Casi todo en la economía mundial va al revés de los pronósticos más lúgubres lanzados al inicio de la agresión bélica a Irán, el pasado marzo. La acusada recesión, el disparo de la inflación, el retorno al estancamiento con inflación, esa temida estanflación entronizada por las crisis petroleras de los setenta… eran los augurios dominantes de expertos y organismos. Casi siempre con una prudencial coletilla, demasiado obvia: si la guerra dura mucho, será peor. Y si llegábamos a junio/julio con hostilidades, sería la catástrofe.
Esta guerra de desgaste, intermitente y desganada, ni ha desabastecido al planeta de oro negro ni lo ha encarecido mucho más allá de una franja entre 72 y 100 dólares
Casi todo en la economía mundial va al revés de los pronósticos más lúgubres lanzados al inicio de la agresión bélica a Irán, el pasado marzo. La acusada recesión, el disparo de la inflación, el retorno al estancamiento con inflación, esa temida estanflación entronizada por las crisis petroleras de los setenta… eran los augurios dominantes de expertos y organismos. Casi siempre con una prudencial coletilla, demasiado obvia: si la guerra dura mucho, será peor. Y si llegábamos a junio/julio con hostilidades, sería la catástrofe.
Aunque todo lo malo pueda acontecer —y ahora es un momento malo—, apenas una ínfima parte de todo eso ha sucedido cuando rozamos los cinco meses de conflicto abierto. Tanto así que el mismo día 8 en que se resquebrajaba el alto el fuego EE UU-Irán y se reanudaban las hostilidades, el FMI minimizaba el impacto de esa crisis: proyectaba para la economía global una rebaja de solo una décima en su crecimiento. Hasta el 3% en 2026, con alza al 3,4% en 2027. Y un peor aumento de la inflación, del 4,1% de 2025 al 4,7% este año (y el 3,9% el próximo): preocupante, pero nada que ver con el 8,8% en 2022, tras la pandemia, en el año de la invasión rusa de Ucrania. Y en la economía financiera, las Bolsas han resistido el embate de las armas.
Quizá ocurre que tras la sorpresa de la súbita Gran Recesión de 2008, que cogió en pañales a los expertos, desautorizando su optimismo desmedido, ahora todos preferían curarse en salud. Y porque así lo facilitaba la última policrisis, que ha amalgamado dos guerras asoladoras, dos estallidos energéticos y la peor escalada arancelaria de la historia reciente, como desgranó Ignacio Fariza (EL PAÍS, 12/7).
El fallo ha sido —de momento— notable en la identificación del impacto supuestamente devastador del desabastecimiento y encarecimiento de petróleo, gas y derivados, a causa del cuello de botella de Ormuz, redescubierto por Irán como su sucedáneo de bomba atómica económica. Con óptica micro, las reservas acumuladas, la pujanza de las renovables, la circulación de buques fantasmas/furtivos, el trabajo a destajo de las refinerías y el menor peso relativo de la OPEP… y el mayor de EE UU y otros países como Noruega o Nigeria, han ayudado a contener los efectos temidos.
Con óptica más general se apuntan otras causas, estructurales. Como la masiva inversión en tecnología, la relativa cura del austeritarismo en las élites económicas y monetarias, el interesado sesgo optimista de grandes inversores y mercados financieros, o la canalización del ahorro hacia el consumo, y pues, a una demanda sostenida.
El caso es que esta guerra de desgaste, intermitente y desganada, ni ha desabastecido al planeta de oro negro, ni lo ha encarecido mucho más allá de una franja entre 72 y 100 dólares durante casi todo el período. Con la salvedad de las cuatro semanas del 31 de marzo al 29 de abril, que marcaron los dos picos del barril de brent, por encima de los 118 dólares.
Probablemente estemos también en presencia de La vertiginosa adaptabilidad de los mercados financieros, descrita en el sugestivo libro de Andrew W. Lo (Antoni Bosch editor, 2018), que corrige a sus maestros conservadores de las “expectativas racionales” y la “eficiencia de los mercados”, Eugene Fama y Robert Lucas, ciegos ante los ciclos. Al punto que este último profetizó en 2003, ante la American Economic Association: “El problema de la prevención de las depresiones ha sido de hecho resuelto en todos sus aspectos para muchas décadas”. Olé.
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