
En la región del lago Prespa, en el extremo meridional de Macedonia del Norte, los árboles marcan el ritmo de la vida. Allí se encuentra Spirit of Prespa, una explotación familiar de unas cinco hectáreas donde las estaciones llegan con los manzanos, los cerezos, los ciruelos, las frambuesas y los arándanos. También con los zumos, las mermeladas y los licores que, como la omnipresente rakia (el aguardiente obligado en los Balcanes), se elaboran con la fruta de la finca. Pero ahora hay algo más: visitantes que llegan para recoger fruta directamente del árbol, probar la comida de la zona, conocer cómo se trabaja la tierra o participar en alguna de las actividades que organiza la familia.
Agricultores, artesanas y pequeños negocios rurales buscan en el turismo una segunda oportunidad para subsistir, aunque atraer visitantes no siempre garantiza ingresos suficientes
En la región del lago Prespa, en el extremo meridional de Macedonia del Norte, los árboles marcan el ritmo de la vida. Allí se ubica Spirit of Prespa, una explotación familiar de unas cinco hectáreas donde las estaciones llegan con los manzanos, los cerezos, los ciruelos, las frambuesas y los arándanos. También con los zumos, las mermeladas y los licores que, como la omnipresente rakia (el aguardiente obligado en los Balcanes), se elaboran con la fruta de la finca. Pero ahora hay algo más: visitantes que llegan para recoger fruta directamente del árbol, probar la comida de la zona, conocer cómo se trabaja la tierra o participar en alguna de las actividades que organiza la familia.
Ana Labor, su dueña, no llegó al turismo desde una escuela de hostelería. Tampoco había pensado en convertir la finca familiar en un negocio turístico cuando se marchó de casa a los 18 años. Estudió informática e ingeniería industrial, trabajó en logística internacional y llegó a tener su propia empresa en Skopie. En 2020 se trasladó con su marido a Dubai, donde vivieron tres años, pero seguía volviendo a Prespa durante las cosechas para ayudar a su madre. La explotación familiar llevaba produciendo fruta desde la década de los 60 y los últimos años habían empezado a poner en cuestión que aquella actividad, por sí sola, fuera suficiente para sostenerla.
El clima ha cambiado, y lamentablemente también lo han hecho los precios. En 2018, la familia decidió abrir la finca a los visitantes y buscar en el turismo una forma de diversificar sus ingresos sin abandonar aquello que ya sabía hacer. Desde entonces, han ido incorporando nuevas propuestas: recoger fruta, probar productos de la finca, conocer la vida de los agricultores, celebrar eventos o recibir grupos de empresas. La transformación no consistía, por tanto, en abandonar la agricultura, sino en añadir nuevas capacidades a una actividad que ya existía: aprender a recibir visitantes, organizar experiencias y encontrar una manera de que el paisaje, los alimentos y los conocimientos acumulados durante generaciones también pudieran tener un valor para quien llega de fuera.
Con el apoyo de la Fundación TUI Care, Labor ha recibido formación en agricultura regenerativa. Cuenta que le ha servido para aprender nuevas prácticas, conocer a otros productores y establecer relaciones de colaboración. Su mirada va más allá de su propia explotación: si otras familias de la zona consiguen hacer algo parecido, cree, los visitantes podrían tener más razones para quedarse en la región.
La historia de Spirit of Prespa apunta a una transformación que empieza a verse también en otros lugares: la de personas que no llegan al turismo desde una formación específica, sino desde el conocimiento que ya poseen y al que necesitan añadir nuevas competencias. ¿Qué tiene que aprender, entonces, alguien que ya sabe hacer algo para convertir ese conocimiento en una forma de ganarse la vida con el turismo?
Del campo al turismo
En Albania, Montenegro y Macedonia del Norte, la agricultura sigue siendo una de las bases del sustento de muchas comunidades rurales, pero cada vez resulta más difícil vivir solo de ella. El cambio climático, la baja productividad de muchas explotaciones y las dificultades para llegar a los mercados empujan a las familias a buscar nuevas maneras de subsistir. El crecimiento del turismo abre una posibilidad, aunque aprovecharla requiere algo más que vivir en un lugar al que empiezan a llegar visitantes.
“Si antes te dedicabas a la agricultura y a las artesanías, debes seguir obviamente con ello, pero ir vinculando, por ejemplo, temas de servicio al cliente o conocimientos contables esenciales para poder crear una empresa”, explica Natalia Bayona, directora ejecutiva de ONU Turismo. “No necesariamente necesitas hacer una carrera de cuatro o cinco años para trabajar en el sector”.
En Theth, en los Alpes albaneses, ese proceso se ve desde otro ángulo. El valle está rodeado de hermosas montañas y la ruta hacia la cascada de Grunasi atrae cada vez a más visitantes, pero algunas infraestructuras todavía parecen ir por detrás. Los generadores eléctricos, imprescindibles para garantizar el suministro, rompen por momentos el silencio de las montañas y apenas hay espacio para los coches. El turismo, en definitiva, está creciendo más deprisa que algunos de los servicios que necesita para asentarse.
En ese escenario, Aida Gjeçaj lleva unos 20 años viendo cómo cambia su propio negocio, Villa Gjeçaj. Cuando su familia comenzó con la casa de huéspedes, apenas recibían unos pocos visitantes; pero hoy se ocupan de decenas de personas: “Pasamos de servir a 10 o 15 personas por noche a unas 70, así que todo tiene que reorganizarse: desde el aprovisionamiento de los productos hasta el almacenamiento y la elaboración”, cuenta sentada en una mesa de su terraza mientras degusta una cerveza y platos tradicionales de la gastronomía local.
El crecimiento la ha obligado a ampliar la cocina y el equipo, además de aprender a gestionar aspectos que antes no tenían tanta importancia. Gjeçaj ha participado en TUI Futureshapers Albania, un programa que ofrece formación en hospitalidad, cocina local y marketing digital, junto con mentoría y oportunidades para establecer contactos profesionales.
“Cuando funcionábamos como una casa familiar, comprábamos unas cosas, producíamos, vendíamos… Pero ahora tenemos que llevar un control de lo que gastamos y saber cuánto ganamos realmente al final”, explica. También ha aprendido a utilizar sistemas para gestionar los pagos y las reservas, a coordinar la disponibilidad de las habitaciones en distintas plataformas y a manejar su presencia en las redes sociales, donde, añade, no basta con abrir una cuenta: “Hay que saber cuáles son los trucos y las cosas que te ayudan a mejorarla y a mantenerla”.
Sin embargo, profesionalizar el negocio no significa renunciar a aquello que lo distingue. “Seguimos conservando nuestra manera de entender la hospitalidad: cómo recibir al huésped en casa y cómo cuidar de él. Si necesita un traslado, hacer la colada, llevarlo al ambulatorio si está enfermo o cualquier otro servicio, estamos aquí para él”, afirma.
La experiencia de Gjeçaj muestra que ampliar un negocio turístico no consiste únicamente en recibir a más gente. También exige aprender a organizar el trabajo, controlar los gastos y comercializar mejor los servicios, sin perder el trato personal que dio sentido al proyecto desde el principio.
De los oficios a las experiencias
Jela Kusić sabe bien cuánto trabajo cabe en una pieza de bordado. Un pequeño marcapáginas le lleva unas dos horas, pero terminar un mantel de mayor tamaño puede ser cuestión de años, porque no trabaja en ello todos los días. Aprendió a bordar siendo una niña gracias a su madre y a una maestra de su escuela, y lleva alrededor de una década vendiendo sus creaciones a los turistas que llegan a Dubrovnik, en Croacia. También imparte talleres para turistas, adultos de la zona y estudiantes que quieren acercarse al bordado tradicional de Konavle.
“Vienen muchos turistas, pero no compran demasiado”, lamenta Kusić. Sus ingresos son peores que antes de la pandemia y, por eso, durante el verano, trabaja en los dos pequeños restaurantes de su familia, mientras que reserva el invierno para bordar las piezas que intentará vender la temporada siguiente. El turismo le ofrece un canal para dar salida a su trabajo, pero no garantiza ventas suficientes para vivir de él.
Mirela Hauswitschka también aprendió de niña una técnica que heredó de su abuela: el ganchillo. En lugar de reproducir los manteles que ella hacía, ha llevado ese conocimiento a otros productos como pendientes, bolsos, colgantes y monederos, que vende en eventos, hoteles y por internet. La pandemia cambió sus planes cuando la joyería en la que trabajaba tuvo que cerrar, y hoy combina ambas actividades, siempre buscando nuevas vías para comercializar sus creaciones.
La historia de Fátima Cimić tiene algo de aventura y mucho de resistencia. Durante la guerra de los Balcanes desapareció la cría de gusanos de seda de la que se obtenía parte de la materia prima para los bordados tradicionales de Konavle. Para recuperarla, Cimić trajo larvas desde Francia hasta Croacia, escondidas en su sujetador. Criarlas exige mantener unas condiciones precisas de temperatura y humedad, así que recuperar los animales suponía también reconstruir los conocimientos necesarios para cuidarlos.
Las tres forman parte del entorno de mujeres artesanas con el que trabaja DESA, una organización social de Dubrovnik que colabora con el programa Colorful Cultures de TUI Care. La primera fase del proyecto organizó más de 200 talleres e implicó a más de 1.000 participantes, mientras que la segunda prevé apoyar a otras 215 artesanas y artistas durante tres años, con formación en oficios tradicionales y acompañamiento para desarrollar sus iniciativas. El objetivo es preservar el patrimonio artesanal de la región y ampliar las oportunidades de quienes lo mantienen para obtener ingresos de su trabajo.
Lo que sucede con estas artesanas forma parte de una transformación más amplia del turismo, uno de los grandes empleadores a nivel global. Para Bayona, el sector tiende a ofrecer experiencias cada vez más personalizadas, lo que aumenta la necesidad de profesionales capaces de aportar conocimientos específicos. Puede tratarse de observación de aves, arquitectura, moda o gastronomía: “Hay una enorme oportunidad de mejora en estos ámbitos”.
La formación, añade, también debería ayudar a que esos conocimientos se traduzcan en proyectos propios: “Lo lógico es que, si estudias turismo, tengas la oportunidad de entender no solamente cómo ser un buen empleado, sino también cómo ser un buen emprendedor”, señala. Para ello, reclama espacios en los que aprender a diseñar nuevas experiencias turísticas y desarrollar iniciativas personales.
Las iniciativas de DESA apuntan en esa dirección: además de preservar los conocimientos tradicionales, buscan ayudar a quienes los practican a encontrar formas de desarrollarlos y comercializarlos. Pero la experiencia de Kusić recuerda que disponer de un producto y encontrar un canal para venderlo no basta necesariamente para conseguir ingresos estables.
Nuevas formas de vivir del campo
Durante 17 años, Orce Stojanoski trabajó en Nova Makedonija, uno de los periódicos más antiguos del país, donde se ocupaba de la distribución, el marketing y el desarrollo de proyectos editoriales. Hasta que, hace unos años, decidió regresar a su lugar de origen y se puso al frente de Chateau Orman, un negocio familiar que combina la producción agrícola, la elaboración de aguardiente y licores y el agroturismo.
Aunque la familia ya trabaja con métodos ecológicos y tradicionales, los problemas que afectan al rendimiento de los cultivos les han llevado a buscar nuevas formas de cuidar la tierra. Orce ha empezado a formarse en agricultura regenerativa a través de un programa de apoyo a explotaciones rurales de los Balcanes. Más adelante, recibirá también asesoramiento para desarrollar nuevas experiencias turísticas. Stojanoski espera que el proyecto sirva, además, de ejemplo para otros jóvenes de la zona.
La historia de Ratko Bataković y su familia, al frente de Djed Radoš, una granja tradicional de Montenegro, también es la de una explotación que ha ido encontrando nuevas maneras de abrirse a los visitantes. Hace siete u ocho años recibieron a unos socios españoles que buscaban un lugar donde comer y probar algo típico, y de aquella experiencia surgió su interés por el agroturismo.
En la finca cultivan y destilan plantas aromáticas y medicinales, además de frambuesas y ciruelas, que aprovechan para elaborar mermeladas y rakia, el aguardiente tradicional de la región. La visita permite descubrir también otras facetas de la vida montenegrina: Balsha Chogurich, de 20 años, recibe a los visitantes vestido con el traje tradicional y toca la gusle, un instrumento de cuerda propio de la cultura del país.
La pandemia les obligó a replantearse el negocio. Dejaron la cría de animales y se centraron en las plantas medicinales, al tiempo que empezaron a organizar eventos y abrieron un alojamiento en Airbnb. “Estamos probando distintas opciones para decidir qué experiencias turísticas pueden tener más éxito y saber en qué segmentos concentrarnos”, explica Bataković. Su granja es hoy una de las iniciativas que han contribuido a extender el agroturismo por una zona donde antes apenas había propuestas de este tipo. “Es un ejemplo perfecto de cómo, cuando empiezas algo, creas la energía necesaria para que el cambio sea mayor”, afirma.
Formación, empleo y turismo
La formación puede abrir nuevas oportunidades laborales, pero no resuelve por sí sola los problemas que dificultan la atracción y retención del talento, una reivindicación histórica del sector. La estacionalidad, los salarios insuficientes y el coste de la vida en los destinos turísticos complican la posibilidad de construir una trayectoria profesional estable. Incorporar nuevas competencias puede mejorar las opciones de encontrar empleo, pero la cuestión de fondo sigue siendo si esas oportunidades permiten ganarse la vida y construir un proyecto de vida sostenible.
Bayona introduce un matiz al hablar del trabajo temporal: no todas las experiencias de corta duración tienen por qué ser precarias. La celebración de grandes eventos, por ejemplo, puede generar empleos durante unas semanas con una remuneración interesante. Para que no sean oportunidades aisladas, sin embargo, es necesario anticipar las necesidades de personal y preparar a los trabajadores antes de que llegue la demanda. “La educación turística tiene que estar conectada con el plan del sector privado”, defiende. Si la apertura de un hotel o la celebración de un evento se planifica con años de antelación, también debería planificarse la formación de quienes van a trabajar en ellos. Así, una capacitación específica puede servir para acceder a otros empleos similares, aunque no elimine la incertidumbre asociada a la temporalidad.
Hay otro límite que la formación no puede resolver por sí sola: las condiciones materiales en las que viven los trabajadores. La directora ejecutiva de ONU Turismo describe destinos donde la subida de los precios de la vivienda obliga a algunos empleados a dormir en embarcaciones o a desplazarse cada día en lancha hasta su puesto de trabajo, y la paradoja es evidente: el turismo puede generar ingresos y atraer inversiones mientras quienes hacen posible esa actividad tienen dificultades para vivir cerca de ella. Como advierte Bayona, puede haber sostenibilidad económica porque llegan ingresos, pero la situación cambia cuando los trabajadores están agotados y la mano de obra termina quemada. En esas circunstancias, el crecimiento del negocio no garantiza la sostenibilidad social del destino.
Las microcertificaciones pueden ayudar a acreditar competencias concretas y facilitar el acceso a determinados puestos, pero no sustituyen una educación de base. “Estos microcursos pueden ayudar a adquirir competencias específicas, pero no sustituyen una educación de base. Sin esa formación, difícilmente permitirán acceder a empleos mejor remunerados”, advierte Bayona. La capacitación necesita, por lo tanto, oportunidades reales en las que aplicarse y condiciones laborales que permitan aprovecharla.
Las historias de quienes incorporan nuevas herramientas a sus actividades muestran el margen que existe para ampliar las posibilidades económicas del turismo. Pero entre aprender a hacer algo nuevo y conseguir vivir de ello sigue habiendo una distancia que no depende únicamente de cada trabajador. También depende de qué empleos genera el sector, cuánto paga por ellos y qué posibilidades ofrece de continuar.
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