
Wang Xingxing (Zhejiang, China, 36 años) se enamoró de pequeño de la tecnología. Ya en la escuela se imaginaba construyendo robots capaces de dejar su huella en la historia. Por suerte para él, a veces los sueños se hacen realidad… y hasta cotizan en Bolsa. Unitree, la empresa que fundó en 2016 y se ha hecho famosa por sus máquinas humanoides capaces de bailar y hacer kung fu, protagonizó un estreno espectacular en el parqué de Shanghái.
El fundador de Unitree pasó de trastear con motores caseros en un pueblo de Zhejiang a vender más máquinas bípedas que nadie en el mundo
Wang Xingxing (Zhejiang, China, 36 años) se enamoró de pequeño de la tecnología. Ya en la escuela se imaginaba construyendo robots capaces de dejar su huella en la historia. Por suerte para él, a veces los sueños se hacen realidad… y hasta cotizan en Bolsa. Unitree, la empresa que fundó en 2016 y se ha hecho famosa por sus máquinas humanoides capaces de bailar y hacer kung fu, protagonizó un estreno espectacular en el parqué de Shanghái.
Sus acciones salieron al mercado de valores el pasado 19 de agosto con un precio por debajo de los 20 euros. Al cierre, habían alcanzado los 108, un 460% más. La valoración de 7.800 millones de la que partían se convirtió a golpe de gong en 43.000 millones. Los mercados paralelos habían apuntado a un día histórico para Unitree y las órdenes de compra de los pequeños inversores multiplicaban por 8.000 la oferta. El entusiasmo era real. Desde entonces, sin embargo, su valor ha caído en torno a un 35% y ha dejado a los expertos cavilando sobre si se trata de una corrección natural o el síntoma de una burbuja.
Unitree fue el mayor fabricante de robots antropomorfos —aunque también produce otras referencias, como brazos mecanizados y sensores— en 2025, por delante de la también china Agibot y de pioneros como Boston Dynamics. Despachó más de 5.500 de sus máquinas bípedas y facturó alrededor de 215 millones, con unos 36 de beneficio. Su salida a Bolsa no fue un hito únicamente para la compañía, cuyo nombre oficial es Yushu Technology, lo era también para Pekín y su pugna por el dominio tecnológico.
Wang dirige el negocio de la misma manera que desarrolla robots: es pragmático y racional. No termina de encajar en el estereotipo de genio precoz y alumno de oro, y probablemente no sea un ingeniero de éxito y multimillonario gracias a uno de los modelos escolares más exigentes y rígidos, sino a pesar de él. “El sistema educativo me reprimió desde muy joven y nunca sentí que estuviese consiguiendo nada”, dijo al medio chino LatePost el año pasado.
Nació en Yuyao, en la provincia de Zhejiang, en 1990. La ciencia y la tecnología empezaron a interesarle desde pequeño. Con diez años encontraba fascinantes los documentales extranjeros sobre aviación o ingeniería aeroespacial y en uno de ellos vio los primeros experimentos con robots del futuro fundador de Boston Dynamics. Se le daba bien dibujar y destinaba su paga a comprar componentes y piezas para desarrollar el talento que tenía para construir objetos mecánicos y electrónicos. “Se puede decir que he estado trasteando con este tipo de cosas desde pequeño”, contó a otro medio. Quería ser investigador, pero un compañero de clase le dijo que lo estaba enfocando mal, que debía montar su propia empresa y contratar a más científicos que lo hiciesen. La idea echó raíces.
En secundaria construyó un micromotor turborreactor. En el instituto fabricaba baterías autorrecargables y se sumergía en experimentos que, en una ocasión, pudieron costarle una intoxicación por gas de cloro. Sus notas, sin embargo, no reflejaban este potencial y se veían lastradas por otras asignaturas. “Suspendí inglés de pequeño y solo lo aprobé tres veces en mis tres años de bachillerato”, recordó a LatePost. En las áreas que le interesaban, por el contrario, estaba siempre entre los mejores de la clase. Antes de la universidad, confesó al medio, tenía cierto complejo de inferioridad respecto a alumnos de otras instituciones mejores, pero luego dejó de darle importancia.
En 2009 comenzó a estudiar ingeniería mecatrónica en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Zhejiang. Tras licenciarse, quiso cursar un máster en ingeniería en la Universidad de Zhejiang, pero, de nuevo a causa de su dificultad con el inglés, no alcanzó la nota necesaria y se matriculó en la de Shanghái, que no tenía el mismo prestigio en el campo. Allí desarrolló XDog, un robot cuadrúpedo con actuadores eléctricos mucho más económicos que los hidráulicos que se utilizaban normalmente, con el que se llevó el segundo premio en un concurso nacional de emprendimiento.
Aunque no había desechado la idea de crear una empresa, no contaba con el respaldo necesario. “Sentía que mis habilidades personales, mis contactos y mi situación financiera no estaban a la altura”, comentó sobre aquel momento. Comenzó a trabajar en la compañía de drones DJI, pero solo unos meses después, un vídeo de su roboperro cautivó a los medios, las redes y a algún que otro inversor. En 2016 fundó Unitree y en 2017 presentó su primer producto, la evolución de XDog, Laikago.
Wang, consejero delegado y director de Tecnología, no quería ni oír hablar de robots humanoides. El segmento aún estaba muy verde y no había demanda. Su popularidad, de acuerdo con Wang, aumentó por el interés de Elon Musk en ellos y los avances en inteligencia artificial. En febrero de 2023, un equipo de tres personas se puso a trabajar para que uno de sus cuadrúpedos evolucionase hacia el bipedismo y en agosto presentó el H1.
En los dos últimos años, vídeos de robots de Unitree bailando junto a humanos o en una exhibición de artes marciales han dado la vuelta al mundo. Pero la revolución de estas máquinas es hoy un fenómeno social más que industrial. Por el momento, sus capacidades y aplicaciones en este entorno son limitadas y pocos se utilizan para tareas productivas o realmente útiles. De acuerdo con la revista Time, casi tres de cada cuatro humanoides que vende Unitree están destinados a universidades, desarrolladores individuales e instituciones de investigación. El 17% tiene como destino espacios comerciales y solo el 9% termina en industria.
Pueden hacer acrobacias imposibles, pasos de baile precisos y romper el récord de 100 metros lisos de Usain Bolt, estampándose al final contra una colchoneta, eso sí. Son capaces de hacer virguerías entrenadas en un entorno controlado, pero no de atender un comando simple en el mundo real. En la Conferencia Mundial de Robots celebrada en Pekín el pasado agosto, Wang dijo, de acuerdo con la CNBC, que “el momento ChatGPT” que marque ese punto de inflexión no llegará hasta dentro de dos o tres años en el mejor de los casos y de diez en el escenario menos favorable. “No sucederá de la noche a la mañana”, advirtió en la revista Time. La revolución de las máquinas, y quién sabe si también la rebelión, va a tener que esperar.
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