Mientras Trump sigue enredándose con Irán, tontea con el dictador de Corea del Norte, saquea una Venezuela sin elecciones libres y manipula las suyas de medio término prometiendo regalar dinero a los ciudadanos si gana, China pone en marcha la primera ruta comercial de contenedores a través de la Ruta Polar de la Seda, hito histórico posibilitado por el cambio climático, y se alía con Rusia para controlar la que apunta como la alternativa comercial por el norte. Todo ello, después de controlar ya 57 de los 100 puertos que regulan el comercio mundial.
La ruptura del orden internacional desde la Casa Blanca despeja el camino a Pekín, que ya controla más de la mitad de los grandes puertos comerciales
Mientras Trump sigue enredándose con Irán, tontea con el dictador de Corea del Norte, saquea una Venezuela sin elecciones libres y manipula las suyas de medio término prometiendo regalar dinero a los ciudadanos si gana, China pone en marcha la primera ruta comercial de contenedores a través de la Ruta Polar de la Seda, hito histórico posibilitado por el cambio climático, y se alía con Rusia para controlar la que apunta como la alternativa comercial por el norte. Todo ello, después de controlar ya 57 de los 100 puertos que regulan el comercio mundial.
Los peores patriotas son aquellos que, si llegan a presidentes de la, hasta ahora, primera potencia mundial, muestran su fuerza ante los débiles y se arrugan ante los poderosos, de dentro y de fuera de su país (recordemos que TACO, es decir, Trump siempre se acobarda, es un acrónimo que popularizaron algunos de sus anteriores partidarios al constatar su errática política). Hay pocas dudas de que la presidencia de Trump está facilitando el sorpasso de China a EE UU, como líder mundial.
Según una reciente encuesta de Pew Research Center en 36 países de todos los continentes, ya hay más personas que confían en Xi que en Trump, así como, desde el inicio del segundo mandato de Trump, la percepción de China, en alza, se ha vuelto más positiva que la de EE UU en la mayoría de países, pero, sobre todo, en Asia-Pacífico y Oriente Medio. Solo en libertades individuales EE UU va por delante, aunque disminuye el número de personas que considera que en EE UU se respetan ahora.
Trump ha roto con el orden mundial: desprecia a sus aliados y ha destrozado las reglas que lo definían. Se estrenó con un castigo arancelario generalizado que el Tribunal Supremo le obligó a retirar por no tener poderes constitucionales para aprobarlo y después de que hubiese perdido la partida con todos los que le aceptaron el órdago como, sobre todo, China. Después, ha castigado a sus aliados, llegando a enfadar a Meloni, su mayor admiradora europea, dejando que tanto Putin como Netanyahu le ganaran las partidas una y otra vez, para caer en el caos que está siendo su guerra con Irán después de haberse mostrado al mundo fascinado y acomplejado, cuando en su visita a Pekín, Xi le enseñó la Ciudad Prohibida, residencia de los emperadores.
Mientras tanto, continúa sus intentos de corromper la Constitución y las próximas elecciones jugando con censos y circunscripciones, después de entregarse a los tecnooligarcas internos y sus mesías antidemocráticos de la llamada Ilustración Obscura (volveré en otro artículo) y de ganar dinero con las criptomonedas, ha acabado con las reglas del juego del anterior orden internacional basadas en una cooperación en la que todos ganan (aunque no todos por igual), para sustituirla por otra de suma cero, donde lo que uno gana, se lo ha de arrebatar a otro por la fuerza.
China lleva años proclamando su disconformidad con el orden mundial forjado al acabar la Segunda Guerra Mundial y su intención parece más desplazar que sustituir a EE UU. A pesar de entrar en el juego con su pertenencia a la ONU o, sobre todo, su ingreso en la OMC en 2001, ha ido forjando un sistema alternativo en torno a varias iniciativas. La primera, la nueva Ruta de la Seda, lanzada en 2013 y que involucra ya a 70 países de todos los continentes, mediante las dos rutas, terrestre y marítima, que parten de Shanghái, al que se ha añadido la Ruta de la Seda Digital, y que acumulan ya una inversión estimada que supera los 850.000 millones de euros y que genera una amplia conectividad. A esto, China añade cuatro Iniciativas Globales: Desarrollo, Seguridad, Civilización, Gobernanza. La política exterior china está basada en cuatro principios: respeto absoluto a la soberanía de cada país, multilateralismo, proyectos conjuntos de interés mutuo y gobernanza multipolar.
En un mundo donde las redes de dependencias mutuas siguen siendo muy amplias, China se ha asegurado un lugar preferente al dominar, por ejemplo, nudos estratégicos como las tierras raras, donde controla en torno al 70% de la extracción, componentes farmacéuticos esenciales (controla el 40% de los principios activos), el 5G o en microprocesadores, aquí, en competencia con EE UU. China busca que otros dependan de ella, mientras ella es autónoma.
Con el lanzamiento de DeepSeek, en código abierto, compitiendo con ChatGPT, China simbolizó su pulso a EE UU por el liderazgo mundial en tecnología, sin renunciar a ser hegemónica en Asia, influyente en una Europa dividida y decisiva en el resto del mundo, siendo ya el primer socio comercial de los países del Sur Global. Superada la etapa de fábrica del mundo, China ha centrado su innovación en tecnología aplicada a la industria, incluyendo la integración industrial de la IA a gran escala, lo que la ha convertido ya en líder en sectores muy tecnológicos como coche eléctrico, baterías, drones, biotecnologías y placas solares, aprovechando su escala y su peculiar modelo público-privado. Ahora, en una nueva escalada en la cadena de valor añadido, se está centrando en robótica industrial e IA avanzada donde empresas como Moonshot compiten al nivel de las americanas OpenAI y Anthropic, líderes hasta ahora. China ha agrupado ya a 38 países en su alianza de IA, en claro rechazo al planteamiento americano de escoger bando con su veto, por ejemplo, a Huawei pese a ser más barato, por supuestas razones de seguridad, o forzando la retirada de China de empresas europeas como Nokia.
Y aquí está el meollo del problema, al menos, para Europa: hasta ahora, Europa compartía con EE UU los mismos valores democráticos y la misma defensa de los derechos humanos frente a un modelo chino que desprecia ambas ideas. La duda hoy es saber hasta qué punto la América de Trump sigue defendiéndolos y, por tanto, sigue siendo nuestro aliado estratégico. No despejar esa duda hace que Trump esté dejando el camino libre para el liderazgo mundial de China.
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