Mientras gran parte del mundo seguía con preocupación las consecuencias del devastador terremoto que sacudió a Venezuela, un sanducero integraba uno de los equipos internacionales que trabajaban contrarreloj para encontrar sobrevivientes y recuperar víctimas entre los escombros. Se trata de Robert Dorrego Rusch, integrante de la Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca (Birta), quien viajó desde Panamá, donde reside, para sumarse a la misión humanitaria. En una entrevista concedida a EL TELEGRAFO, Dorrego describió el dramático panorama que encontró al arribar al país caribeño, donde pasó días trabajando casi sin descanso en edificios colapsados, participó en el rescate de personas y mascotas, recuperó cuerpos para devolverlos a sus familias y, además, sufrió un accidente durante el rescate de un bañista que derivó en un desprendimiento de retina y una cirugía de urgencia. Dorrego se encontraba en Uruguay desde diciembre y había regresado hacía apenas dos semanas a Panamá cuando recibió el llamado de la organización. «Se activaron los Topos Azteca desde México y nuestro líder, el ‘Chino’ Méndez, nos convocó. Desde distintos países comenzamos a organizarnos para viajar y en poco tiempo ya estábamos en Venezuela», recordó. Su primer destino fue un edificio colapsado en Caracas, conocido como Petunia, donde trabajó en tareas de búsqueda y recuperación. Luego fue trasladado hacia La Guaira, considerada la zona cero del desastre. «Cuando llegamos parecía una guerra. Había edificios completamente destruidos y muchos otros con daños estructurales que tendrán que ser demolidos. Era un desastre total», relató. El sanducero contó que las jornadas eran prácticamente continuas: «Dormíamos una o dos horas al costado de los edificios. Mientras existiera la posibilidad de que hubiera alguien con vida bajo los escombros, nadie quería irse a descansar». Según explicó, la brigada estaba integrada por unos 55 rescatistas internacionales que trabajaban junto a equipos venezolanos y vecinos de las zonas afectadas. «Nuestro lema es honrar la vida y dignificar la muerte. Si encontramos personas con vida hacemos todo por rescatarlas. Si encontramos cuerpos, también los recuperamos para entregarlos a sus familias». LA SOLIDARIDAD DE UN PUEBLO Más allá del dolor provocado por la tragedia, Dorrego destacó la actitud de la población venezolana. «Lo más impresionante fue cómo el pueblo se volcó a ayudar. Llegaban personas de todos los rincones del país con café, comida, agua o simplemente para colaborar. Había gente ayudando las 24 horas. Esa solidaridad también nos daba fuerzas para seguir trabajando». En medio de la misión ocurrió un episodio inesperado. Mientras descansaban en el campamento instalado junto a la playa de La Guaira, comenzaron a escuchar pedidos de auxilio. «Una persona se estaba ahogando. No dudé un segundo. Me saqué la ropa y me tiré al mar.» Las condiciones
Mientras gran parte del mundo seguía con preocupación las consecuencias del devastador terremoto que sacudió a Venezuela, un sanducero integraba uno de los equipos internacionales que trabajaban contrarreloj para encontrar sobrevivientes y recuperar víctimas entre los escombros. Se trata de Robert Dorrego Rusch, integrante de la Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca (Birta), quien viajó desde Panamá, donde reside, para sumarse a la misión humanitaria. En una entrevista concedida a EL TELEGRAFO, Dorrego describió el dramático panorama que encontró al arribar al país caribeño, donde pasó días trabajando casi sin descanso en edificios colapsados, participó en el rescate de personas y mascotas, recuperó cuerpos para devolverlos a sus familias y, además, sufrió un accidente durante el rescate de un bañista que derivó en un desprendimiento de retina y una cirugía de urgencia. Dorrego se encontraba en Uruguay desde diciembre y había regresado hacía apenas dos semanas a Panamá cuando recibió el llamado de la organización. «Se activaron los Topos Azteca desde México y nuestro líder, el ‘Chino’ Méndez, nos convocó. Desde distintos países comenzamos a organizarnos para viajar y en poco tiempo ya estábamos en Venezuela», recordó. Su primer destino fue un edificio colapsado en Caracas, conocido como Petunia, donde trabajó en tareas de búsqueda y recuperación. Luego fue trasladado hacia La Guaira, considerada la zona cero del desastre. «Cuando llegamos parecía una guerra. Había edificios completamente destruidos y muchos otros con daños estructurales que tendrán que ser demolidos. Era un desastre total», relató. El sanducero contó que las jornadas eran prácticamente continuas: «Dormíamos una o dos horas al costado de los edificios. Mientras existiera la posibilidad de que hubiera alguien con vida bajo los escombros, nadie quería irse a descansar». Según explicó, la brigada estaba integrada por unos 55 rescatistas internacionales que trabajaban junto a equipos venezolanos y vecinos de las zonas afectadas. «Nuestro lema es honrar la vida y dignificar la muerte. Si encontramos personas con vida hacemos todo por rescatarlas. Si encontramos cuerpos, también los recuperamos para entregarlos a sus familias». LA SOLIDARIDAD DE UN PUEBLO Más allá del dolor provocado por la tragedia, Dorrego destacó la actitud de la población venezolana. «Lo más impresionante fue cómo el pueblo se volcó a ayudar. Llegaban personas de todos los rincones del país con café, comida, agua o simplemente para colaborar. Había gente ayudando las 24 horas. Esa solidaridad también nos daba fuerzas para seguir trabajando». En medio de la misión ocurrió un episodio inesperado. Mientras descansaban en el campamento instalado junto a la playa de La Guaira, comenzaron a escuchar pedidos de auxilio. «Una persona se estaba ahogando. No dudé un segundo. Me saqué la ropa y me tiré al mar.» Las condiciones
Mientras gran parte del mundo seguía con preocupación las consecuencias del devastador terremoto que sacudió a Venezuela, un sanducero integraba uno de los equipos internacionales que trabajaban contrarreloj para encontrar sobrevivientes y recuperar víctimas entre los escombros. Se trata de Robert Dorrego Rusch, integrante de la Brigada Internacional de Rescate Tlatelolco Azteca (Birta), quien viajó desde Panamá, donde reside, para sumarse a la misión humanitaria. En una entrevista concedida a EL TELEGRAFO, Dorrego describió el dramático panorama que encontró al arribar al país caribeño, donde pasó días trabajando casi sin descanso en edificios colapsados, participó en el rescate de personas y mascotas, recuperó cuerpos para devolverlos a sus familias y, además, sufrió un accidente durante el rescate de un bañista que derivó en un desprendimiento de retina y una cirugía de urgencia. Dorrego se encontraba en Uruguay desde diciembre y había regresado hacía apenas dos semanas a Panamá cuando recibió el llamado de la organización. «Se activaron los Topos Azteca desde México y nuestro líder, el ‘Chino’ Méndez, nos convocó. Desde distintos países comenzamos a organizarnos para viajar y en poco tiempo ya estábamos en Venezuela», recordó. Su primer destino fue un edificio colapsado en Caracas, conocido como Petunia, donde trabajó en tareas de búsqueda y recuperación. Luego fue trasladado hacia La Guaira, considerada la zona cero del desastre. «Cuando llegamos parecía una guerra. Había edificios completamente destruidos y muchos otros con daños estructurales que tendrán que ser demolidos. Era un desastre total», relató. El sanducero contó que las jornadas eran prácticamente continuas: «Dormíamos una o dos horas al costado de los edificios. Mientras existiera la posibilidad de que hubiera alguien con vida bajo los escombros, nadie quería irse a descansar». Según explicó, la brigada estaba integrada por unos 55 rescatistas internacionales que trabajaban junto a equipos venezolanos y vecinos de las zonas afectadas. «Nuestro lema es honrar la vida y dignificar la muerte. Si encontramos personas con vida hacemos todo por rescatarlas. Si encontramos cuerpos, también los recuperamos para entregarlos a sus familias». LA SOLIDARIDAD DE UN PUEBLO Más allá del dolor provocado por la tragedia, Dorrego destacó la actitud de la población venezolana. «Lo más impresionante fue cómo el pueblo se volcó a ayudar. Llegaban personas de todos los rincones del país con café, comida, agua o simplemente para colaborar. Había gente ayudando las 24 horas. Esa solidaridad también nos daba fuerzas para seguir trabajando». En medio de la misión ocurrió un episodio inesperado. Mientras descansaban en el campamento instalado junto a la playa de La Guaira, comenzaron a escuchar pedidos de auxilio. «Una persona se estaba ahogando. No dudé un segundo. Me saqué la ropa y me tiré al mar.» Las condiciones
