El gran pensador Albert Hirschman ya advirtió de los inconvenientes de la utilización de modelos rígidos para entender la economía, prefiriendo el análisis de las dinámicas propias a cada contexto. Una advertencia muy relevante en la coyuntura actual de repunte de la inflación y subida abrupta de los costes financieros, que recuerda el episodio que vivimos tras el estallido de la guerra de Ucrania.
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Las subidas de los hidrocarburos y de la electricidad han aupado el IPC de la zona euro hasta el 3,8% en septiembre, y el 5% en España (cifras armonizadas interanuales). Además, los alimentos frescos han registrado un fuerte repunte, reflejando el alza de costes de producción y la adversidad de las condiciones climáticas. En los componentes subyacentes, se incrementa el riesgo de efectos indirectos o de segunda ronda del encarecimiento de la energía, lo que podría motivar una subida adicional de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo antes de finales de año.
Los colchones anti-cíclicos han mermado y se necesitan nuevos caminos para responder a las crisis
El gran pensador Albert Hirschman ya advirtió de los inconvenientes de la utilización de modelos rígidos para entender la economía, prefiriendo el análisis de las dinámicas propias a cada contexto. Una advertencia muy relevante en la coyuntura actual de repunte de la inflación y subida abrupta de los costes financieros, que recuerda el episodio que vivimos tras el estallido de la guerra de Ucrania.
Lo que sucedió entonces es que la economía capeó las vicisitudes geopolíticas, y apenas se resintió del endurecimiento de la política monetaria o la pérdida de poder adquisitivo de los hogares provocada por la inflación, mientras que el precio de la vivienda prosiguió su escalada hasta alcanzar nuevos máximos. La sensación de déjà vu, sin embargo, no parece ser una buena guía.
En primer lugar, los hogares no disponen del mismo colchón para afrontar el nuevo brote inflacionario o el ascenso del euríbor. La tasa de ahorro se sitúa en niveles próximos a la de hace tres años, pero su composición es distinta: los ingresos del trabajo, descontando los impuestos, han crecido en línea con el IPC en el mejor de los casos —en términos promedios de compensación por ocupado—, de modo que, probablemente, las clases medias que solo viven de su trabajo han visto reducida su capacidad de ahorro —si bien existe todavía un cierto margen para afrontar el mayor coste de la vida—. Esta circunstancia, que se une a la subida del euríbor y del precio de la vivienda, podría también acelerar la caída de la compraventa financiada con préstamos hipotecarios.
Los ingresos que más crecen son, por una parte, los que proceden del salario mínimo, con una ganancia cercana al 5% en términos reales en los últimos tres años, que muy probablemente se ha gastado ya en consumo. Y, por otra parte, las rentas del capital, que engloban los ingresos por intereses, dividendos, alquileres y diversos activos, con un incremento superior al 9% descontando la inflación. Este importante plus de ingresos se habría trasladado principalmente al ahorro, y permanecería ahí en los próximos trimestres, habida cuenta de la remuneración atractiva que ofrecen los activos financieros.
En segundo lugar, el tensionamiento de los mercados de deuda reduce el margen de maniobra de los Estados en mayor medida que hace unos años. Si bien el bono español de referencia cotiza en niveles próximos a los de entonces —un 4,2% el viernes, frente al 4%—, el impacto en la carga de intereses es más acusado, por la necesidad de refinanciar bonos que se habían emitido en condiciones muy favorables —este efecto de refinanciación, que va a pesar como una losa en los próximos años, es ya patente en países como Francia—. En todo caso, parece difícil que los presupuestos de las administraciones puedan jugar el mismo papel expansivo que en el último trienio, que contó con un avance del consumo público del 3,3% anual en términos reales.
Finalmente, a nivel europeo, no queda rastro del consenso que impulsó el plan de inversiones Next Generation con financiación mancomunada. Las propuestas de la Comisión Europea, de por sí modestas, están siendo cuestionadas por los principales contribuidores que prefieren concentrar sus recursos en revitalizar sus economías, sin tener en cuenta las ventajas de una mayor integración. Por tanto, es probable que el encarecimiento de los préstamos tenga más incidencia en la inversión, tanto pública como privada.
En suma, los colchones anticíclicos y la capacidad de encontrar consensos han mermado, cuando no han desaparecido. Por supuesto, una pronta resolución de los conflictos bélicos sería un gran alivio en general, y en particular para la inflación y la política monetaria. De momento, sin embargo, las noticias no parecen muy halagüeñas. Conviene por tanto prepararse, reforzar el espacio de respuesta fiscal, y, como nos enseñó Hirschman, buscar las oportunidades que siempre surgen en las crisis.
Las subidas de los hidrocarburos y de la electricidad han aupado el IPC de la zona euro hasta el 3,8% en septiembre, y el 5% en España (cifras armonizadas interanuales). Además, los alimentos frescos han registrado un fuerte repunte, reflejando el alza de costes de producción y la adversidad de las condiciones climáticas. En los componentes subyacentes, se incrementa el riesgo de efectos indirectos o de segunda ronda del encarecimiento de la energía, lo que podría motivar una subida adicional de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo antes de finales de año.
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