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  Economía  Indefensión aprendida: cuando el progreso deja de importar
Economía

Indefensión aprendida: cuando el progreso deja de importar

19 de agosto de 2026
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El primer mundo ha entrado en la cronificación de un estado depresivo y alienante que erosiona los niveles de motivación de los estratos más amplios de la sociedad: la idea de la felicidad como la meta suprema de la vida (conjugación del equilibrio espiritual con las aspiraciones materiales y de estatus) ha pasado a ser percibida como una vulgar mentira de la que se valen tanto el sistema económico como las instituciones políticas para distraer a los sujetos de un pensamiento angustioso: el sufrimiento persiste y soportarlo es una divisa existencial ineludible y sin remisión. Esta caída del velo de la ignorancia buenista supone un riesgo para disciplinar a la ciudadanía, tanto en su dedicación al trabajo como en su disposición al consumo, pero también supone un factor de bloqueo para atesorar la esperanza de que el futuro traerá una vida mejor y para incentivar el deseo de contribuir a la innovación social y la solidaridad con un caudal de energía libidinal sostenible.

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 La incertidumbre deja de ser algo que aparece y desaparece para quedarse como factor estructural  

El primer mundo ha entrado en la cronificación de un estado depresivo y alienante que erosiona los niveles de motivación de los estratos más amplios de la sociedad: la idea de la felicidad como la meta suprema de la vida (conjugación del equilibrio espiritual con las aspiraciones materiales y de estatus) ha pasado a ser percibida como una vulgar mentira de la que se valen tanto el sistema económico como las instituciones políticas para distraer a los sujetos de un pensamiento angustioso: el sufrimiento persiste y soportarlo es una divisa existencial ineludible y sin remisión. Esta caída del velo de la ignorancia buenista supone un riesgo para disciplinar a la ciudadanía, tanto en su dedicación al trabajo como en su disposición al consumo, pero también supone un factor de bloqueo para atesorar la esperanza de que el futuro traerá una vida mejor y para incentivar el deseo de contribuir a la innovación social y la solidaridad con un caudal de energía libidinal sostenible.

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Este diagnóstico lo razono mediante dos elementos de calado. El primero de ellos es cuantitativo y está basado en un prestigioso informe de la Universidad de Michigan que analiza el sentimiento de confianza del consumidor estadounidense. Tras ocho décadas de mediciones, el pasado mes de mayo se obtuvo el marcador más bajo del índice desde 1952. Las familias norteamericanas de bajos ingresos están preocupadas, pero también las de altos ingresos. Los estudiantes y los jubilados se muestran pesimistas. Los votantes rurales y urbanos están insatisfechos. La gente está preocupada por el presente y por el porvenir, tanto por su propia situación como por la de sus vecinos. Entre los votantes demócratas, el 94% califica la situación de la economía como mala, una negatividad que coincide con la percepción del 55% de los votantes republicanos.

Por consiguiente, la sociedad parece estar expresando uno de los niveles más profundos de pesimismo económico jamás registrados a pesar de que prácticamente cualquier ciudadano que quiere trabajar encuentra empleo y el mercado bursátil está en auge. En términos estadísticos, y a pesar de la crisis inflacionaria, la renta disponible real de los estadounidenses se encuentra en máximos históricos y la desigualdad se ha reducido tras un largo periodo durante el cual los ingresos de los trabajadores con menores salarios crecieron más rápido que los de los más ricos. Entonces, ¿por qué la gente ha dejado de creer que la economía puede ir bien e incluso ha perdido la disposición racional a admitirlo cuando realmente va bien? Este sentimiento oscurantista podría ser más difícil de solucionar que una recesión real y podría generar daños irreparables para la legitimidad democrática.

En este sentido, la analista económica Annie Lowrey, experta en políticas de renta universal y autora del libro Give People Money. How a Universal Basic Income Would End Poverty, Revolutionize Work, and Remake the World, ha codificado esta tendencia fatalista como una evolución del ciclo de la vibracesión (vibecession) al de la permacesión (permacession). El primero se explica por el hecho de que la confianza en el funcionamiento de la economía y en las oportunidades de ascenso social pasa a estar condicionada por vibraciones efímeras o sensaciones temporales (dependientes de la casualidad de los acontecimientos y restringidas por el imperante nihilismo moral) que transforman la cara con la que te sonríe o sentencia el destino. Ahora, a juicio de Lowrey, se estaría entrando en su evolución más radical: la vibración, como síntoma de la incertidumbre, deja de ser algo que aparece y desaparece para quedarse como factor estructural.

El otro elemento que explicaría el anclaje de esta desconfianza en la conciencia colectiva de los estadounidenses tiene que ver con un proceso cognitivo que los psicólogos Martin Seligman y Steven Maier bautizaron en los años setenta como el mecanismo de la indefensión aprendida. Este surge cuando una persona o colectivo aprende que no existe relación entre lo que hace y lo que ocurre después, por lo que termina dejando de actuar con sentido aspiracional en situaciones de la vida laboral y personal incluso cuando más adelante dispone de oportunidades reales para cambiar su situación. Dicho de otro modo, cuando experimentamos repetidamente situaciones desagradables, injustas o traumáticas que no podemos controlar ni anticipar, terminaremos aprendiendo que nuestras acciones no tienen efecto sobre los resultados. Como consecuencia, cuando aparezcan oportunidades verdaderas de cambiar una situación, tenderemos a desaprovecharlas. De algún modo, el sujeto identifica que su dolor debe ser costumbre. Esta formulación, llevada al contexto de la comunicación política contemporánea, ayudaría a explicar cómo la polarización emocional y la falsificación de datos provocan un deterioro en la creencia de que cada uno tiene poder para modificar su entorno e inmediatamente la voluntad individual queda más fácilmente sustituida por la voluntad del otro.

Si durante años los discursos recibidos presentan un panorama distorsionado en el que todo va mal y el sistema está amañado por un Estado profundo y por la corrupción empresarial, resulta lógico que los individuos acaben interiorizando la idea de que el esfuerzo carece de recompensa. Cuando esta percepción se consolida, la pasividad sustituye a la iniciativa y la motivación para perseguir objetivos de largo plazo queda atrofiada, precipitando la desvaloración de uno mismo y la rendición a un destino del que no se es dueño, sino esclavo. Lo que se respira en el ambiente social es una manera de entender la vida en la que lo malo nunca decae, lo que va retroalimentando una fantasía de valencia paranoica: las masas no solo creen vivir una crisis económica y de valores incluso cuando los datos objetivos la contradicen, sino que además se incapacitan para percibir que las cosas mejoran o para admitir que el futuro no tiene por qué empeorar necesariamente.

Lo que está articulándose de fondo es un nuevo ethos psiquiátrico con dos vertientes interconectadas. Para empezar, como advierte el filósofo Éric Sadin en El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial (2025), la desafección de la ciudadanía provoca que muchas personas se acostumbren a consentir narrativas solo cuando coinciden con sus propios puntos de vista. Por ejemplo, cuando se producen deepfakes, los hechos imaginarios adquieren de facto un halo de plausibilidad, es decir, una parte de la sociedad los recrea en la mente como verdaderos pese a saber que son artificiales, dando por buena la consigna de que decir es lo mismo que hacer: es suficiente con saber comunicar la verosimilitud de algo para que sea cierto, aunque no haya pruebas o lo real lo desmienta. Esta desviación psíquica simboliza una reacción a la agonía existencial.

La otra vertiente que exige la máxima atención es comprobar si las mejoras económicas objetivas conservan su capacidad para modificar el estado anímico de las diferentes clases sociales. Si los hipotéticos avances dejasen de tener impacto en el Yo colectivo, el nexo entre buenas políticas y la valoración ciudadana de la democracia y sus instituciones dejaría de funcionar y solo quedarían como vínculo el enfado y el liderazgo divisivo. Los progresos en la reducción de la pobreza, de los accidentes mortales de tráfico y del terrorismo, así como los descubrimientos científicos para curar enfermedades y alargar la vida no logran suscitar el entusiasmo en las sociedades avanzadas. Por ello es un deber filosófico, político y moral reflexionar sobre la estupidez de nuestra época. Sadin bosqueja la metáfora de un mundo que ha dejado de ser una entidad de proporciones continentales para quedar fragmentado en una infinidad de islotes con personas convencidas de poseer una verdad y colmadas de rabia. Pero la solución no puede pasar por un exilio y la búsqueda de una orilla en la que empezar de nuevo (como refleja el mensaje antipolítico del filme La odisea, de Christopher Nolan), sino por el atrevimiento de luchar desde los cimientos de la ciudad destruida.

Alberto González Pascual es profesor asociado de la URJC, Esade y la EOI, y director de cultura, desarrollo y gestión del talento de Prisa Media.

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