Los mercados de capitales están viviendo un momento extraordinario. El capitalismo estadounidense parece moverse en un estado de euforia desbordante, impulsado por la inteligencia artificial, la abundancia de financiación y unas expectativas de crecimiento difíciles de contener. La magnitud, la velocidad y el dinamismo de este fenómeno resultan admirables. Sin embargo, tras el entusiasmo empiezan a vislumbrarse excesos que invitan a la cautela.
El auge inversor de la IA supera las burbujas de internet y del ferrocarril, mientras aumentan las pérdidas y los compromisos
Los mercados de capitales están viviendo un momento extraordinario. El capitalismo estadounidense parece moverse en un estado de euforia desbordante, impulsado por la inteligencia artificial, la abundancia de financiación y unas expectativas de crecimiento difíciles de contener. La magnitud, la velocidad y el dinamismo de este fenómeno resultan admirables. Sin embargo, tras el entusiasmo empiezan a vislumbrarse excesos que invitan a la cautela.
La historia financiera nos ha enseñado que la célebre afirmación “esta vez es diferente” casi nunca resiste la prueba del tiempo. Las leyes económicas siguen vigentes: las inversiones deben generar rentabilidad, los intereses han de pagarse, la competencia acaba erosionando los beneficios extraordinarios y toda fase de euforia termina enfrentándose a la realidad. La diferencia es que, esta vez, todo sucede a una escala mucho mayor.
Una interesante columna de The Economist, publicada el 30 de septiembre en su sección Schumpeter, ofrece una muestra de la dimensión de este auge. El año ha registrado una sucesión de récords mundiales: la mayor salida a Bolsa, con SpaceX; la mayor ampliación de capital de Google; la mayor ronda de financiación de capital riesgo de OpenAI; la mayor operación de deuda privada de Broadcom; la mayor emisión de bonos de la historia por parte de Amazon, y la mayor financiación mediante bonos basura de SoftBank.
La lista continúa. El Vanguard S&P 500 ETF se ha convertido en el primero en superar el billón de dólares en activos; Berkshire Hathaway acumula la mayor reserva de efectivo empresarial; Nvidia ha anunciado el mayor programa de recompra de acciones, y operaciones corporativas de enorme envergadura, como el acuerdo de 110.000 millones de dólares entre Paramount y Warner Bros. Discovery, reflejan el apetito inversor. Al mismo tiempo, surgen nuevos mercados, desde los de predicción hasta el de potencia de cálculo. Según la columna, el auge inversor actual, medido en relación con el producto nacional bruto, supera incluso la suma de las burbujas de internet y del ferrocarril.
Distancia
El problema no reside únicamente en el volumen de capital movilizado, sino también en la distancia que puede abrirse entre las expectativas y los resultados. El folleto de salida a Bolsa de Anthropic ilustra esta contradicción: sus ingresos se han multiplicado por 12, un crecimiento espectacular, pero la empresa también registra pérdidas de miles de millones y compromisos que ascienden a cientos de miles de millones. A ello se suman unos tipos de interés de la deuda pública estadounidense situados en sus niveles más altos de las últimas dos décadas. El coste del dinero importa, especialmente cuando las valoraciones dependen de beneficios futuros todavía inciertos.
Ante este panorama, The Economist advierte: “Mejor seguir adelante mientras la máquina aún funcione”. La imagen recuerda al Titanic: la orquesta sigue tocando mientras el barco avanza hacia un desenlace cada vez más difícil de ignorar.
En una reciente mesa redonda de expertos defendimos que la probabilidad de una crisis de los mercados de capitales a corto plazo alcanzaba el 95%. Se trata de una estimación de riesgo, no de una certeza, pero merece atención.
Señales de cambio
¿Qué señales podrían anticipar un cambio de ciclo? En primer lugar, que alguna de las grandes empresas de IA pierda el acceso a nueva financiación o sea incapaz de atender el pago de sus intereses. En segundo lugar, que los avances tecnológicos o la competencia china desencadenen una guerra de precios que destruya los márgenes empresariales.
También sería preocupante que las grandes compañías comenzaran a imponer límites de gasto explícitos y generalizados al uso de la inteligencia artificial; que los ingresos esperados resultaran insuficientes para cubrir los costes; que se cancelaran proyectos de gran envergadura o se anularan pedidos duplicados de chips. Y existe una señal especialmente reveladora: que las tasas de crecimiento continúen siendo positivas, pero empiecen a desacelerarse. Los mercados suelen reaccionar no solo ante el deterioro de los resultados, sino también cuando estos dejan de cumplir unas expectativas excesivamente ambiciosas.
Por ahora, sin embargo, hay un elemento que invita a no precipitarse. De cara al cuarto trimestre, los analistas están revisando al alza sus previsiones de beneficios, una circunstancia poco habitual. Mientras esta tendencia se mantenga, los mercados podrían conservar su impulso durante algunos meses más.
La conclusión es clara: la euforia puede prolongarse, pero no elimina el riesgo. En un entorno de inversiones récord, financiación abundante y expectativas extraordinarias, conviene distinguir entre crecimiento real y promesas de rentabilidad futura. La maquinaria todavía funciona; la cuestión es cuánto tiempo podrá hacerlo sin que los costes, la competencia y las exigencias de rentabilidad impongan sus límites.
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