A Branko Milanovic no le gustan esos campus universitarios en espacios más o menos bucólicos y, sobre todo, lejos de cualquier zona urbana. Cree que los estudiantes, al menos los que se dedican a ciencias sociales como es la economía, deben estar en el centro de las ciudades, “tomar el metro cada día, ver cómo cruza la calle la gente, arriesgar a que les estafen cinco dólares… eso es el mundo real”. Milanovic (Belgrado, 73 años) forma parte de esa estirpe de economistas obsesionados con que la academia no pierda el contacto con la vida real, es uno de los principales referentes internacionales en el estudio de la desigualdad y, durante 20 años, fue economista principal del Banco Mundial. En la actualidad, el investigador serbioestadounidense enseña en la City University of New York (CUNY) y tiene su despacho en el corazón de Manhattan, en pleno bullicio de la Quinta Avenida, que da para varios doctorados de macroeconomía.
El economista serbioestadounidense advierte del nacimiento de una nueva élite de alta formación, que combina altos ingresos por trabajo y capital
A Branko Milanovic no le gustan esos campus universitarios en espacios más o menos bucólicos y, sobre todo, lejos de cualquier zona urbana. Cree que los estudiantes, al menos los que se dedican a ciencias sociales como es la economía, deben estar en el centro de las ciudades, “tomar el metro cada día, ver cómo cruza la calle la gente, arriesgar a que les estafen cinco dólares… eso es el mundo real”. Milanovic (Belgrado, 73 años) forma parte de esa estirpe de economistas obsesionados con que la academia no pierda el contacto con la vida real, es uno de los principales referentes internacionales en el estudio de la desigualdad y, durante 20 años, fue economista principal del Banco Mundial. En la actualidad, el investigador serbioestadounidense enseña en la City University of New York (CUNY) y tiene su despacho en el corazón de Manhattan, en pleno bullicio de la Quinta Avenida, que da para varios doctorados de macroeconomía.
Tras pronunciar este viernes una conferencia en la Fundación Rafael del Pino, en Madrid, varios jóvenes se han acercado a pedirle una fotografía. Milanovic también forma parte de esos economistas con aureola de estrella de rock en los círculos académicos. En entrevista con EL PAÍS, aborda la actualidad estadounidense, pero también las últimas metamorfosis económicas globales y dispara con un palabro para describir a las nuevas élites dominantes: “homoplutia”.
¿Pero eso qué es? “A través de mi trabajo empírico sobre la distribución de ingresos en Estados Unidos me di cuenta de que tanto allí como en otros países, incluido España, hay una proporción creciente de gente en la cúspide que se encuentran al mismo tiempo en el decil más elevado tanto de ingresos por capital como de ingresos por trabajo, lo que podría ser visto como un buen cambio porque rompe esa vieja contradicción entre los llamados ingresos por trabajo y los que vienen de los activos, pero también empiezas a pensar que estos tipos están formado una nueva élite, bien formada, que trabaja duro y tiene salarios muy altos y gana también mucho dinero con activos. Es una élite en la que puede ser muy difícil entrar”.
El concepto —que desarrolla en su último libro, La gran transformación global (Taurus, 2026)— es diferente de esa aristocracia que en Estados Unidos forman los nuevos grandes millonarios del sector tecnológico, que han acumulado altas cotas de poder político con Donald Trump. “En primer lugar obtuvieron una gran influencia en los medios: Jeff Bezos se hizo con The Washington Post, Elon Musk controla Twitter, Bloomberg obviamente tiene Bloomberg… Y creo que es muy problemático, pero acabamos de ver cómo Musk ha gastado mucho dinero en las elecciones estadounidenses de medio mandato [para ayudar a los republicanos] y ha fracasado, así que el dinero no garantiza la victoria”, señala.
La entrevista tiene lugar sólo tres días después de las elecciones legislativas de Estados Unidos, un verdadero tsunami demócrata y un fuerte varapalo a Trump, no solo por cómo la pérdida del control de las cámaras limita su poder, sino por el mensaje político que transmite dentro y fuera del país más poderoso del mundo. “No creo que vaya a tener mucho impacto en lo que respecta a la geopolítica o este nuevo liberalismo de mercado nacional, creo que las políticas sobre China, Oriente Próximo y Europa van a continuar, aunque tal vez las cosas puedan ser diferentes para Europa psicológicamente”, apunta.
De hecho, a su juicio, el próximo presidente de Estados Unidos, más allá de su color político, “no va a cambiar las políticas respecto a China; Joe Biden, que vino después de su primer mandato, no las modificó”. “Trump definió el momento al abandonar la globalización neoliberal e ir a por China, pero hubiese ocurrido lo mismo si Hillary Clinton hubiese ganado las elecciones [de 2016], aunque él lo hizo de forma más extrema”, añade.
En su último trabajo aborda precisamente esta decadencia de la globalización tradicional y el advenimiento de un nuevo orden que define como liberalismo de mercado nacional. “Con el neoliberalismo, las normas eran iguales para el ámbito nacional y extranjero, a nivel de comercio, trabajo o movimientos de capital, porque a los neoliberales les hubiese gustado que no hubiese fronteras incluso. Lo que yo argumento es que ahora, a nivel doméstico, continuamos con esas ideas neoliberales, pero de cara a fuera se ha introducido una política diferente, mercantilista, y esa combinación no había ocurrido hasta ahora”, afirma. La crisis de la globalización, opina, tiene que ver con una “paradoja”. “El éxito del neoliberalismo fue la reducción de la desigualdad entre países, pero ese mismo éxito ha conducido a un conflicto global, porque hizo a China mucho más poderosa, lo que se convirtió en una amenaza para la hegemonía estadounidense. Además, el hecho de que los asiáticos sean más ricos también ha restado posiciones a la clase media, así que ha habido dos efectos: conflicto entre naciones y empobrecimiento de las clases medias del mundo rico”, explica, y añade: “La paradoja es muy importante: los buenos acontecimientos también pueden tener resultados negativos”.
¿Y qué baza puede jugar Europa en este contexto multipolar? “Puedo darle mi opinión, que puede estar equivocada, pero creo que el problema de la Unión Europea —que no necesariamente de los países a nivel individual— es que no ha salido del marco mental de los años noventa y lo entiendo porque los noventa fueron realmente lo mejor para Europa”, afirma pero “ese mundo ya no existe y creo que el problema de Europa es ideológico, debe avanzar hacia un mundo de competencia multipolar”. Sobre el modelo de democracia social que define buena parte de la sociedad europea, responde: “Consérvenlo, pero no digan a todo el mundo que es inferior porque no lo tienen. China no lo va a adoptar, ni India, ni Brasil, y son grandes países”.
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