Vivimos momentos excepcionales. Por primera vez en la historia, un robot ha sido más rápido que el hombre y en las recientes olimpiadas de humanoides, ha pulverizado la plusmarca de los 100 metros lisos que Usain Bolt mantenía desde 2009. Sin duda un buen ejemplo de la velocidad a la que progresa la tecnología y la inteligencia artificial.
En la carrera por la inteligencia artificial la mayor de las deudas no es financiera, sino quedarse atrás
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
En la carrera por la inteligencia artificial la mayor de las deudas no es financiera, sino quedarse atrás
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Vivimos momentos excepcionales. Por primera vez en la historia, un robot ha sido más rápido que el hombre y en las recientes olimpiadas de humanoides, ha pulverizado la plusmarca de los 100 metros lisos que Usain Bolt mantenía desde 2009. Sin duda un buen ejemplo de la velocidad a la que progresa la tecnología y la inteligencia artificial.
A lo largo de los tiempos ha quedado probado que, cuando se producen fases de fuerte desarrollo tecnológico, la inversión se dispara, el crecimiento económico se acelera y la productividad aumenta de forma relevante, pero también suelen aflorar dudas sobre la capacidad humana de adaptación. Más allá de la idea de Heidegger de que la tecnología reduce todo a recursos explotables —incluido el ser humano—, la irrupción de la IA no es ni mucho menos la primera gran amenaza de la historia sobre la mano de obra. Sin ir más lejos, frente a la automatización y electrificación, Keynes hablaba en 1930 del “desempleo tecnológico” en su ensayo Las posibilidades económicas de nuestros nietos. Un escrito que hoy no podría estar más de moda en el que se atrevía a vaticinar que, para 2030, tendríamos una semana laboral de 15 horas y que el reto de la humanidad no sería el trabajo sino el ocio. Aunque erró en la magnitud de su predicción, acertó en lo más importante: la dirección.
Para vislumbrar el futuro, no se puede obviar la extraordinaria capacidad de adaptación del hombre ni asumir los elementos presentes como constantes en el tiempo. Si no, que se lo digan a grandes pensadores como Malthus o Ricardo. Mirando hacia adelante, el hombre, tal y como ha hecho siempre, se reinventará y definirá nuevos trabajos para contribuir a la sociedad.
De forma paralela a la cuestión del hombre, la carrera por la IA es tan feroz, que hay una auténtica pugna por dominar la tecnología, lo que genera una lucha por encontrar financiación y controlar los recursos básicos. Los principales hiperescaladores han dejado de financiar con caja sus fuertes inversiones en IA. Los cinco grandes proveedores de datos en la nube —Amazon, Microsoft, Alphabet, Meta y Oracle— que, hasta el año pasado, sufragaban la totalidad de la inversión con sus pingües beneficios, se han convertido en grandes emisores de deuda y, en muy pocos meses, han pasado a suponer el 20% de las emisiones del mercado norteamericano de bonos con grado de inversión. El cambio no es menor: la carrera por la IA está haciendo que el riesgo ya no se concentre únicamente en la rentabilidad de las inversiones, sino también en los balances y en los mercados de crédito.
Esta colosal movilización de capital demuestra que, en la cúspide de la tecnología, nadie puede permitirse pestañear. Como alguna vez dijo Lewis Carroll “se necesita correr todo lo que se pueda para permanecer en el mismo lugar”. Los hiperescaladores han descubierto que, en la pugna por la IA, la mayor de las deudas no es financiera, sino quedarse atrás.
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