Las cumbres del clima, como la COP31 de noviembre en Antalya (Turquía), se parecen a una obra con buenos planos y materiales que avanza despacio. Treinta años de COPs han levantado una gobernanza global con objetivos nacionales voluntarios de reducción de emisiones, reglas de intercambio de créditos de carbono u objetivos también voluntarios de financiación, pero los avances son insuficientes.
La COP31 debería medirse menos por sus anuncios que por la implementación de esos anuncios
Las cumbres del clima, como la COP31 de noviembre en Antalya (Turquía), se parecen a una obra con buenos planos y materiales que avanza despacio. Treinta años de COPs han levantado una gobernanza global con objetivos nacionales voluntarios de reducción de emisiones, reglas de intercambio de créditos de carbono u objetivos también voluntarios de financiación, pero los avances son insuficientes.
Según las estimaciones de Naciones Unidas, el calentamiento global esperado hacia finales de siglo con las políticas climáticas vigentes en cada momento ha bajado de 3,7 ºC en 2015 (aprobación del Acuerdo de París) a 2,8 ºC en 2025. Si se cumplieran íntegramente los compromisos, la proyección bajaría a 2,3 ºC o 2,5 ºC, todavía por encima del objetivo de 1,5 ºC-2,0 ºC.
Por eso la COP31, con fórmula inédita —Turquía en la presidencia y Australia dirigiendo las negociaciones formales—, debería medirse menos por sus anuncios que por los detalles de implementación de esos anuncios. La propuesta de un nuevo mecanismo para acelerar la ejecución climática (Climate Implementation Bridge) apunta en esa dirección. Su objetivo es conectar los planes nacionales con la política económica, los proyectos de inversión y la financiación, especialmente en las economías emergentes.
También hay objetivos concretos que facilitan la rendición de cuentas. Entre ellos, elevar la electrificación mundial de algo más del 20% al 35% del consumo final de energía en 2035, reducir al menos un 25% la intensidad energética de los edificios, frenar el crecimiento de los residuos y aumentar el uso de materiales reciclados en la industria. Aunque electrificar no basta: la nueva demanda debe abastecerse con generación baja en carbono y desplazar, no simplemente acompañar, a los combustibles fósiles.
La financiación será la prueba ácida de los acuerdos. Ya se llegó tarde al anterior objetivo de 100.000 millones de dólares anuales de financiación climática para países en desarrollo. El nuevo listón —al menos 300.000 millones en 2035 y una meta más amplia de movilización de 1,3 billones— necesita hitos intermedios, garantías de su cumplimiento, instrumentos y mejores condiciones de acceso que faciliten la participación privada.
Las políticas climáticas funcionan, pero no están exentas de costes en el corto plazo que dependen del diseño y del reciclaje de ingresos hacia inversión sostenible y compensación a los más afectados. Pero retrasar la acción, especialmente en adaptación, tampoco es gratis, como muestran las consecuencias de eventos climáticos disruptivos más frecuentes. La lección para Antalya es sencilla: menos atención al listado de promesas y más cuadros de mando sobre compromisos y tareas, incluyendo las iniciativas del sector privado. Una COP útil será la que deje, además de coherencia climática, objetivos medibles, planes de ejecución, financiación identificable y garantías de cumplimiento.
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