
Diego del Alcázar (Madrid, 1984) asegura que en su segunda novela, La idea de volver (Siruela) la tecnología, muy presente en la trama, no es más que “una caricatura de la sociedad moderna”. En el libro, Adrián, un académico que trabaja en Nueva York, regresa al lugar de su infancia, en el norte de España, donde entre montañas y naturaleza vive Fausto. Dos personajes a priori contrapuestos que tienen ciertos aspectos del autor. “Todo el mundo me dice que me voy a sentir más cómodo con Adrián, porque es un tío de mi generación, que viaja, que es un académico, aunque yo no lo soy. Pero yo me siento muy Fausto”, cuenta el presidente de IE en su despacho en la sede de la institución académica, más cerca de los rascacielos neoyorquinos que de las cuevas cántabras.
El presidente de la institución educativa trata la tecnología como caricatura de la sociedad en su segunda novela ‘La idea de volver’
Diego del Alcázar (Madrid, 1984) asegura que en su segunda novela, La idea de volver (Siruela) la tecnología, muy presente en la trama, no es más que “una caricatura de la sociedad moderna”. En el libro, Adrián, un académico que trabaja en Nueva York, regresa al lugar de su infancia, en el norte de España, donde entre montañas y naturaleza vive Fausto. Dos personajes a priori contrapuestos que tienen ciertos aspectos del autor. “Todo el mundo me dice que me voy a sentir más cómodo con Adrián, porque es un tío de mi generación, que viaja, que es un académico, aunque yo no lo soy. Pero yo me siento muy Fausto”, cuenta el presidente de IE en su despacho en la sede de la institución académica, más cerca de los rascacielos neoyorquinos que de las cuevas cántabras.
Es gracias al romance de Adrián con Memphis, una investigadora de inteligencia artificial, que Del Alcázar se sumerge en cómo las personas se relacionan con una tecnología que parece haber llegado para poner patas arribas el mundo. “El reto que nos supone la IA es que estamos creando una tecnología que, en apariencia, es más inteligente que nosotros, y esto nunca lo habíamos podido hacer antes”, sostiene, quien se muestra más partidario de bautizarla como “un algoritmo predictivo del lenguaje”, porque llamarla inteligencia hace que los humanos quieran competir con ella.
“Hay una paleta de matices tan infinita de lo que una inteligencia humana se diferencia de la tan limitante inteligencia artificial, que es simplemente la capacidad de esa máquina de predecir la siguiente palabra, el siguiente movimiento, el siguiente número, que es muy injusto que las hayamos puesto en el mismo plano”.
Del Alcázar reconoce no tener claro si es necesario regular la IA o ralentizar su desarrollo, “es un campo más complicado de lo que yo alcanzo a entender”, pero sí se muestra seguro al afirmar que los individuos deben ser conscientes de cómo la usan, para no acabar teniendo una relación que puede llegar a ser dañina, como le pasa a uno de los personajes del libro. Una conciencia que extiende también al uso del móvil. “Tenemos que ser muy responsables, interactuar con un reel o con una publicación de una red social sin pensar que la gente es así de feliz, así de guapa o así de divertida, y que esas personas no tienen esa otra parte que a nosotros nos frustra en nuestro interior”.

Compara el autor el teléfono con la caverna de Platón. “Probablemente no hay nada que sea más parecido que las sombras que nosotros proyectamos en las pantallas de nuestros móviles. Al final es una construcción de la realidad muy parcial, muy limitada”. “Adrián acaba siendo víctima de esa felicidad algo impostada que te imponen las redes sociales y, sobre todo, acaba siendo víctima de la tecnología. La idea que yo trato de navegar en la novela es que nuestra sociedad adolece de ciertas raíces, que tiene que recuperar”. Por ello, la idea de contraponer este personaje con el de Fausto, una persona tan pegada a la tierra y con la creencia de que hay fuerzas invisibles que mueven el mundo.
Cuestionado sobre si él comparte esa creencia con Fausto, el autor se sincera: “Personalmente no sé lo que creo. Y, además, tengo la suerte de que no me importa nada cambiar de opinión ni contradecirme. Desde un punto de vista más racional, creo que no hay una respuesta a las grandes preguntas de nuestra existencia, y, por lo tanto, puedo hacer una reflexión fácil sobre la necesidad de creer en algo más para explicarnos a nosotros mismos”.
Una de esas fuerzas que mueve el mundo puede ser el amor, del que se plantea en la novela si llegará un momento en el que pase a un segundo plano y sea un algoritmo el encargado de formar las parejas. “Creo que es súper gráfico de lo que no nos apetece nada de la tecnología”, defiende, antes de comentar que hasta “hace muy poquito” los matrimonios se han elegido en base a un protocolo.
“Pero una cosa es los matrimonios y otra cosa diferente, yo creo, es lo que nos genera una relación sentimental. El amor, el desamor, la traición, eso son pasiones humanas que curiosamente existen exactamente igual ahora en nuestra sociedad que hace 3.000 o 2.800 años, cuando se escribieron La Ilíada y La Odisea. Y eso es muy sano y positivo porque demuestra cierta vulnerabilidad de la condición humana en un mundo en donde hoy hay mucha soberbia sobre lo que creemos saber”.
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