Durante las últimas décadas, los inversores han podido permitirse ignorar los riesgos políticos. Eran, en todo caso, un problema propio de los mercados emergentes, o quizá el detonante de perturbaciones puntuales, pero no un factor que alterara de forma material la construcción de las carteras. Esa premisa ya no funciona. La geopolítica condiciona hoy el entorno macroeconómico, las tendencias de inversión y la asignación de capital.
La geopolítica condiciona hoy el entorno macroeconómico, las tendencias de inversión y la asignación de capital
Durante las últimas décadas, los inversores han podido permitirse ignorar los riesgos políticos. Eran, en todo caso, un problema propio de los mercados emergentes, o quizá el detonante de perturbaciones puntuales, pero no un factor que alterara de forma material la construcción de las carteras. Esa premisa ya no funciona. La geopolítica condiciona hoy el entorno macroeconómico, las tendencias de inversión y la asignación de capital.
He vivido transiciones similares de primera mano. Mi carrera comenzó ayudando a empresas a desenvolverse en la volátil realidad política del África subsahariana. Más tarde, el Brexit y el primer mandato de Donald Trump trasladaron el riesgo político a Occidente, sorprendiendo a compañías que no estaban preparadas. Una y otra vez vi cómo el riesgo político pasaba de los márgenes al centro de las preocupaciones empresariales, alterando sus estrategias.
Nos encontramos ahora en ese punto de inflexión. La geopolítica se está convirtiendo en una parte integral del proceso de inversión y los inversores deben replantear sus criterios.
Según nuestra evaluación interna en Amundi, basada en la intensidad de los conflictos y en la capacidad de resolverlos por vía diplomática, el riesgo geopolítico se sitúa en su nivel más elevado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Los datos muestran que estamos regresando hacia un nivel de riesgo de conflicto persistentemente elevado.
Los motores de este deterioro son la guerra económica y la competencia entre Estados Unidos y China. Las relaciones internacionales están definidas hoy por la erosión de la confianza, evidenciada en un aumento del 41% del gasto mundial en defensa durante la última década. Este entorno de baja confianza lleva a los países a ampliar su capacidad de presión y reducir sus dependencias externas. El comercio sin fricciones, la libertad de navegación, la estabilidad de las fronteras, el acceso a la energía o la conectividad ya no pueden darse por sentados. Basta con que una embarcación pesquera hostil arrastre un ancla para dañar cables submarinos críticos, o con que se mine una vía marítima esencial para poner en riesgo infraestructuras y cadenas de suministro.
El paso de la eficiencia a la resiliencia, de la integración global al control y del dividendo de la paz a una prima de seguridad tiene consecuencias para los inversores.
La primera es que la geopolítica se ha convertido en una variable macroeconómica y de mercado. Los acontecimientos geopolíticos influyen ahora en la política fiscal e industrial, en el gasto público, en las decisiones sobre tipos de interés y en las elecciones estratégicas de las empresas. Los mercados conviven con tensiones que pueden alimentar riesgos inflacionistas, elevar las primas de riesgo y mantener elevada la volatilidad. Como demuestran los acontecimientos en Oriente Próximo, las expectativas sobre crecimiento, inflación, liquidez y política pueden cambiar con rapidez, obligando a los inversores a ajustar sus escenarios.
La segunda es que la geopolítica condiciona las tendencias de inversión e influye en la dirección de los flujos de capital. Esta dinámica se aprecia con claridad cuando se analiza qué impulsa el comportamiento de las clases de activos, las dinámicas regionales y la emergencia de ganadores y perdedores. Algunos de los activos con mejor comportamiento en 2025 —entre ellos el oro, la renta variable y segmentos de los mercados emergentes— estuvieron impulsados por la geopolítica: la búsqueda de diversificación en un mundo multipolar, la confianza en el oro como depósito de valor y el gasto en defensa e inteligencia artificial impulsado por la competencia entre potencias. Visto desde el prisma tradicional de apetito o aversión al riesgo, esto puede parecer contradictorio; analizado desde una perspectiva geopolítica, forma parte de una misma historia coherente.
El auge de la inversión en inteligencia artificial también se ve reforzado por las rivalidades geopolíticas, a medida que el temor a una carrera en la que el ganador se lleva todo entre Estados Unidos y China intensifica la presión por invertir e innovar, pese a las incógnitas sobre su impacto social. La geopolítica influirá cada vez más en su regulación. El Gobierno estadounidense ha dado pasos para limitar el acceso de usuarios no estadounidenses a los últimos modelos de inteligencia artificial de Anthropic, mientras que las autoridades neerlandesas frenaron la adquisición de una empresa local por parte de una compañía estadounidense alegando preocupaciones sobre soberanía de datos. Tecnología, seguridad y autonomía estratégica están profundamente entrelazadas.
Las lecciones extraídas de las guerras de Ucrania e Irán están llevando a los gobiernos a invertir en todo el espectro de la defensa, desde las capacidades convencionales hasta drones y tecnología espacial. La asimetría de costes es significativa: un dron puede costar unos pocos miles de dólares, mientras que el interceptor utilizado para derribarlo puede alcanzar varios millones. Al mismo tiempo, los responsables políticos deben mantener satisfechas a unas sociedades inquietas. Como resultado, el gasto fiscal seguirá siendo elevado a pesar de unas finanzas públicas tensionadas. Los mercados de bonos podrían verse presionados por mayores déficits y necesidades de financiación, lo que podría mantener altos los costes de endeudamiento y hacer que los bonos sean coberturas menos fiables en períodos de tensión. La distancia entre los gobiernos sólidos y los débiles podría ampliarse, beneficiando a los países o regiones respaldados por instituciones con mayor capacidad de adaptación.
Europa, pese a los muchos obstáculos que afronta, probablemente emerja como un actor geopolítico más sólido. Para tener alguna posibilidad en un mundo de rivalidades entre potencias cada vez más intensas, la UE tiene pocas alternativas al uso de su peso económico como instrumento de influencia política. La transformación militar en curso en Alemania, los países nórdicos, los bálticos y Ucrania está creando una nueva realidad que probablemente vaya seguida de una mayor integración política y económica. Mientras que la confianza es hoy un recurso escaso a nivel global, las instituciones europeas aún la conservan; y es probable que los inversores recompensen esa fortaleza. Japón también se está beneficiando de dinámicas similares: la geopolítica permite a su Gobierno impulsar reformas internas e incrementar la inversión en industria, defensa y cadenas de suministro críticas.
La renta variable tampoco es ajena a estos cambios: la resiliencia, la diversificación y el control están pasando a formar parte de los criterios con los que se seleccionan empresas y sectores. Las compañías expuestas a la independencia energética —energía solar, nuclear, inversión en redes eléctricas—, a la soberanía tecnológica —servidores locales, satélites, desarrollo nacional de semiconductores—, a la seguridad y a la producción farmacéutica tienen posibilidades de beneficiarse. Los ganadores serán las empresas con agilidad suficiente para adaptarse a una realidad geopolítica cambiante y a la reorganización de las cadenas de suministro. Las empresas logísticas, por ejemplo, puede que pronto tengan que replantear su estrategia si el estrecho de Ormuz se consolida como foco geopolítico permanente.
La conclusión es que el mundo de baja confianza no es una perturbación temporal, sino una realidad llamada a perdurar. La geopolítica influirá de forma persistente en los factores que alimentan el proceso de inversión. Diversificar ya no consiste únicamente en combinar renta variable, bonos y activos alternativos; debe incorporar también el análisis de las alianzas geopolíticas, las vulnerabilidades estratégicas y las oportunidades que emergen de este nuevo equilibrio de poder. Por ello, los inversores deben incorporar el análisis geopolítico a sus perspectivas macroeconómicas, a la asignación de activos y a la construcción de carteras.
Anna Rosenberg es directora de Análisis Geopolítico de Amundi
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