
El Pacto de Toledo se firmó hace casi 30 años, toda una generación. Era la época de la globalización, del bipartidismo y donde los ritmos informativos los marcaba el telediario y la prensa de papel, no el vértigo de las redes sociales. Era más fácil, así, que los partidos con aspiración de presidir el Gobierno acordaran, entre otras cosas, no usar las pensiones como arma arrojadiza en campaña electoral. Apenas unos días de precampaña han bastado para que pasen al primer plano de la actualidad.
Agitar el miedo sobre las jubilaciones en precampaña desvía la atención de unos desequilibrios reales
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Agitar el miedo sobre las jubilaciones en precampaña desvía la atención de unos desequilibrios reales
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El Pacto de Toledo se firmó hace casi 30 años, toda una generación. Era la época de la globalización, del bipartidismo y donde los ritmos informativos los marcaba el telediario y la prensa de papel, no el vértigo de las redes sociales. Era más fácil, así, que los partidos con aspiración de presidir el Gobierno acordaran, entre otras cosas, no usar las pensiones como arma arrojadiza en campaña electoral. Apenas unos días de precampaña han bastado para que pasen al primer plano de la actualidad.
No debería normalizarse la frivolidad con la que una portavoz popular ha considerado que el sistema de pensiones va a “petar”, recogiendo el guante de otro representante de Vox a quien ha parecido buena idea comparar el sistema de pensiones con un zombi. Más allá de la ética de agitar el fantasma del miedo entre 11 millones de pensionistas, estos planteamientos hacen un flaquísimo favor a un asunto capital para la economía española. Porque el sistema de pensiones está lejos de ser un zombi, pero afronta retos de gran calibre y largo plazo. Una competición por la ocurrencia más categórica no solamente es la peor fórmula posible para solucionar el problema, sino también un movimiento de dudosa oportunidad política. Aunque ese extremo está, obviamente, en el tejado de los electores.
Los debates de barra de bar no ayudan porque desvían el foco de las matemáticas, más tozudas aún que el más aguerrido portavoz: los cotizantes son cada vez menos y los pensionistas cada vez más (y tienen derecho a pensiones más elevadas). Un desequilibrio que se extenderá durante las alrededor de dos décadas en las que se retiran los hijos del baby boom. Es demasiado tiempo como para adoptar medidas de coyuntura, pero no se trata de un desequilibrio eterno ad infinitum. De hecho, las proyecciones de actuarios en 1995 pintaban un panorama sombrío, que no se concretó en su totalidad por la inmigración, por la creación de empleo y por la losa, 65 años atrasada, de la Guerra Civil. En cualquier caso, la enmienda a la totalidad del sistema es un atentado a las matemáticas tan grave como negar la existencia de desequilibrios.
¿Están las pensiones en peligro? No. Pero las pensiones sí pueden poner en peligro otros objetivos de política económica y social. Los reajustes necesarios (dentro del sistema público o potenciando el segundo pilar) son de medio y largo plazo y, por tanto, deberían ser acordados en líneas generales por los partidos con vocación de gobierno. Que son, al fin y al cabo, los mismos que hace 30 años.
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