El problema de los relojes de lujo es que su negocio está limitado por el tamaño de la muñeca del comprador. Otro mundo es el coleccionista. Al igual que en el sector de lo exclusivo en general, las marcas más importantes han ido ganando cuota de mercado. Cuatro de las aproximadamente 450 enseñas de relojes suizas —Rolex, Omega, Cartier y Patek Philippe— representan más de la mitad del total del mercado minorista. Primero, el tictac de los grandes números. Suiza exportó (últimos datos disponibles) en 2025 relojes, como tales, por un valor de 24.400 millones de francos (cerca de 27.790 millones de euros). En unidades son 14,6 millones. Una bajada del 1,7% comparado con 2024. Digamos 740.000 máquinas menos que el ejercicio pasado. Hasta junio —según la Federación de la Industria Relojera Suiza— los ingresos acumulados en estos seis meses se han estabilizado en 12.800 millones de francos, apenas una caída del 0,7%.
Un ‘dalí’ de muñeca por 1,7 millones de euros
En 1967, Londres era una ciudad brillante y dorada. Un milagro. Ese año se lanzó el Cartier Crash con la apariencia de haber sido diseñado por Salvador Dalí. Pero incluso era demasiado extravagante y vanguardista y se vendieron pocos a lo largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980. Era una curiosidad bella. Pero nadie lo llevaría a esquiar, caminar o bucear. Pero, por sorpresa, la página web especializada en subastas estadounidense Loupe This vendió un London Crash de 1960 (los más valiosos por su antigüedad) por 1,5 millones de dólares, y todo cambió. El mercado se disparó y en la primavera Sotheby’s vendió uno de 1987 por casi dos millones de dólares. El récord mundial duró poco más de dos semanas. Christie’s Ginebra remató un modelo de 1990 consiguiendo un precio casi idéntico teniendo presente la variación cambiaria. Imposible dudarlo: el London Crash se había convertido en un reloj de dos millones de dólares (1.735.000 euros al cambio actual). Todos los grandes relojeros buscaron en sus cajas fuertes.
Los fabricantes helvéticos venden el 96% de los modelos por más de 3.000 euros cada uno a pesar del entorno adverso para el sector
El problema de los relojes de lujo es que su negocio está limitado por el tamaño de la muñeca del comprador. Otro mundo es el coleccionista. Al igual que en el sector de lo exclusivo en general, las marcas más importantes han ido ganando cuota de mercado. Cuatro de las aproximadamente 450 enseñas de relojes suizas —Rolex, Omega, Cartier y Patek Philippe— representan más de la mitad del total del mercado minorista. Primero, el tictac de los grandes números. Suiza exportó (últimos datos disponibles) en 2025 relojes, como tales, por un valor de 24.400 millones de francos (cerca de 27.790 millones de euros). En unidades son 14,6 millones. Una bajada del 1,7% comparado con 2024. Digamos 740.000 máquinas menos que el ejercicio pasado. Hasta junio —según la Federación de la Industria Relojera Suiza— los ingresos acumulados en estos seis meses se han estabilizado en 12.800 millones de francos, apenas una caída del 0,7%.
Pero hay sorpresas. España fue el segundo país —después de Arabia Saudí— donde más crecieron (5,3%) las exportaciones durante 2025. Y eso que es un mercado pequeño. Apenas supone el 2% del negocio suizo. Pero tiró el buen momento macroeconómico. Estados Unidos (17%), a pesar de las tarifas y el aumento de los metales preciosos, continúa siendo el gran destino. La Federación de Relojeros Suizos visitó a Donald Trump en la Casa Blanca, le regalaron, entre varios objetos, un Rolex. Al mes siguiente, el presidente bajó el gravamen del 39%, el más alto al que se ha enfrentado cualquier país occidental desarrollado. Una marca, por cierto, Rolex, que ya subió en enero de 2025 un 18% el precio de venta de los relojes. O aumentas valor o bajas ingresos.
El tiempo transcurre de una forma distinta en Suiza. Un informe de Morgan Stanley revela que los suizos fabrican el 96% de todos los relojes de lujo del mundo. O sea, de más de 3.000 francos. Unos 3.200 euros. La industria helvética no parece resentirse de la situación geopolítica, las presiones inflacionistas y el alza del oro. La onza ha pasado de 1.922 dólares en 2011 a unos 4.374 dólares a mediados de agosto.
“La industria relojera se ve afectada por los acontecimientos geopolíticos y el aumento de los metales preciosos, sin embargo, estos efectos se mitigan por varias razones: una clientela adinerada con una sensibilidad baja al precio y una sólida posición de marca que permite subir los costes con cierta regularidad”, reflexiona Frédic Bondoux, presidente de Grand Seiko Europa. Además, mantienen una producción limitada para que la demanda haga el resto. El sector de alta gama, según Morgan Stanley, ha aumentado: los relojes artesanales con un precio superior a 50.000 francos la unidad representaron el 37% del valor total de las exportaciones de máquinas suizas el año pasado, frente al 33,5% de 2024. También se ha unido a la pasión por el paso del tiempo la generación del milenio. Pero no todo es idílico. “La guerra de Oriente Próximo tendrá un impacto, sustancial, en las exportaciones suizas, ya que representan el 10% del total de sus relojes”, avisa Oliver Müller, fundador de la consultora transalpina LuxeConsult.
Abudujabar Tontji es uno de los coleccionistas más famosos del mundo y director financiero de la empresa de inversiones Golden Eagle Group. Vive en Washington. Su extensa colección incluye docenas de piezas únicas, algunas encargadas directamente por él. Su “obra soñada” —contesta por correo electrónico— “es un Rexhep Rexhepi [un maestro de la relojería moderna], “pero mi criterio cambia con el tiempo”. Nunca vendería. No es cuestión del valor, sino del sentido que tienen para él. ¿Pero por qué los relojes y no, por ejemplo, el arte contemporáneo? “Hay muchas maneras innovadoras de dar la hora, desde el Starwheel de AP (Audemars Piguet) hasta el Bel Canto Chime de Christopher Ward, pasando por el increíble acabado del diseñador Romain Gauthier”, describe. Cada reloj conserva una forma única de contar segundos. “Artesanales, divertidos, prácticos”, explica. ¿Y tienen un valor sentimental? “El Datejust de mi padre y el Omega Seamaster de mi abuelo son mis favoritos”, detalla. Sin embargo, hay dos piezas que le “emocionan” de su colección. Un F.P.Journe Resonance y su Cartier Crash. “Son auténticas joyas”, concluye. Los precios de estos relojes tienen entre cinco y seis ceros. Pesan las leyendas. Un ejemplo. El relojero francés Jaquet Droz —un mito del sector, 1721-1790—, cuya casa creó, hace poco, una pieza con un ópalo por 500.000 dólares destinado a la graduación del hijo de un cliente australiano.
Un trabajo artesano
Abundan los encargos, pero se rechazan los de contenido sexual, político o que resultan comprometidos. El tiempo lo es todo. Un esmaltador tarda una década en formarse y algunas grandes marcas, como Vacheron Constantini, tienen el derecho a reproducir cualquier obra del Louvre, con la excepción de la Mona Lisa, del MET y del Museo del Palacio de Pekín. No hay otro camino ante una mayor competencia, sobre todo china. “Para que la industria relojera suiza sea creíble y tenga futuro, las marcas deben entrar en el segmento de la alta relojería”, advirtió en The New York Times Karine Szegedi, socia de Deloitte especializada en el sector de la relojería.

¿Es la nostalgia la esencia de la relojería de lujo en tiempos digitales? El anacronismo de un Audemars Piguet o un Patek Philippe es carísimo. Christie’s [Sotheby’s ha rehusado participar] ha conseguido unos resultados históricos en el primer semestre. “Entre los logros más destacados”, resume Remi Guillemin, jefe de relojes de Europa, Oriente Próximo y Estados Unidos de la casa, “se encuentran las ventas récord del Audemars Piguet Monopusher Chronograph (2.747.696 dólares), el Audemars Piguet Jumpping Hour (1.016.000 dólares) y el Cartier Crash London (2.028.800 dólares). Cuenta con la importancia histórica, la calidad y la rareza. “Pero los relojeros independientes han consolidado aún más su posición en el mercado de reventa: sobre todo en los niveles de precios más elevados”, revela. Y la muñeca porta millones.
Un ‘dalí’ de muñeca por 1,7 millones de euros
En 1967, Londres era una ciudad brillante y dorada. Un milagro. Ese año se lanzó el Cartier Crash con la apariencia de haber sido diseñado por Salvador Dalí. Pero incluso era demasiado extravagante y vanguardista y se vendieron pocos a lo largo de las décadas de 1960, 1970 y 1980. Era una curiosidad bella. Pero nadie lo llevaría a esquiar, caminar o bucear. Pero, por sorpresa, la página web especializada en subastas estadounidense Loupe This vendió un London Crash de 1960 (los más valiosos por su antigüedad) por 1,5 millones de dólares, y todo cambió. El mercado se disparó y en la primavera Sotheby’s vendió uno de 1987 por casi dos millones de dólares. El récord mundial duró poco más de dos semanas. Christie’s Ginebra remató un modelo de 1990 consiguiendo un precio casi idéntico teniendo presente la variación cambiaria. Imposible dudarlo: el London Crash se había convertido en un reloj de dos millones de dólares (1.735.000 euros al cambio actual). Todos los grandes relojeros buscaron en sus cajas fuertes.
Feed MRSS-S Noticias
