a las cotas alcanzadas en la primavera. Si bien los indicadores disponibles son contradictorios (el gasto en comercio minorista apunta a una fuerte desaceleración, mientras que los pagos por tarjeta resisten), lo más probable es que las familias se muestren algo menos confiadas en los próximos meses, de modo que el consumo podría tender a desacelerarse.
El desendeudamiento del sector privado es otro cortafuegos ante la subida de los tipos de interés. Es cierto que las empresas y los hogares que han asumido préstamos a tipo variable tienen que soportar cargas financieras más elevadas, pero a partir de una posición globalmente saneada, al menos en España (no así en el burbujeante sector tecnológico de Estados Unidos).
No obstante, la escalada del euríbor tenderá a reducir la demanda de crédito, afectando a los nuevos proyectos de inversión productiva y la compra de vivienda. La buena noticia es que el mercado inmobiliario podría estar acercándose a un punto de inflexión, que ya se visibiliza en la (todavía) leve moderación de los precios en el segmento de vivienda nueva y del número de hipotecas de nueva constitución. La mala es que el entorno es menos favorable a la inversión productiva, a medida que la remuneración de los activos financieros se hace más atractiva.
Con todo, la economía española dispone aún de factores de inercia expansiva que dependen en buena medida del grado de confianza de empresas y familias, de modo que el motor interno del crecimiento sigue funcionando, anticipando un avance del PIB en el entorno del 0,5% en el tercer trimestre, apenas dos décimas menos que en el anterior. Pero la sensación de pérdida de ritmo podría afianzarse a medida que perdure el cierre del estrecho de Ormuz, el IPC se ancle por encima del 4% y los mercados exijan una remuneración mayor para seguir financiando los déficits en las economías avanzadas, particularmente las que no logran contener los desequilibrios, como EE UU y Francia.
Ante estos riesgos, y habida cuenta de los desafíos a los que se enfrentan los bancos centrales y los Estados, la gestión de las expectativas, con medidas realistas que dibujen un horizonte de previsibilidad a medio plazo, se convierte en un instrumento crucial en una economía con capacidad de crecimiento como la española.
El encarecimiento de los carburantes y de la factura de la luz, junto con las decisiones que se tomen acerca de la fiscalidad de la energía, marcarán la senda de IPC para los próximos meses. Teniendo en cuenta la cotización actual del barril de Brent y del gas en los mercados a plazo, la inflación no bajaría del 4% en los meses finales del año, incluso si se reintrodujera la rebaja de 0,20 euros en el impuesto de hidrocarburos. De no aportar esa ayuda, la inflación repuntaría especialmente a partir de octubre.
Raymond Torres es director de Coyuntura de Funcas. En X: @RaymondTorres_
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