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  Economía  El reto de compaginar estudios y trabajo
Economía

El reto de compaginar estudios y trabajo

17 de julio de 2026
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Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le costará salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que le haya tocado vivir.

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 Mezclar universidad y empleo no siempre tiene los mismos resultados. El tipo de trabajo, las horas dedicadas y la situación económica pueden hacer que impulse la carrera profesional o amplíe las desigualdades  

Trabajar mientras se estudia suele presentarse como una buena idea: permite ganar experiencia, desarrollar competencias y, en el mejor de los casos, empezar a construir un currículo antes incluso de terminar la carrera. Pero esa fotografía solo cuenta una parte de la historia, porque dos estudiantes pueden compatibilizar universidad y empleo durante cuatro años y llegar a lugares completamente distintos. Mientras uno convierte esa experiencia en un trampolín hacia el mercado laboral, otro tarda más en graduarse, encadena contratos precarios poco o nada relacionados con su formación y acaba atrapado en un empleo del que le cuesta salir. Muchas veces, la diferencia no está en el esfuerzo que haga cada uno, sino en las condiciones que tenga cada uno.

La imagen del universitario que sale de clase para ir directamente al trabajo (o que aprovecha el descanso estival para trabajar temporalmente) es cada vez más habitual, aunque España sigue lejos de otros países europeos: según Eurostat, el 16 % de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años compatibiliza estudios y empleo, frente al 25,4 % de media en la Unión Europea.

Se trata de un debate que, tradicionalmente, se ha planteado en términos casi binarios: ¿trabajar perjudica el rendimiento académico o mejora la empleabilidad? La realidad es que no hay una respuesta clara, ya que dependiendo de cómo se haga (del tipo de empleo, de las horas que se trabaje o incluso de la situación económica propia de cada joven), puede derivar en una extraordinaria oportunidad educativa… o en una trampa que amplíe las desigualdades.

Cuando el trabajo forma parte del aprendizaje

Durante años, trabajar mientras se estudiaba se veía, sobre todo, como una forma de pagar la matrícula, ayudar en casa o ganar algo de experiencia antes de terminar la carrera. Una explicación que, sin embargo, se ha quedado corta: cada vez son más los investigadores que analizan el empleo universitario como un espacio donde también se aprende.

“La universidad puede recrear muchas situaciones de aprendizaje, pero nunca podrá reproducir toda la complejidad de un contexto profesional real. Cuando un estudiante trabaja —y especialmente cuando esa labor guarda relación con lo que está estudiando— se enfrenta a problemas, toma decisiones y aprende a relacionarse con otras personas, a trabajar en equipo, a gestionar conflictos o a organizar su tiempo. En cierto modo, el aula se expande y el entorno profesional pasa a formar parte del propio proceso de aprendizaje”, explica Lourdes Guàrdia, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Ahora bien, Guàrdia introduce un matiz importante, ya que ese potencial no aparece automáticamente por el simple hecho de tener un empleo: “Cuando el trabajo está relacionado con los estudios, el impacto se multiplica porque el estudiante puede conectar continuamente la teoría con la práctica. El aula deja de ser el único lugar donde aprende”.

La diferencia, en el tipo de empleo

Que un estudiante trabaje durante la carrera no significa, por sí solo, que vaya a terminar mejor preparado ni que encuentre empleo con más facilidad al graduarse. De hecho, la investigación lleva años intentando responder a una pregunta mucho más compleja: ¿qué condiciones hacen que esa experiencia termine convirtiéndose en una ventaja y cuáles hacen que juegue en su contra?

“La evidencia muestra que existe una tensión entre los posibles efectos positivos de trabajar mientras se estudia —como la adquisición de competencias o de experiencia profesional— y los negativos, derivados del menor tiempo disponible para asistir a clase o preparar las asignaturas”, explica Javier Baquero, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que ha investigado la relación entre el empleo universitario y la inserción laboral. “Por eso no puede afirmarse que trabajar sea, por sí mismo, beneficioso o perjudicial. Depende de factores como el número de horas trabajadas, el tipo de empleo o la relación que ese trabajo guarda con la titulación”.

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La cuestión no es únicamente encontrar trabajo antes de graduarse: aunque muchos estudiantes consiguen incorporarse antes al mercado laboral, eso no siempre se traduce en una mejor inserción profesional. “Encontrar empleo no siempre es sinónimo de éxito, ya que los titulados pueden acabar en puestos no relacionados con sus estudios, mal remunerados o que ni siquiera requieren formación universitaria”. Por eso, añade, el verdadero factor diferencial vuelve a ser el mismo: que ese empleo esté relacionado con la titulación y que permita desarrollar competencias útiles para la futura profesión.

“Trabajar no constituye una ventaja en sí misma. Lo importante es en qué se trabaja y eso, a su vez, viene determinado por la razón por la que se trabaja”, apunta. Y esa última matización enlaza con otro de los factores que la investigación considera decisivos: no todos los estudiantes tienen la misma capacidad para elegir qué empleo aceptar.

La elección depende del punto de partida

Sobre el papel, cualquier universitario podría intentar buscar un empleo relacionado con sus estudios. Pero, en la práctica, esa posibilidad no está al alcance de todos. La necesidad de obtener ingresos inmediatos reduce el margen para escoger, rechazar determinados trabajos o aceptar prácticas que, aunque aporten experiencia, apenas están remuneradas (o directamente no remuneradas en absoluto).

Esa diferencia aparece con claridad en NEXT-UP, un proyecto europeo de investigación sobre las transiciones educativas y laborales de los jóvenes en el que participa la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). A partir de entrevistas realizadas en varios países, los investigadores observan que una misma decisión —trabajar durante la universidad— responde a motivaciones muy distintas. Para algunos estudiantes supone una forma de explorar su futuro profesional, adquirir experiencia o confirmar si la carrera elegida es realmente la adecuada. Para otros, en cambio, es simplemente la única manera de pagar el alquiler, costear los estudios o llegar a fin de mes.

“Existe una segmentación muy marcada”, explica Lara Maestripieri, profesora de Sociología de la UAB e investigadora en varios proyectos europeos sobre juventud y transición al empleo. “Los estudiantes de clase media suelen trabajar para disponer de un dinero propio con el que financiar actividades de ocio o ganar experiencia. En cambio, los de entornos más modestos, especialmente si ya se han emancipado, trabajan porque necesitan cubrir gastos básicos, empezando por la vivienda”. Esa diferencia, subraya, condiciona desde el principio el tipo de empleo al que pueden acceder y el margen que tienen para elegir trabajos relacionados con su formación.

Ahí es donde la compatibilidad entre estudios y empleo deja de ser únicamente una cuestión académica para convertirse también en un problema de igualdad de oportunidades. “En muchos casos, los estudiantes terminan aceptando student jobs, empleos mal remunerados y con escasas posibilidades de desarrollo profesional. Aunque puedan ayudar a adquirir algunas competencias transversales, también aumentan el riesgo de absentismo, abandono o bajo rendimiento académico», advierte Maestripieri. Al mismo tiempo, las prácticas curriculares o los empleos vinculados a la titulación sí pueden desempeñar un papel muy distinto: ayudan a conocer mejor una profesión, orientar la carrera y tomar decisiones más acertadas sobre el futuro formativo.

Ese patrón conecta con otro de los proyectos en los que participa la investigadora, Back in Town, centrado en analizar cómo las políticas públicas, el mercado laboral y el apoyo familiar condicionan la transición de los jóvenes a la vida adulta. Sus resultados muestran que, en países del sur de Europa como España, la capacidad de compatibilizar estudios y empleo depende en gran medida de los recursos familiares, porque las ayudas públicas para facilitar esa transición siguen siendo limitadas. “Cuando una familia puede sostener económicamente a un estudiante, trabajar deja de ser una obligación y puede convertirse en una oportunidad para adquirir experiencia. Cuando ese apoyo no existe, el riesgo es que el empleo responda únicamente a la necesidad económica y termine reproduciendo las desigualdades de origen”, sostiene Maestripieri.

Cuando las horas empiezan a pasar factura

No existe una cifra mágica a partir de la cual trabajar mientras se estudia deje de compensar. Lo que sí muestran la investigación y la experiencia de quienes acompañan a estos estudiantes es que llega un momento en el que mantener ese equilibrio resulta cada vez más difícil, porque las horas de trabajo no se restan únicamente al tiempo de estudio; muchas veces también se descuentan del descanso.

“Lo primero que suele sacrificarse no son las clases, sino las horas de sueño”, explica Guàrdia. “Los estudiantes intentan llegar a todo, y muchas veces creen que podrán mantener ese ritmo durante todo el semestre, pero el desgaste termina apareciendo”: cuesta más seguir el ritmo de las asignaturas, preparar los trabajos o mantener la concentración.

Cuando eso ocurre, añade, la solución no pasa necesariamente por abandonar el empleo ni por intentar mantener el mismo ritmo a cualquier precio: “Muchas veces recomendamos reducir la carga académica y matricularse de menos asignaturas. A algunos estudiantes les cuesta aceptarlo porque sienten que van a retrasarse, pero no se trata de acabar la carrera cuanto antes, sino de terminarla en buenas condiciones”.

¿Necesita adaptarse la universidad?

Si cada vez son más los estudiantes que compatibilizan los estudios con un empleo, la pregunta ya no es solo cómo organizarse para llegar a todo, sino también cómo debería responder una universidad diseñada, durante décadas, pensando en un alumnado con dedicación casi exclusiva.

Para Guàrdia, la respuesta no pasa únicamente por ofrecer horarios más flexibles o facilitar cambios de matrícula. El verdadero reto consiste en asumir que una parte del aprendizaje ya no ocurre exclusivamente en la universidad: “No se trata de sustituir lo académico por el trabajo, sino de ayudar al estudiante a establecer conexiones entre ambos espacios”, recuerda. En su opinión, la experiencia profesional solo despliega todo su potencial cuando el alumno tiene oportunidades para analizarla, contrastarla con los conocimientos adquiridos en clase y convertirla en una fuente de conocimiento consciente.

Un cambio que, a su juicio, exige repensar también la forma de enseñar. No basta con aceptar que muchos estudiantes trabajan; hace falta incorporar esa realidad al propio proceso educativo mediante metodologías que favorezcan la reflexión, el intercambio de experiencias y la aplicación de los conocimientos a situaciones reales. De lo contrario, el trabajo y la universidad seguirán avanzando por caminos paralelos, cuando precisamente lo que aporta más valor es que ambos se alimenten mutuamente.

Quizá por eso el debate ya no debería centrarse en decidir si trabajar mientras se estudia es una buena o una mala idea. La cuestión es cómo conseguir que esa experiencia contribuya realmente a aprender y no dependa exclusivamente del tipo de empleo que se encuentre o de la situación económica de la que parta cada estudiante.

Formaciones recomendadas

  • Máster en Marketing Digital e E-Commerce Híbrido (EAE)
  • Máster en Gestión Hotelera y Turismo (Ostelea)
  • MBA Especialidad Project Management (IEP)
  • Máster Universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de Idiomas. Especialidad Orientación Educativa (UNIE)
  • Máster Universitario en Terapias Psicológicas de Tercera Generación (VIU)
  • Máster Universitario en Big Data y Ciencia de Datos (VIU)
  • Máster Universitario en Economía Circular y Desarrollo Sostenible (VIU)
  • Máster Universitario en Psicología de la Intervención Social y Comunitaria (VIU)

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