Toda burbuja financiera sigue una trayectoria similar. La innovación tecnológica suscita un enorme fulgor atractivo; su engarce industrial se plantea desde una ambición desbordada; cristaliza a gran velocidad una inversión desmesurada en tamaño respecto a la lentitud de los rendimientos que genera; irrumpen accidentes sociales imprevistos; surgen episodios de caídas empresariales y desplomes bursátiles; y pincha al fin el envoltorio de un aire semivacío, compuesto sobre todo de una deuda generada meteóricamente.
La caída de una compañía encierra el peligro de arrastrar a otras del sector, con riesgo de propagación global
Toda burbuja financiera sigue una trayectoria similar. La innovación tecnológica suscita un enorme fulgor atractivo; su engarce industrial se plantea desde una ambición desbordada; cristaliza a gran velocidad una inversión desmesurada en tamaño respecto a la lentitud de los rendimientos que genera; irrumpen accidentes sociales imprevistos; surgen episodios de caídas empresariales y desplomes bursátiles; y pincha al fin el envoltorio de un aire semivacío, compuesto sobre todo de una deuda generada meteóricamente.
La magnitud del drama depende de que la generación de flujo de caja primero y los beneficios después se acompasen a un ritmo manejable absorbible por la potencia de fuego y aguante, de sus promotores y empresas. Como la fe en su tesoro escondido suele ser desmedida; y su afán de lucro, infinita, proliferan sustos o hecatombes financieras, controlables o no, salpicados de ruinas que acostumbran a sanear el sector, adelgazándolo y limpiando sus excesos.
Así sucedió con la manía de los canales (1830); los ferrocarriles británicos; el bum de la electricidad (1920’s) o la crisis de las punto.com (2000). “Todas se fraguaron en un exceso de capital que los retornos eventuales no podían justificar, en cada uno de estos casos las correcciones registradas provocaron enormes implicaciones económicas”, recordó el director gerente del Banco Internacional de Pagos, Pablo Hernández de Cos, en Mumbai (“Artificial Intelligence, growth and financial stability: challenges for central Banks”, 10/9/26, BIS) y en la Conferencia Internacional de Banca del Santander, el pasado martes.
Esta es la pauta de la inteligencia artificial (IA) desde la primavera. Su primera gran alerta llegó ante el 12 de junio, con la faraónica salida a Bolsa de Space X, el consorcio digital/espacial/IA de Elon Musk, que valoraba la compañía en torno a un billón de dólares. El precio ofertado de la acción era de 135 dólares, y su volatilidad desde entonces ha sido de montaña rusa: subió a 160 dólares el 6 de julio; capotó a 108 el 5 de agosto; se disparó a 171 el 1 de octubre y se retranqueó a 125 este jueves. La enorme inversión contrastaba con su entraña especulativa, que incluía futurísimos rendimientos por colocar centros de datos en el espacio, una base permanente en la luna y la colonización de Marte. A cada paso hubo fortunas y ruinas.
El 9 de septiembre saltó la alarma de un Gran Accidente: el ingeniero Jacob Roxon dimitió de su cargo en Anthropic asegurando que los tecnoligarcas de la IA “creen que podrá matarnos a todos a final de esta década”. Su patrón Dario Amodei —el más sensato—, propuso una parada en el ritmo de crecimiento, y una regulación, al inicio interna al sector. Donald Trump se enfureció y acabó asumiendo parte de la idea: solo autorregulación.
Ahora acaba de llegar el tercer apretón, una notable corrección bursátil. La acción de Alphabet (holding de Google) se desplomó el 30 de octubre un 12,6%: una pérdida de capitalización de casi medio billón de dólares, su mayor caída en Bolsa en 22 años. En el tercer trimestre invirtió 51.300 millones de dólares para la IA; pero consumió ese efectivo para mantener la apuesta, al registrar un flujo de caja negativo de 9.100 millones, frente a los 24.000 positivos del mismo período en 2025. También les sucede a otras, como Meta. Pero no a Microsoft.
Los banqueros centrales, siempre atentos a la estabilidad financiera, brindan visiones distintas. El español José Luis Escrivá quitó hierro al riesgo al asegurar en el World in Progress de Barcelona que el grueso de las inversiones se está realizando “con capital y no con apalancamiento”. El francés Emmanuel Moulin matizó que “aunque al principio se financiaron con acciones, cada vez se financian más con deuda”.
Y De Cos abundó en Santander en que las grandes tecnológicas se apoyan “crecientemente en la deuda, y aceleradamente en el crédito privado: mucha de esta financiación es también opaca e interconectada”, o sea “circular”, pues “fabricantes de chips e hiperescaladores toman participaciones en empresas de IA, que a su vez se comprometen a comprar chips y componentes”: la caída de una compañía encierra el peligro de arrastrar a otras. Y dado el tamaño del envite y el hecho de que los hogares poseen más riqueza en renta variable, la “corrección podría ser más amplia” que en anteriores crisis. ¡Cuidado!: también “propagarse globalmente”.
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