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  Economía  Guerras, aranceles y tensiones en el petróleo: por qué nada puede (por ahora) con una economía global a prueba de bombas
Economía

Guerras, aranceles y tensiones en el petróleo: por qué nada puede (por ahora) con una economía global a prueba de bombas

11 de julio de 2026
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“¡Eppur si muove!”, decía Galileo Galilei: y, sin embargo, se mueve. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, en 2022, que disparó el precio del gas, el petróleo y la electricidad cuando el mundo apenas levantaba aún la cabeza tras la pandemia. Pocos creyeron que sería posible esquivar la recesión mundial, pero se logró. Después llegó el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su apuesta por imponer aranceles a diestro y siniestro. Los temores se dispararon de nuevo, pero el desplome económico no llegó. En esas, el propio Trump —de la mano de su amigo y homólogo israelí Benjamín Netanyahu— declaró la guerra a Irán y el desaguisado terminó con el estrecho de Ormuz cerrado. No había precedentes de algo así: la quinta parte del petróleo y el gas licuado que engulle un mundo aún adicto quedaba automáticamente fuera de juego. Y, sin embargo, los tambores de recesión volvieron a quedar en lejana melodía.

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El FMI y el efecto fuelle

El FMI rebajó el miércoles marginalmente su previsión de crecimiento para la economía mundial para este año (del 3%, una décima menos de lo anticipado en abril, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán), pero elevó en cambio hasta el 3,4% (dos décimas más que hace tres meses) la de 2027. Ese efecto fuelle responde a dos variables contrapuestas. Por un lado, como ha quedado patente esta misma semana, pese a que el flujo de petróleo y de gas a través del estrecho de Ormuz ya se sitúa prácticamente a mitad de camino de donde estaba antes de la guerra, el conflicto sigue haciendo mella. Por otro, la pujanza inversora en sectores de nueva hornada –“el impulso acelerado del ciclo tecnológico mundial, gracias a los avances de la inteligencia artificial (IA)”, en palabras de los técnicos del Fondo- compensa esa ralentización e invita a pensar en un mayor dinamismo a medio y largo plazo.

La foto fija, sin embargo, difiere mucho entre geografías y grupos de países. Les va mejor a los exportadores de energía y a las economías “más integradas en las cadenas globales de valor de la tecnología”, y peor a los “importadores de materias primas peor posicionados para beneficiarse de la actividad relacionada con la IA”. Concuerda con esta visión Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex director adjunto de la Cepal, el brazo de la ONU para asuntos económicos en América Latina: “Es cierto que hay resiliencia si miramos a los promedios mundiales, pero también diferencias regionales muy grandes y al interior de los países: incluso el impulso en Europa por el rearme está obligando a una reasignación, a mi juicio desastrosa, de gasto social e inversión pública a gasto militar y subsidios a los combustibles fósiles. Y América Latina, aunque crezca un poco más, lo sigue haciendo muy por debajo de lo que realmente necesitamos”.

 El mundo crece a pesar de todos los obstáculos geopolíticos gracias al bum inversor en inteligencia artificial, la pericia de los bancos centrales y la resistencia del consumo  

“¡Eppur si muove!”, decía Galileo Galilei: y, sin embargo, se mueve. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, en 2022, que disparó el precio del gas, el petróleo y la electricidad cuando el mundo apenas levantaba aún la cabeza tras la pandemia. Pocos creyeron que sería posible esquivar la recesión mundial, pero se logró. Después llegó el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su apuesta por imponer aranceles a diestro y siniestro. Los temores se dispararon de nuevo, pero el desplome económico no llegó. En esas, el propio Trump —de la mano de su amigo y homólogo israelí Benjamín Netanyahu— declaró la guerra a Irán y el desaguisado terminó con el estrecho de Ormuz cerrado. No había precedentes de algo así: la quinta parte del petróleo y el gas licuado que engulle un mundo aún adicto quedaba automáticamente fuera de juego. Y, sin embargo, los tambores de recesión volvieron a quedar en lejana melodía.

Resiliencia es una palabra fea, engolada. Pero es, también, la que mejor define el estado actual de las cosas en lo puramente económico. “Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”, la define la RAE. Se repite aquí y allá: en informes de analistas, en las previsiones del FMI, del Banco Mundial y de la OCDE, y hasta en los últimos discursos de la todavía presidenta del BCE, Christine Lagarde. Razones no faltan. La economía global no pita, no está boyante ni para grandes alharacas, pero tampoco cae. El ciclo continúa, en fin, y con bastante más vigor del previsto por muchos, esa legión pesimista que lleva tiempo mandando la macro a la lona.

A pesar de los pesares, que no son pocos, el crecimiento mundial volverá a rondar el 3% este año, algo más que en la media de la última década. Europa sigue renqueante, sí, aunque con honrosas excepciones: España, Portugal, Grecia y buena parte del Este, que aceleran su convergencia respecto al corazón y antaño locomotora del Viejo Continente. Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos sigue sorprendiendo al alza. Hasta América Latina parece recuperar parte del brío perdido. Y China, la India y buena parte de Asia siguen a lo suyo, protagonizando el gran relato del crecimiento desde los años noventa.

Los datos respaldan la tesis de la resistencia contra viento y marea. Desafiando una de las teorías más ancestrales de la economía: la de los ciclos. El actual, iniciado tras el batacazo sin precedentes del gran confinamiento, aún no está entre los más largos de las últimas décadas. Pero promete. Y, sobre todo, viene precedido de otro periodo de crecimiento inusualmente largo, sobre todo en EE UU (2009-2020) pero también en Europa (2013-2020, acortado por el histórico tiro en el pie del austericidio, en los albores de la década pasada). El coronavirus hizo de parteaguas, dejando un contrafactual imposible de resolver —¿qué habría sucedido, si no?— y también una sensación: la de que, aun con un crecimiento atenuado, las fases alcistas de los últimos ciclos se están estirando como un chicle.

“Con este nivel de incertidumbre y estos shocks, tanto comerciales como energéticos, lo lógico habría sido una desaceleración mucho mayor, si no una recesión”, reconoce por teléfono Alejandro Werner, director del Georgetown Americas Institute. “Aunque los aranceles fueron menores de lo inicialmente anunciado, ha sido el aumento de tarifas más grande de la historia moderna. Hay dos cosas claras: que hemos infraestimado la capacidad de resiliencia de la economía y que el sector privado se ha adaptado mucho mejor de lo esperado”. El lustro de la tenacidad económica, algo que prácticamente nadie tenía en el mapa.

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“Es sorprendente, sí, sobre todo porque, hasta la acertada reacción coordinada de las autoridades a la pandemia, todo habían sido sobresaltos”, apunta Xosé Carlos Arias, autor de El tiempo es oro. Economía política del nanosegundo (Transforma, 2024). “El momento de transformación tan acusada en el que estamos, de muda de piel hacia un capitalismo hipertecnológico, sin duda influye. Y el crecimiento de Asia en general y del sudeste asiático en particular es otro ingrediente clave en esta ecuación, completamente nueva”.

Factores de largo plazo

A falta, aún, de evidencia suficiente, Arias tira de pálpito. “Mi intuición es que hay varios factores estructurales, de largo plazo, que están pesando en la economía como no estábamos acostumbrados: la inversión masiva en tecnología, el cambio en los sistemas productivos, en el propio centro de gravedad de la actividad productiva… Quizá haya algo que va más allá de lo coyuntural y que entra en el terreno de lo estructural: que los ciclos puedan ser más largos. Todavía no es algo claro, pero sí creo que puede haber algo de esto”.

Influye, y mucho, la ausencia de errores no forzados, de esos que llevan a perder partidos de tenis y a recesiones autoinfligidas: “A diferencia de lo que ocurrió en la crisis financiera y en la Gran Recesión, los gobiernos y los bancos centrales, sobre todo en Europa, llevan una racha sin cometer grandes fallos, al margen de la errática política de Trump”, explica Arias. “Incluso los más apegados a la ortodoxia estricta, como Alemania, han sabido leer la situación: que la inflación no es lo más importante ahora y que tampoco era el momento de una reacción proteccionista tras los aranceles de EE UU”.

El 2 de abril del año pasado, cuando el magnate republicano desveló sus gravámenes a diestro y siniestro, Gian Maria Milesi-Ferretti estaba convencido de que lo que venía era una recesión de caballo. No estaba solo: ese empezaba a ser el consenso. “Han sido muchas cosas las que han evitado que así fuera, pero me quedo sobre todo con una: el optimismo de los mercados financieros y la inversión de los hiperescaladores [los gigantes tecnológicos]. El efecto riqueza que han traído consigo sin duda ha ayudado a sostener la demanda”, apunta el investigador de la Brookings Institution, durante muchos años la gran cabeza pensante detrás de las previsiones del FMI.

Contenedores en el puerto de Nanjing, provincia de Jiangsu, China, el 25 de junio. Costfoto (NurPhoto /Getty Images)

¿Ha sido la resistencia macroeconómica la que ha sostenido e impulsado a las Bolsas o se trata, más bien, de una relación causal a la inversa: unos mercados que no han puesto en precio estos retos sin precedentes y que, con su ceguera, han ayudado así a la macro? “Es algo que, en este momento, no sé responder”, reconoce Milesi-Ferretti desde Washington. La otra gran incógnita descansa en la sacrosanta productividad, clave de bóveda del crecimiento sano de cualquier economía que se precie. “La realidad es que viene creciendo desde la pandemia”, apunta Milesi-Ferretti. “Es decir, antes de que se pudiera empezar a notar el efecto positivo de la inteligencia artificial”. Si las promesas se cumplen, ese empujón vendrá más adelante.

“Tanto los modelos econométricos como nosotros mismos, los economistas, habíamos anticipado una caída de la actividad, tanto por el proteccionismo como por los dos choques energéticos tan seguidos. Pero no ha sido así: hemos tenido que recular, que recalibrar, porque los estragos no han sido ni mucho menos tan grandes como pensábamos”, admite María Romero, economista jefa de Analistas Financieros Internacionales (AFI). Ve varios factores detrás de esta resistencia, con escasos precedentes en tiempos recientes: la política fiscal —“desde la covid, sobre todo, hemos reaprendido que es una herramienta útil”—; la canalización del ahorro acumulado en Europa hacia el consumo —“sobre todo en España, porque en Francia, en Alemania y en Italia hay mucho, pero no se está haciendo uso de él”—, y la inversión —“en especial en inteligencia artificial y, sobre todo, en Estados Unidos: en Europa no estamos haciendo los deberes”, alerta—.

Efectos indirectos

Desde la óptica estadounidense, Jared Bernstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos con Joe Biden, ve otra gran razón de esa resiliencia: su elevada producción energética, especialmente de gas natural —del que exporta una proporción menor que la de otras fuentes de combustible—, que le ha protegido en buena medida frente a la crisis de Ormuz y que le ha permitido sostener sus exportaciones. “Dicho esto, tanto los aranceles como la guerra han tenido un efecto claramente inflacionista, y esa es una de las principales razones de la impopularidad de Trump”, subraya por correo electrónico.

Fuera, avisa Bernstein, ni Europa es tan resistente a los choques, por su todavía enorme dependencia de los flujos energéticos procedentes del exterior —y, también, por su mayor conexión con los mercados internacionales de bienes, servicios y capital—, ni buena parte del mundo en desarrollo está en una posición precisamente cómoda. “Muchos de estos países, especialmente en África, sufrirán efectos negativos indirectos, como la escasez de alimentos, por la escasez de fertilizantes durante la temporada de siembra”, otea. No le falta razón: aunque el gran embudo de Ormuz empieza a ser historia —antes, al menos, de que la Casa Blanca volviese a incendiarlo todo esta semana—, la falta de urea y otros componentes básicos para alimentar las plantas en la temporada clave de la siembra hará mella durante meses. Pero, aunque sobre la bocina, se ha evitado el escenario apocalíptico que algunos quisieron dibujar: la recesión ni está ni se la espera.

“Los reiterados shocks de los últimos años, en particular los geopolíticos, han obligado a empresas y gobernantes a ser más ágiles. Su capacidad de adaptación puede mitigar el riesgo de recesión en los próximos trimestres, pero mucho dependerá del tiempo que lleve reparar las interrupciones en el suministro de petróleo y de las vulnerabilidades que estas ponen de manifiesto”, escribían hace unos días los responsables de análisis de la mayor gestora europea de fondos, la francesa Amundi, en un informe semestral de título esclarecedor: Poniendo a prueba los límites de la resiliencia económica. Por aquel entonces, Washington aún no había dado por muerto el memorándum de entendimiento que prometía la paz con Irán y que había permitido de nuevo la circulación de petroleros y metaneros en Ormuz.

Tentar a la suerte

Convendría no tentar más a la suerte. Dos guerras seguidas con potencias fósiles como protagonistas son, por definición, un lastre para el crecimiento y un aldabonazo para la inflación. Como también lo son los aranceles, la palabra “más bonita del mundo” en el más que cuestionable vocabulario de Trump. “Su arbitrariedad ha sido y sigue siendo tan grande que lo chocante es que no esté haciendo apenas mella. Pero, si se empeña en seguir en esa línea, es imposible que en algún momento el cántaro no se rompa”, avisa Arias. “Crucemos los dedos, porque, si algo está claro, es que los desafíos de largo plazo son hoy mayores que ayer. El panorama sigue siendo muy complejo”, remata Milesi-Ferretti.

El otro posible error no forzado obliga a mirar a los bancos centrales. Tras casi tres años en piloto automático, los transcurridos desde el choque inflacionario provocado por la salida de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, en Fráncfort, en Londres, en Tokio y hasta en Washington vuelven a mesarse los cabellos. Tanto el BCE como el Banco de Japón subieron los tipos en junio, pocos días antes de que EE UU e Irán alcanzasen un principio de acuerdo para poner fin a la guerra y el precio del petróleo se desplomase. Una medida que “como señal, puede mosquear un poco”, reconoce Arias. Valora, sin embargo, la “moderación” de un BCE que, como los gobiernos europeos, parece haber aprendido de los traspiés de la década pasada. “Lo importante es que no ha entrado en una espiral de histeria inflacionista. Eso sí que habría complicado las cosas”. Nervios de acero para una era de vértigo.

El FMI y el efecto fuelle

El FMI rebajó el miércoles marginalmente su previsión de crecimiento para la economía mundial para este año (del 3%, una décima menos de lo anticipado en abril, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán), pero elevó en cambio hasta el 3,4% (dos décimas más que hace tres meses) la de 2027. Ese efecto fuelle responde a dos variables contrapuestas. Por un lado, como ha quedado patente esta misma semana, pese a que el flujo de petróleo y de gas a través del estrecho de Ormuz ya se sitúa prácticamente a mitad de camino de donde estaba antes de la guerra, el conflicto sigue haciendo mella. Por otro, la pujanza inversora en sectores de nueva hornada –“el impulso acelerado del ciclo tecnológico mundial, gracias a los avances de la inteligencia artificial (IA)”, en palabras de los técnicos del Fondo- compensa esa ralentización e invita a pensar en un mayor dinamismo a medio y largo plazo.

La foto fija, sin embargo, difiere mucho entre geografías y grupos de países. Les va mejor a los exportadores de energía y a las economías “más integradas en las cadenas globales de valor de la tecnología”, y peor a los “importadores de materias primas peor posicionados para beneficiarse de la actividad relacionada con la IA”. Concuerda con esta visión Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex director adjunto de la Cepal, el brazo de la ONU para asuntos económicos en América Latina: “Es cierto que hay resiliencia si miramos a los promedios mundiales, pero también diferencias regionales muy grandes y al interior de los países: incluso el impulso en Europa por el rearme está obligando a una reasignación, a mi juicio desastrosa, de gasto social e inversión pública a gasto militar y subsidios a los combustibles fósiles. Y América Latina, aunque crezca un poco más, lo sigue haciendo muy por debajo de lo que realmente necesitamos”.

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