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  Economía  La era de la ira: no esperen un final feliz a las revueltas en Francia
Economía

La era de la ira: no esperen un final feliz a las revueltas en Francia

24 de octubre de 2026
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Llevamos unas semanas muy conflictivas. Sobre todo en las calles de Francia, pero no solo allí. Lo que empezó como una protesta estudiantil por los recortes en la educación pública ha derivado en una revuelta con múltiples focos, a la que se han sumado grupos antisistema, los temidos chalecos amarillos y aficionados a los saqueos. El incendio del Ayuntamiento de Limoges, un monumento del siglo XIX, da una idea del nihilismo que se apodera de las masas enfurecidas. Se ha impuesto el toque de queda en distintos puntos del país, en un momento crítico que representa la agonía del macronismo. Podríamos apelar a la pulsión revolucionaria que ha marcado la identidad francesa, pero es que el malestar por las estrecheces y por el coste de la vida está cruzando fronteras. El fenómeno ha contagiado a Italia, con noches de destrozos y saqueos en Milán, donde Giorgia Meloni ha desplegado soldados, y otras ciudades. También en Bélgica se sublevan los estudiantes, también en Albania. En España y en Portugal, los jóvenes se levantan por la vivienda inaccesible: la acampada de la Puerta del Sol va camino de cumplir su primer mes; las de Lisboa y Oporto han sido desalojadas, como le gustaría a Isabel Díaz Ayuso que se hiciera en Madrid. Muy lejos de aquí, en la India, la última protesta del movimiento de las “cucarachas” se ha saldado con un millar de detenidos.‌

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 La generación Z ha llegado al activismo que ejercían sus mayores, pero ni los jóvenes ni los franceses son los únicos furiosos por el coste de la vida y las malas perspectivas. Los mercados tantean el umbral del pánico  

Llevamos unas semanas muy conflictivas. Sobre todo en las calles de Francia, pero no solo allí. Lo que empezó como una protesta estudiantil por los recortes en la educación pública ha derivado en una revuelta con múltiples focos, a la que se han sumado grupos antisistema, los temidos chalecos amarillos y aficionados a los saqueos. El incendio del Ayuntamiento de Limoges, un monumento del siglo XIX, da una idea del nihilismo que se apodera de las masas enfurecidas. Se ha impuesto el toque de queda en distintos puntos del país, en un momento crítico que representa la agonía del macronismo. Podríamos apelar a la pulsión revolucionaria que ha marcado la identidad francesa, pero es que el malestar por las estrecheces y por el coste de la vida está cruzando fronteras. El fenómeno ha contagiado a Italia, con noches de destrozos y saqueos en Milán, donde Giorgia Meloni ha desplegado soldados, y otras ciudades. También en Bélgica se sublevan los estudiantes, también en Albania. En España y en Portugal, los jóvenes se levantan por la vivienda inaccesible: la acampada de la Puerta del Sol va camino de cumplir su primer mes; las de Lisboa y Oporto han sido desalojadas, como le gustaría a Isabel Díaz Ayuso que se hiciera en Madrid. Muy lejos de aquí, en la India, la última protesta del movimiento de las “cucarachas” se ha saldado con un millar de detenidos.‌

Llevamos unos años muy conflictivos. Ocurre en lugares muy apartados entre sí. En lo que va de década han caído con estrépito los presidentes o primeros ministros de Nepal, de Bangladesh y de Sri Lanka después de manifestaciones masivas protagonizadas por la generación Z, los que están ahora en la veintena o algo por debajo. Esta oleada resonó en Madagascar, en Perú, en Kenia. Y en Europa: Rumania, Serbia. Los jóvenes se han levantado, en cada país con sus particularidades, por la rampante corrupción, por las medidas represivas, por las crisis económicas encadenadas y por sus pobres perspectivas de futuro. Esto último es clave. Lo ven negro. Por eso rompen cosas.

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Llevamos un siglo XXI muy conflictivo. El milenio empezó con protestas contra el G-7 en Génova, choques con la policía y la muerte de un activista. Aquellos jóvenes se autodenominaban altermundistas: creían que otro mundo, diferente al de la globalización y el neoliberalismo, era posible. Hubo marchas masivas en toda Europa, y particularmente en España, contra la guerra de Irak. Y después la Primavera Árabe, que derribó a tiranos como Gadafi y Mubarak, aunque al final no cuajó la democracia que pedían los manifestantes en ningún lugar; la revolución naranja y la del Maidán, que alejaron a Ucrania de Moscú y la acercaron a la UE; la de Bielorrusia, que fue aplastada brutalmente. Los indignados del 15-M en Madrid y los de Occupy Wall Street en Nueva York; el movimiento Black Lives Matter contra la brutalidad policial que sufre la población negra de EE UU; los viernes por el clima; las valientes mujeres iraníes quitándose el velo y marchando masivamente por una de las suyas muerta en las mazmorras del régimen.

No ocurre nada que no haya ocurrido antes. Llevamos casi 60 años conflictivos, si los contamos desde Mayo de 1968, que dejó escenas parecidas a las de estos días en París. En realidad, llevamos una Edad Contemporánea muy conflictiva, si aceptamos que comienza con la toma de la Bastilla. Los jóvenes de distintas generaciones no han querido quedarse sentados esperando que les llegue el futuro que se les prometió. Cada época y cada lugar tienen un contexto diferente. En ciertos momentos prende una mecha que desborda el resentimiento acumulado durante muchos años. En algunos de los casos mencionados, el objetivo era acabar con una dictadura, y eso requiere mucho valor porque estas suelen defenderse sin miramientos. En las batallas que se han librado más recientemente en Occidente, han convivido las causas más o menos ideológicas, de la crisis climática al no a la guerra o el apoyo a Palestina, con un malestar de raíces económicas. La desigualdad, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos desde los años de la austeridad, la escasez y carestía de la vivienda. “Somos el 99%” era un lema de los indignados hace 15 años, para denunciar que el 1% más rico se queda con una parte creciente de la tarta. Es una de las claves: incluso cuando crece con fuerza la economía, son demasiados los ciudadanos que no lo notan.

Manifestantes del llamado movimiento de las cucarachas, en una manifestación en Nuevva Delhi el día 16.Bhawika Chhabra (REUTERS)

La generación Z ha llegado al activismo que antes ejercieron sus mayores. Pero las causas del malestar no se limitan a esa quinta. Las heridas de la Gran Recesión iniciada en 2008 no se han terminado de curar. Ha quedado un mensaje demoledor para los jóvenes, que ya no esperan vivir mejor que sus padres. Es el fin de la fe en el progreso, es la ruptura del contrato social, ese por el cual se les prometió que vivirían bien si completaban una buena educación. En las protestas de los últimos años emerge un problema de primera magnitud: el coste de la vida (o lo que en inglés llaman affordability, asequibilidad), y ese es intergeneracional. La subida desenfrenada del precio de la vivienda, para compra o para alquiler, está expulsando de las ciudades no ya a las clases bajas, sino hasta a las medias; de emanciparse ni hablamos. Y la escalada de precios energéticos derivada de las dos guerras interminables impacta en toda la población, pero duele más en el medio rural, más dependiente del automóvil. De ahí surgen los chalecos amarillos, conocidos por su violencia callejera. Sumemos al cóctel (molotov) la polarización política desbocada, la ola de rechazo a la inmigración que aúpa a los ultras, el papel de las redes sociales que promueven la división y la ansiedad por la digitalización y por el impacto de la inteligencia artificial (todavía muy incierto).

Hay nuevas herramientas para la movilización. Los que tiraban adoquines a la policía de París en 1968, y coreaban que debajo de ellos estaba la playa, no tenían internet ni móvil ni redes sociales. Pero estaban conectados con lo que pasaba a la vez en California, Praga o México. Desde el célebre “pásalo”, la capacidad de propagación de una protesta es infinitamente mayor. La Primavera Árabe empezó en 2010 con un tipo que se inmoló, prendiéndose fuego, porque la policía le había arrebatado su puesto ambulante de fruta en una ciudad de Túnez. La marea se extendió de teléfono en teléfono (y por la tele de Al Jazeera) por cerca de una decena de países, derribó cuatro gobiernos y derivó en largas guerras civiles en Siria y Libia. En esos mismos años, los indignados tomaban las plazas en muchos otros puntos del mapamundi. Estos días, en las afueras de Milán, los adolescentes recibían mensajes por TikTok: “¡Todos a la calle a liarla!”. La mayoría de los detenidos en la ciudad lombarda son menores de edad: el más joven tiene 11 años.

Nada hace prever un final feliz. Las mareas callejeras suelen terminar en alguno de estos puntos, cuando no varios al mismo tiempo: represión policial (o militar), desgaste o agotamiento de los movilizados, cesiones desde los gobiernos, desestabilización del poder político. En las democracias, muy a menudo, tras los disturbios espera un giro a la derecha en las instituciones, porque nadie se beneficia más del miedo al caos del ciudadano corriente. 1968 terminó con el gaullismo arrasando en las urnas a la izquierda. Cada vez que chocan con la policía, saquean una tienda o queman un ayuntamiento, los movilizados en Francia abonan el terreno para que la ultraderecha de Marine Le Pen, favorita para las presidenciales de 2027, se muestre como la única capaz de restaurar el orden.

La policía empleaba cañones de agua contra los manifestantes el pasado jueves.Florion Goga (REUTERS)

El tiro por la culata. Si el detonante de las protestas en Francia fue el deterioro de la educación pública, en un país que presumía de su Estado de bienestar, todo apunta a que los recortes apenas han empezado. Porque Francia tiene, desde hace demasiados años, una economía casi estancada, un déficit descontrolado que alarma a los mercados y una evidente incapacidad de la clase política para encontrar una solución. La prima de riesgo en los niveles más altos desde 2012 anticipa medidas duras. Al final del camino asoma la motosierra de Javier Milei, esa que también agarró Elon Musk cuando trabajaba para Donald Trump. Si es que no una tormenta financiera.

El umbral del pánico. El batacazo de los mercados esta semana alimenta el riesgo de una reacción abrupta a lo que ocurre en Francia. Claro que hay otros elementos perturbadores de aúpa: el petróleo disparado y la decepción por los resultados de las tecnológicas tras sus ingentes inversiones en la IA. La prima de riesgo francesa ha escalado muy rápido, de los menos de 90 puntos básicos con los que empezó septiembre a los 174 que superó este jueves. Algunos analistas ven ya demasiado cerca la barrera psicológica de los 200 puntos. Para hacernos una idea, la de España, que tampoco es un remanso de paz, se mantiene en los 65; hasta Grecia, que era el eslabón más débil del euro, la mantiene en los 100. ¿Puede desatarse una venta masiva de deuda francesa que amenace la estabilidad de todo el continente? Por ahora no estamos en el pánico. Francia paga intereses muy altos por su bono a 10 años (más del 5%), pero los sigue colocando. No se le ha cerrado el grifo del mercado. Pero entramos en terreno inexplorado. En algún momento, el Banco Central Europeo puede verse forzado a hacer algo. Francia no es la Grecia de 2010, pero el escenario de pesadilla de hace 15 años no es irrepetible. Porque nada es irrepetible en la historia.

‌Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.

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