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Economía

La economía de los populismos: (I) La ideología de la inflación

11 de septiembre de 2026
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 La evidencia científica muestra que la deuda pública y los precios se desbocan con la gestión populista, pero que los países que eligen un gobierno de ese estilo luego repiten  

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El éxito del partido de extrema derecha AfD en el Estado alemán de Sajonia-Anhalt, no es por esperado menos inquietante. Le Pen puede conseguir gobernar Francia en apenas unos meses; Madrid podría tener un gobierno de coalición de extrema derecha y Roma ya está gobernada por los populistas. La agenda económica de estas propuestas marcará el futuro inmediato que hoy anticipamos pero desglosamos en dos entregas.

Qué hay detrás

Partamos de la base: ¿Qué es el populismo? Los investigadores del prestigioso centro alemán de pensamiento Kiel Institut, lo definen como la corriente ideológica de “aquellos que sitúan el conflicto entre el «pueblo» y las «élites» en el centro de sus campañas electorales o de su gestión de gobierno”. Con esta amplia definición el populismo puede tener tintes de izquierdas o de derechas, al alza en estos momentos. El primer presidente populista, según el la institución alemana, fue Hipólito Yrigoyen, que llegó al poder en las elecciones generales de Argentina de 1916. La década menos populista en el mundo fue la de los años ochenta y principios de los noventa. Pero estos regímenes centristas también tuvieron que fallar en su gestión, ya que a partir del año 2000 dieron paso a Gobiernos populistas que crecen con fuerza.

El origen económico del descontento está ampliamente documentado. El ahorro, las privatizaciones y la búsqueda de eficiencia fueron recortando el Estado del bienestar en los países desarrollados en la década de los noventa, lo que comienza a cultivar la sensación de marcha atrás. La globalización y deslocalización de procesos productivos genera bolsas de perdedores en las economías más desarrolladas, y el hito más significativo es la gran recesión de 2008 cuya ruta de salida a la austeridad propulsa el populismo.

El geógrafo económico y profesor de la London School of Economics (LSE), Andrés Rodríguez-Pose, aterriza aún más las causas alrededor del voto populista: “El denominador económico fundamental para el auge de la mayoría de los movimientos antisistema no es la pobreza, sino el declive económico (y más si es prolongado en el tiempo). Los territorios donde está creciendo este tipo de oferta política no suelen ser los más pobres de sus países. Son aquellos que un día importaron y han dejado de importar. Lo que une al este de Alemania, el norte de Francia, los distritos industriales del Valle Po, las ciudades costeras inglesas y buena parte de la España industrial y vaciada no es un nivel de renta, sino una falta de opciones y oportunidades”, concluye.

En sus estudios, Rodríguez-Pose y otros autores lo califican como “la trampa de desarrollo” y es una combinación de años de crecimiento del PIB, del empleo y de la productividad por debajo del pasado del propio territorio, por debajo de su país y por debajo de Europa. El resultado, “no es un mapa de pobreza. Es un mapa de expectativas frustradas”, dice el experto en un cuestionario por correo electrónico. El otro detonante claro es la despoblación de estas áreas. La pérdida de habitantes lleva también a unos peores servicios públicos, con especial incidencia en las zonas rurales.

¿Por qué importa esta geografía económica? Porque los políticos no populistas tienen los datos para detectar de forma temprana las zonas de caldo de cultivo de esta frustración e intentar corregir antes de que sea demasiado tarde. O quizás ya lo es.

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Como en las enfermedades autoinmunes, un gobierno populista en un país favorece la llegada de más regímenes populistas. La mitad de los países con períodos populistas recurrentes experimentaron cambios del populismo de izquierdas al de derechas o viceversa, según datos del CEPR. Los expertos advierten que si ahora los países europeos entran en esa recurrencia de populismos (donde ya están instaladas Italia o Argentina), se puede generar el mismo círculo vicioso del que sea difícil salir. Además, los populistas permanecen en el poder una media de seis años, frente a los tres años de los gobernantes no populistas con una probabilidad de ser reelegidos del 36 %, frente al 16 % de los no populistas, en parte por su habilidad para aislarse de los mecanismos de la democracia.

Otros elementos estructurales son: el incremento de la desigualdad, con las clases medias cada vez más achicadas; la menor participación de la fuerza laboral en el reparto de los beneficios de la economía; el empeoramiento de los servicios públicos y las narrativas extremas reforzadas por los algoritmos de las redes sociales. Curiosamente, estos factores tan económicos cristalizan en guerras culturales que poco o nada tienen que ver. Como el rechazo al migrante, el machismo o el negacionismo climático. Como los populistas no encuentran respuestas sencillas o los desafíos económicos que son tan complejos y en muchos casos globalizados, echan mano de los símbolos que de alguna forma encarnan la ruptura con ese pasado en el que se vivía mejor. “El declive económico prolongado crea la audiencia; el relato cultural le presta el vocabulario”, sintetiza Rodríguez-Pose. Y refuerza el argumento con el dato de que donde AfD es más fuerte es donde menos inmigración hay.

Qué va a pasar

Al acumular ya más de dos décadas de populismo al alza en el mundo, hay datos suficientes para empezar a medir el impacto en la economía de estas propuestas políticas. El Brexit ha sido un gran caso de estudio de política populista, hundiendo a la economía británica y, sin embargo, haciendo cada vez más atractiva la propuesta populista.

Las agendas económicas de los partidos populistas son heterogéneas, y marcadas por las características nacionales. Pero confluyen en aspectos generales: el proteccionismo, las trabas a la inmigración y otras políticas nacionalistas. Y también, destaca Kiel que “en su afán por mantenerse en el poder, los líderes populistas socavan el Estado de derecho. No dudan en pisotear las normas y los códigos legales ni en debilitar las instituciones democráticas, destituyendo a jueces o iniciando investigaciones contra las empresas que se interponen en su camino. … Este debilitamiento de las instituciones, a su vez, es perjudicial para el crecimiento económico, la inversión y la prosperidad,.. unas instituciones democráticas que funcionan correctamente limitan el poder del ejecutivo y protegen a la sociedad civil (incluidas las empresas) de interferencias arbitrarias, lo cual es importante para la inversión, la innovación y el crecimiento”.

En un informe previo, los mismos autores cuantifican que tras la llegada de un Gobierno populista, la economía del país pierde de promedio un punto porcentual al año. tanto en comparación con la tasa de crecimiento a largo plazo típica de su país como con la tasa de crecimiento mundial. Esto es válido tanto a corto plazo —cinco años— como a largo plazo —quince años—. Los países gobernados por populistas experimentan, de media, un descenso sustancial del PIB real per cápita.

La inflación tiene una singular relación con el populismo. Es uno de sus principales acicates y, a la vez, un gobierno populista es pro-inflacionario. “Los votantes tienden a castigar a los gobiernos en el poder cuando atraviesan dificultades económicas, y las subidas inesperadas de precios —sobre todo de los productos de uso cotidiano— son precisamente el tipo de dificultades que minan la confianza en los partidos mayoritarios y abren un hueco a las alternativas populistas”, explica Robert Gold, economista senior de Kiel por correo. Cuando el Gobierno populista llega al poder, tiende a destinar el dinero público “a los intereses específicos de su base electoral y de sus redes clientelistas, a menudo de formas que resultan ineficientes desde el punto de vista fiscal; este patrón se observa tanto en los gobiernos populistas de izquierda como en los de derecha, aunque sus prioridades políticas difieran. Este tipo de gasto, especialmente cuando se financia mediante deuda o creación monetaria en lugar de ingresos sostenibles, tiende a impulsar la inflación y a aumentar los costes de la deuda pública”, concluye Gold.

La evidencia histórica dice que los populistas suelen aplicar una expansión fiscal agresiva —mediante transferencias directas, subvenciones o recortes fiscales— incluso cuando las economías están al límite. Estas medidas, combinadas con aranceles y la depreciación de la moneda, suelen provocar un aumento de los precios al elevar los costes de los productos y estimular un exceso de demanda. La menor independencia del banco central agrava aún más estos riesgos, advierten en este informe de Capital Economics. La actitud de Donald Trump, que esta semana ha prometido dar 5.000 dólares a cada estadounidense, junto con las presiones a la Reserva Federal, muestran cómo sigue al pie de la letra el manual populista.

No es solo esta la única espiral perniciosa en la que entra la economía y el populismo. Como los inversores en mercados descuentan una subida de esta inflación con estos gobiernos de la mano, disparan el precio de la deuda pública. Una deuda pública a la que los Gobiernos populistas necesitan recurrir por sus políticas contradictorias de bajadas de impuestos y subida de las transferencias. Y estos gobiernos populistas tomarán (o no) las riendas con niveles actuales de deuda que superan el tamaño de las economías.

En este estudio titulado “Poniendo precio al populismo”, se trata de medir el impacto en la deuda pública de este tipo de gobiernos. En él, dos investigadores polacos concluyen que “la participación de los partidos populistas en el Gobierno se asocia con mayores diferenciales de los bonos soberanos, lo que sugiere que los mercados financieros perciben a los gobiernos populistas como prestatarios más arriesgados”. Si los países tienen que atenerse legalmente a normas fiscales, como sucede en la Unión Europea, estas protegen en parte a los países de la penalización que impone el mercado (también porque esos Ejecutivos son más prudentes). “Cuando las normas fiscales son débiles, la presencia de partidos populistas en el Gobierno eleva el diferencial en 16 puntos básicos por cada 10 puntos porcentuales adicionales en la proporción de escaños parlamentarios que ocupan”, mide el informe.

Aunque la actual inflación que registra la mayor parte del mundo es importada, a causa de la subida de los precios de la energía por la guerra de Irán, será alimento para las chispas populistas en muchos lugares de Europa. Lamentablemente los votantes, no saben, o no quieren saber, que lo más probable es que los nuevos líderes alimenten la subida de los precios.

En el próximo número repasaremos parecidos y diferencias entre las diferentes agendas económicas; los principales ganadores y perdedores de las políticas y populistas con especial atención a las zonas de España que tienen más posibilidades de caer en esta trampa.

Un recordatorio de que hay un correo electrónico específico para aceptar propuestas o comentarios: inteligenciaeconomica@elpais.es

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