La victoria demócrata en las elecciones legislativas de noviembre es una acertada predicción de las encuestas. También, la derrota de Trump y, por tanto, del partido republicano.
El giro socialista del principal partido de la oposición amenaza con dilapidar una ventaja que las encuestas daban por hecha
La victoria demócrata en las elecciones legislativas de noviembre es una acertada predicción de las encuestas. También, la derrota de Trump y, por tanto, del partido republicano.
Sin embargo, es una predicción anticuada y, posiblemente, equivocada. Da igual que las encuestas anticipen victoria demócrata en la Cámara de Representantes (probabilidad del 58%) si el Senado sigue en manos republicanas. En teoría, no debería ser difícil para los demócratas ganar cuatro puestos en el Senado (Polymarket, Kalshi, 88% de probabilidad). Sin embargo, los demócratas parecen empeñados en boicotearse a sí mismos a pesar de tenerlo todo a favor.
La aparición de un ala socialista demócrata (DSA) pone en serio peligro la victoria electoral demócrata. No es cuestión únicamente ideológica, sino sociológica: analizar la sociedad norteamericana con ojos europeos es no saber nada de América. El socialismo y el comunismo son rarezas peligrosas para EE UU, que ganó la Guerra Fría al “socialismo real” que representaba el comunismo fallido de la extinta Unión Soviética.
Como explica el intelectual de centroizquierda Fareed Zakaria en Age of Revolutions (2024), la izquierda americana puede ganar la batalla electoral con promesas económicas, pero siempre pierde la guerra en cuestiones culturales: religión, armas, sexo. La victoria de Abdul Al-Fayed en las primarias demócratas al Senado en Míchigan es un claro ejemplo. Al-Fayed, socialista declarado y musulmán, como su correligionario Mamdani en Nueva York, ganó las primarias a una candidata del establishment del partido demócrata. Creer que esta victoria —votan muy pocas personas— es extrapolable a la del Senado o a unas elecciones presidenciales es error de principiantes.
El 9 de julio, Barack Obama tuvo una larga conversación con Al-Fayed. Jake Tapper (CNN) entrevistó a Al-Fayed y le preguntó por dicha conversación, que el entrevistado no quiso desvelar. Pero, de lo poco que dijo, cabe extraer mucho: seis veces dijo que apreciaba mucho “el consejo” del expresidente. Es decir, que le sentó a cuerno quemado lo que le dijo Obama. Un amigo del expresidente supo de la conversación, cuyo contenido fue un jarro de agua fría para Al-Fayed, recién ganador de las primarias de Míchigan. Obama le cantó las cuarenta: perdió el voto negro, que en elecciones generales supone el 14% del electorado total de Míchigan. Perdió el voto judío (1,5% del voto del estado). Perdió el voto obrero blanco y latino. ¿Quién le votó entonces? Jóvenes con estudios universitarios y demócratas con rentas altas. Es decir, las élites.
Rahm Emanuel, exjefe de gabinete de Obama y exalcalde de Chicago, tiene aspiraciones presidenciales en 2028. Dice que el ala socialista del partido (“no financiar la policía, fronteras abiertas y abolir las prisiones”) es una amenaza existencial para la potencial victoria demócrata. O receta para el desastre. Alexandria Ocasio-Cortez (pertenece al ala socialista), AOC, ha renunciado a esas tres máximas, llevándose una reprimenda de DSA. Algo ha tenido que aprender de Obama, el presidente con más popularidad hoy en América. Cuando este perdió las elecciones de mitad de mandato en 2010, reconoció que había recibido “una buena paliza” y, como Bill Clinton en los años noventa, giró de la izquierda al centro y volvió a ganar elecciones.
Lo que Emanuel denomina “Bernie Bros” (Bernie Sanders, senador socialista que no pertenece al partido demócrata, pero que influye mucho en el ala más izquierdista) es el motor de esta revolución de extrema izquierda del partido demócrata. Una candidata a senadora de esta tendencia quería abolir la fiesta de Acción de Gracias. Al-Fayed ha puesto como ejemplo la China comunista de Mao y la URSS. Es un hombre condicionado por su historia: sus padres son egipcios y, durante la Guerra Fría, Nasser —líder de Egipto en los años sesenta y del mundo árabe en general— se acercó a la Unión Soviética. Durante la Guerra Fría, Israel cayó en el lado occidental, democrático, y los países árabes encontraron consuelo, financiación y armas en los soviéticos. Al-Fayed no parece haber evolucionado mucho, lo que despierta el enfado de líderes demócratas (Emanuel y Charles Schumer, ambos judíos, líder demócrata en el Senado; Hakeem Jeffries, líder demócrata en la Cámara de Representantes).
Trump lo tiene todo en contra. El 72% de los americanos dice que la economía va mal. La economía decide el resultado de unas elecciones en América. Por primera vez, los demócratas superan a los republicanos —en las encuestas— en “economía y seguridad nacional”. El 68% de los estadounidenses están en contra de la guerra con Irán. Les preocupa la inflación, el coste de los alimentos, la gasolina… Trump reconoce que la población está enfadada, pero condena al partido republicano, el mismo que tiene todas las papeletas para perder las elecciones: “la gente está enfadada, pero no conmigo, sino con los republicanos”. La cosa no va con él, aunque solo ganan primarias republicanas los candidatos apoyados por él; la culpa es del partido, aunque Trump presiona continuamente a los poderes legislativo (republicano, hoy) y judicial (conservador) para que se plieguen a sus exigencias. “América vive la mejor época económica jamás vista”, dice Trump, aunque en julio se perdió empleo y, en este segundo mandato, lleva creados 800.000 trabajos: pocos, comparados con los 2,5 millones de Biden en el mismo período de tiempo. La guerra comercial y los aranceles se han traducido en aumento de precios para los consumidores, y la inflación merma salarios y poder adquisitivo.
Teniendo todo para ganar, los demócratas deberían ser pragmáticos, dejarse de presuntas superioridades morales y ocuparse de los problemas de la gente. Y ganar las elecciones.
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