Nos encontramos ante la mayor crisis energética de la historia, según la Agencia Internacional de la Energía. Y no ha llegado de improviso. El bloqueo del estrecho de Ormuz y sus consecuencias sobre los mercados energéticos globales son el resultado de años de tensiones que se han ido agravando, mientras buena parte de Europa miraba hacia otro lado, convencida de que la seguridad de suministro era un problema del pasado.
España conservó su refino cuando Europa lo desmantelaba; ahora hace falta un plan para no perder esa ventaja
Nos encontramos ante la mayor crisis energética de la historia, según la Agencia Internacional de la Energía. Y no ha llegado de improviso. El bloqueo del estrecho de Ormuz y sus consecuencias sobre los mercados energéticos globales son el resultado de años de tensiones que se han ido agravando, mientras buena parte de Europa miraba hacia otro lado, convencida de que la seguridad de suministro era un problema del pasado.
La industria del combustible de España, sin embargo, siguió avanzando en la dirección correcta. Los últimos datos disponibles muestran que los combustibles líquidos representaron en 2025 el 53,9% de la energía final consumida en nuestro país, una cifra que supera el 50% de manera sostenida desde hace dos décadas. Y esta demanda, a diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, se cubre casi en su totalidad con producto fabricado en nuestras refinerías: gasolinas, gasóleos y querosenos made in Spain. Productos, por cierto, con una proporción renovable cada vez mayor.
Estos datos reflejan cómo la industria del combustible es la columna vertebral del sistema energético español, la que mueve el 95% del transporte de personas y mercancías, la que suministra materias primas para otras industrias (como la química o la textil), la que mantiene operativos hospitales, puertos y aeropuertos cuando se producen situaciones extraordinarias. En definitiva, la industria de nuestro día a día, la que garantiza que el país no se detenga.
Esta presencia estructural es el resultado de las decisiones de inversión de la industria del combustible en los últimos 15 años. Porque, mientras que otros países europeos optaron por desmantelar o cerrar refinerías (35 desde 2009, el 20% de la producción), las empresas asociadas a nuestra organización siguieron apostando por nuestro sistema de refino, el más flexible y competitivo de la Unión Europea.
Esto se traduce en que nuestras ocho refinerías dedicadas a la fabricación de combustible son capaces de procesar, en un solo mes, 30 tipos distintos de crudo procedentes de unos 20 países. Cuando los flujos de suministro se ven alterados por un conflicto geopolítico, España tiene capacidad real de adaptarse y de maximizar la fabricación de los productos más demandados. Lo vimos durante la crisis energética de la guerra de Ucrania. Y lo estamos viendo ahora con la guerra de Irán.
En este contexto, la pregunta que debe centrar el debate nacional y europeo es, precisamente, cómo mantener esa capacidad de respuesta, esa resiliencia frente a la inestabilidad. Porque no surge de la improvisación, sino de infraestructuras, de sistemas logísticos integrados y de inversión productiva. Con planificación. Y son condiciones que comparten un rasgo: si se pierden, no se recuperan. Los países que no apostaron por su sistema de refino lo están sufriendo ahora.
La crisis de Irán es una advertencia sobre lo que ocurre cuando la seguridad de suministro se trata como una variable secundaria dentro del trilema energético. Desde la industria del combustible compartimos los objetivos de descarbonización y asequibilidad de la energía, pero una política energética que desatiende la seguridad de suministro es una política incompleta. Y atender la seguridad de suministro requiere inversión y planificación.
Nuestras empresas asociadas lideran esas inversiones para ser aún más resilientes y competitivas, y para seguir avanzando hacia la neutralidad climática en 2050 y la soberanía energética. Inversiones que exigen certidumbre a corto, medio y largo plazo. Porque España es una potencia en fabricación de combustibles y tiene la oportunidad de serlo también en combustibles renovables e hidrógeno verde, piezas clave para la descarbonización de nuestra economía.
Para mantener esa capacidad de respuesta ante la incertidumbre, y además hacerlo de una forma competitiva y con cada vez menos emisiones, urge la puesta en marcha de un Plan Estratégico para la Descarbonización del Refino, un plan de acción público-privado que atienda cuatro prioridades concretas: (1) integrar el refino en las estrategias nacionales y europeas; (2) preservar la seguridad de suministro y la autonomía estratégica asociadas a los productos refinados; (3) reforzar la competitividad de las refinerías españolas, y (4) acelerar la transformación industrial del sector mediante todas las palancas tecnológicas disponibles que reduzcan emisiones.
La guerra de Irán nos ha recordado que las ventajas competitivas se construyen con años de antelación. España las tiene; solo nos falta un marco regulatorio que incentive y considere estratégica la pieza central de nuestra garantía y seguridad de suministro, tanto de energía como de descarbonización: la industria del combustible. Una industria que, además, quiere seguir siendo made in Spain.
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