El euro digital será el euro de la era digital. Y con sus métodos. Un complemento al efectivo, no su reemplazo; una forma pública de dinero público emitido y respaldado por el BCE, como los billetes; aceptado en toda la eurozona y no según dónde y quién; de acceso básico gratuito; disponible en línea; y con privacidad, pero también control del blanqueo.
El BCE tendrá que determinar los topes de los monederos electrónicos, así como el coste de utilización en los comercios
El euro digital será el euro de la era digital. Y con sus métodos. Un complemento al efectivo, no su reemplazo; una forma pública de dinero público emitido y respaldado por el BCE, como los billetes; aceptado en toda la eurozona y no según dónde y quién; de acceso básico gratuito; disponible en línea; y con privacidad, pero también control del blanqueo.
Además debería convertirse en otra palanca de la digitalización económica, y del mayor uso internacional de la moneda única: EE UU no dispone del dólar digital, China apuesta fuerte al renminbi digital.
Todo esto suena muy bien. Y es lo que sustentan las instituciones —Comisión, Parlamento, Consejo y… BCE—, ya en sintonía. Aunque quedan aún pulsos pendientes para el “trílogo” o diálogo a tres entre las instituciones clásicas, que se espera para fin de año; y el reglamento de Bruselas que dará vía a que Fráncfort lo establezca, para 2028.
Primer pulso, la cuantía tope que podrán alcanzar los “monederos” de euros digitales, alimentados con traspasos de las cuentas corrientes de cada titular. Casi seguro será de 3.000 euros. Desde la banca, temerosa de perder depósitos, se presionará por rebajar esa cantidad. Desde los consumidores, por ampliarla.
Segundo, el coste “no básico”, el de su uso en los comercios. “En principio todo será más barato” dijo —refiriéndose a las comisiones que cargan otros medios de pago, como tarjetas de crédito—, el profesor José Manuel González-Páramo, ex consejero ejecutivo del BCE, y experto en la materia, en un debate del Movimiento Europeo y el CES valenciano, en Castellón.
La cuestión es “cómo se fijará” el tope de las comisiones, “y cómo se repartirán”. Hoy son del 0,5% sobre el total de cada operación: muchas operaciones, inmensos recursos. Consumidores y tiendas buscan reducirlas al 1%; el sector financiero, mantenerlas cerca del 5%.
Son batallas con mucho beneficio en juego. Pero de menor alcance a la ya ganada en favor de una moneda digital pública y respaldada por el banco central. La fecha clave fue el 23 de junio, cuando el Parlamento se añadió a las demás instituciones en favor de ese modelo.
Ocurrió que, tras múltiples debates, el ponente, el conservador español Fernando Navarrete, modificó su informe inicial, de textura ultraliberal. Tejida sobre el sesgo de que “las soluciones privadas [un euro digital construido por el sector financiero] son para mí la primera opción”; y que el euro público “solo debería lanzarse en el caso de que fracasaran los rivales del sector privado”.
Y sobre el ideologismo según el cual los riesgos afrontados no serían la ausencia de un respaldo oficial sólido, como se ve con las monedas cripto y las stable coins de EE UU, sino “la desintermediación bancaria, las salidas de depósitos y la competencia directa con los sistemas privados”.
Era justo lo que proclamaban 14 grandes bancos comerciales ante la Cámara. Se entiende. En España hay 941.609 millones de euros en cuentas corrientes a la vista (sin remunerar) en bancos. En la eurozona, más de 8 billones. Caramelo grande. Y goloso.
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