El terremoto de Venezuela, más allá de la tragedia humanitaria, que por supuesto es ahora lo único en lo que hay que centrarse, debe dejarnos algunas lecciones aprendidas.
La norma sismorresistente española está anticuada y no aplica el Eurocódigo 8, que es el que aplican todos los países
El terremoto de Venezuela, más allá de la tragedia humanitaria, que por supuesto es ahora lo único en lo que hay que centrarse, debe dejarnos algunas lecciones aprendidas.
El contacto directo entre la placa sudamericana y la placa del Caribe se produce en la región septentrional de Venezuela, y aunque estas placas no chocan frontalmente, sino que se deslizan lateralmente a una velocidad de unos dos centímetros al año, ya en el pasado se han producido desastres históricos, como el terremoto de San Bernabé en 1641 (magnitud estimada de 7,3), que arrasó la zona, o el trágico terremoto de Caracas de 1967, que dejó cientos de muertos y decenas de edificios colapsados. Pero la falta de recurrencia permanente de eventos sísmicos, como ocurre en Chile o Japón, hace que el tratamiento de los edificios en Venezuela sea desigual, como vemos en las tristes imágenes de estos días. Edificios brutalmente colapsados cerca de otros de las mismas características que se mantienen en pie. La diferencia de respuesta de esos edificios puede tener varias causas: frecuencia de resonancia, planta baja muy diáfana, o en cualquier caso diseño sismorresistente o no.
El mismo terremoto en Chile o Japón habría causado daños humanos y materiales muy inferiores. Contrariamente, si ese movimiento hubiera tenido lugar en España, los efectos hubieran sido igualmente devastadores, porque nuestra norma sismorresistente está anticuada y no aplica el Eurocódigo 8, que es el que aplican todos los países de la UE.
¿Pero es posible un terremoto de esas características en España? Vamos por partes. En unos sitios sí y en otros no.
La Cordillera Bética es la zona de colisión de la placa africana y la euroasiática. Está atravesada por fallas activas, largas y superficiales, como la falla de Alhama de Murcia (la que destruyó parte de Lorca en 2011), la de Carboneras o la de Baza. Si el suelo fuera aquí una roca dura y compacta, los efectos serían asumibles, pero en esta zona, igual que en Caracas o La Guaira, el suelo es blando, está constituido por materiales sedimentarios, procedentes de aluvión fluvial, o arenas húmedas que incluso pueden licuefactar. Esos terrenos se comportan como una gelatina que ralentiza las ondas sísmicas, aumenta su periodo, puede hacer entrar en resonancia los edificios de altura media de 8 a 15 plantas y multiplica su capacidad de destrucción.
En estas regiones podemos esperar aceleraciones horizontales del suelo desde 0,16g (0,16 veces la fuerza de la gravedad) y que pueden superar los 0,24g. Son magnitudes moderadas a nivel mundial (6,5-7,0 en la escala de Richter), pero al ser temblores muy superficiales (apenas a 5-10 kilómetros de profundidad), el golpe en la superficie es devastador.
Si un sismo fuerte golpeara mañana la Vega de Granada o la Vega Baja alicantina o del Segura, con la cantidad de edificios de los años 70 y 80 que tienen plantas bajas diáfanas y mampostería rígida, el nivel de daños sería inasumible. Aquí es donde la ausencia del Eurocódigo 8 tiene connotaciones de negligencia criminal.
Los Pirineos (Huesca, Lleida, norte de Navarra) y la franja atlántica de Galicia y norte de Portugal tienen otro nivel de riesgo más moderado: aceleraciones máximas entre 0,08g y 0,12g, con capacidad, en el peor de los casos, para generar sismos de magnitud 5,0 a 5,5 (el de Lorca fue de 5,2).
Y finalmente tenemos la Fachada Atlántica Suroeste, que afecta a Huelva, Cádiz y costa oeste de Portugal. Es la zona del fatídico terremoto de Lisboa de 1755. Aquí no esperamos pequeños temblores continuos, sino un “Gran Evento” (magnitud 8,0 o superior) cada varios siglos. El problema crítico es que el sismo desplaza el fondo marino y genera un tsunami. Nuestras normativas actuales (la NCSE-02) ni siquiera contemplan el cálculo de empuje hidrodinámico por maremotos en el diseño de los edificios costeros en Cádiz o Huelva. Gregorio Gómez Pina, ingeniero de caminos y profesor de la Universidad de Cádiz, lleva años intentando que se tenga en cuenta ese riesgo.
El resto de la península (las dos Castillas, Madrid y Extremadura) está a salvo, sobre viejos macizos rocosos.
Como vemos, obviar el problema de la sismicidad en España es una irresponsabilidad. Debemos mirarnos en el espejo de nuestros hermanos venezolanos, porque construyen igual que nosotros. Es cierto que, si la empezamos a aplicar ahora, quedará un parque de edificios en riesgo en las zonas sensibles. Pero de entrada una auditoría forense de las infraestructuras críticas nos pondría sobre aviso de qué es necesario hacer en las construcciones más sensibles, y que más comprometen los sistemas públicos.
Recuerdo unos profesores chilenos de estructuras, en visita académica por España, horrorizados por lo que a ellos les parecía endeblez frente al sismo de las estructuras que estaban viendo por la calle. Les expliqué que en Madrid el riesgo de sismo es casi nulo, me miraron de reojo y me preguntaron si en el sur de España, donde les constaba que sí había sismicidad, se proyectaba y construía de otra manera, y tuve que contestar que no. Desde entonces no me puedo sacar el tema de la cabeza, y por eso me parece, nos parece desde la Asociación, inadmisible la no aplicación del Eurocódigo 8. Que nadie hable después de un desastre imprevisible.
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