Decía Winston Churchill que “la confianza es contagiosa; también lo es la falta de confianza”. Debemos admitir que, en los últimos tiempos, las noticias que vienen de Norteamérica nos están dando sobrados motivos, tanto para lo uno como para lo otro. Con efectos inmediatos sobre el mercado, naturalmente.
El mercado admite que la potencia que preside Donald Trump continúa siendo la clave que mueve el ciclo global
Decía Winston Churchill que “la confianza es contagiosa; también lo es la falta de confianza”. Debemos admitir que, en los últimos tiempos, las noticias que vienen de Norteamérica nos están dando sobrados motivos, tanto para lo uno como para lo otro. Con efectos inmediatos sobre el mercado, naturalmente.
Comenzando con la parte mala —en este caso, no es Churchill sino mi mujer quien suele decir que “las buenas noticias, al final”—, hace relativamente poco hemos conocido la novedad, no por explicable menos sintomática, de que distintas naciones europeas están retirando sus reservas de oro de Estados Unidos, llevándolas hacia otros destinos (singularmente el Reino Unido), o directamente de vuelta a sus países. Es comprensible que, en un momento de elevada incertidumbre financiera, uno quiera diversificar sus depositarios o tener cerca de sí sus reservas auríferas. Pero la realidad es que Francia, Alemania o Países Bajos han roto con la costumbre general que ha sido considerar a Estados Unidos el lugar óptimo, por seguridad, confianza y cercanía a los principales mercados financieros, para guardar el dorado metal. En todo caso, este tema del oro podría quedarse solo en una anécdota si no viniera acompañado de un activo aún más relevante: la deuda pública americana.
Durante este verano hemos sabido que el Tesoro estadounidense ha estado comprando bonos a largo plazo, financiando la adquisición con nuevas emisiones a corto plazo, en un intento de contener las subidas de rentabilidades de su renta fija pública. No se trata de una medida nueva y, de hecho, las compras de deuda por parte de los bancos centrales, con todos los “peros” que les podamos poner, salvaron al sistema financiero en el periodo posterior a la crisis de Lehman Brothers. No obstante, en este caso, además de la inflación (más alta, consecuencia sobre todo del shock de oferta que deviene de la subida del petróleo y el gas) y del propio dinamismo de la economía americana, que empuja las inferencias de tipos de interés hacia arriba, tenemos un hecho diferencial: los bonos estadounidenses han sido – ¿hasta ahora? – uno de los principales “activos refugio” mundiales. Una garantía en manos del tenedor. También, de manera derivada, una de las causas de que el dólar sea la moneda de referencia global (los bonos americanos se compran con dólares). Si, por alguna razón, los inversores internacionales, que masivamente han invertido en estos activos, dejaran de hacerlo, los precios de estos bonos caerían. Es decir, subiría su rentabilidad. Que es exactamente lo que está pasando y lo que el Tesoro, con las medidas comentadas, quiere contener.
Para abundar más en este aspecto, también hemos conocido, a lo largo de las últimas semanas, los serios esfuerzos que las autoridades financieras estadounidenses han realizado en defensa del yen. Parece lógico, puesto que un yen débil no favorece a las exportaciones de Estados Unidos, al hacer más competitivas a las exportaciones japonesas. Pero la razón fundamental de esta intervención tiene que ver con el hecho de que, si el yen se deprecia en exceso, podría obligar a Japón a defenderlo… Para lo que, muy probablemente, tendría que vender parte de sus enormes reservas de bonos americanos. Y esto es algo que, en el contexto actual, Norteamérica no puede permitirse.
Porque el endeudamiento americano es muy alto, su déficit está disparado, los ingresos esperados por los aranceles son cuestionables (incluso judicialmente) y, por poner en contexto, el pago de intereses de su deuda supone más dinero que su presupuesto de defensa anual, el primero del mundo con gran diferencia. Y todo ello en un momento en el que es más que posible (en pocos días lo sabremos) que la Reserva Federal comience a subir los tipos de interés.
¿Podemos colegir entonces que hay una seria pérdida de confianza en la economía estadounidense? Tal vez no tanto. O no sea exactamente eso.
Entramos, pues, en la parte de “buenas noticias”, para comentar que los últimos datos macroeconómicos publicados, singularmente el importantísimo nivel de empleo, infieren una economía americana con un notable nivel de dinamismo y una importante resiliencia a la inflación. Así queda registrado en los ISM manufacturero y de servicios de los últimos meses, aunque no tanto en la confianza del consumidor, más influida por las subidas de precios. Adicionalmente, las empresas americanas están presentando, en conjunto, muy buenos resultados, superando holgadamente las expectativas. Porque al dinamismo intrínseco de una economía poderosísima hay que añadir las expectativas que la IA genera en términos de mayor productividad, no ya futura, sino presente. Y los Estados Unidos son, aún hoy, la nación que lidera la tecnología mundial. Todo ello tiene su reflejo en unas Bolsas que están evidenciando una realidad significativamente distinta a la de la renta fija.
Por ello, no parece que nos encontremos ante una pérdida de confianza en la economía estadounidense. Más bien vivimos en un contexto en el que reconocemos que dicha economía sigue siendo el principal factor que mueve el ciclo global… Pero aparecen nuevos actores. Algunos estructurales, como China. Y otros, coyunturales, sobre todo la variante geopolítica de los dos últimos años. Irán, la guerra arancelaria y los desencuentros con los aliados han sido una parte muy importante en el día a día de los inversores desde la llegada de la administración Trump. Y esto, lógicamente, pasa factura. En ese sentido, recuperar la confianza no solo en la economía made in USA, sino, especialmente, en sus instituciones, debería ser el objetivo número uno de la Casa Blanca. Porque, de lo contrario, podría ocurrir que los aliados de Estados Unidos se comportaran con este país como los ciudadanos romanos, durante la caída del Imperio de Occidente: dejándolo solo. La confianza de sus habitantes en unos dirigentes por los que se sentían maltratados, y unas administraciones que vivían de espaldas a ellos, y que no les ofrecían sino guerras y penalidades, era cada vez menor. Por eso, no lo defenderían si llegaba la hora de que fuera necesario hacerlo. Y cuando llegó esa hora, no lo hicieron.
Pedro del Pozo es director de Inversiones Financieras de Mutualidad
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