¿Somos conscientes de que el último bombazo de taquilla que nos llega de USA no tiene dueño? La primera ficción en torno a las Backrooms se publicó en un foro donde el anonimato era obligación, así que todos somos libres de desarrollar el concepto por nuestra cuenta. La idea es exquisita, digna de J.G Ballard: la posibilidad de que, de forma arbitraria y accidental, podamos acceder al subconsciente de la mismísima realidad, y que éste sea un espacio tangible y mundano, con sus lámparas fluorescentes, sus paredes empapeladas, su moqueta mortecina y (esto es mío) un olor a cerrado insoportable. Como si tras cruzar las puertas de la percepción uno acabase en el plató abandonado de una televisión local o en la Expo de Sevilla a las cinco de la mañana. Como si el purgatorio fuese una fusión petrificada y proyectada hasta el infinito de las instalaciones de ARCO y FITUR.
Los cinéfilos edadistas que han puesto en duda la autoría de Ken Parsons al estrenar su primer largometraje con 20 añitos han decidido ignorar alegremente las treinta piezas que ha ido colgando allí desde el año 2022
¿Somos conscientes de que el último bombazo de taquilla que nos llega de USA no tiene dueño? La primera ficción en torno a las Backrooms se publicó en un foro donde el anonimato era obligación, así que todos somos libres de desarrollar el concepto por nuestra cuenta. La idea es exquisita, digna de J.G Ballard: la posibilidad de que, de forma arbitraria y accidental, podamos acceder al subconsciente de la mismísima realidad, y que éste sea un espacio tangible y mundano, con sus lámparas fluorescentes, sus paredes empapeladas, su moqueta mortecina y (esto es mío) un olor a cerrado insoportable. Como si tras cruzar las puertas de la percepción uno acabase en el plató abandonado de una televisión local o en la Expo de Sevilla a las cinco de la mañana. Como si el purgatorio fuese una fusión petrificada y proyectada hasta el infinito de las instalaciones de ARCO y FITUR.
