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  Economía  “Es la inflación, estúpido”: Estados Unidos se sume en el descontento pese al crecimiento económico
Economía

“Es la inflación, estúpido”: Estados Unidos se sume en el descontento pese al crecimiento económico

24 de octubre de 2026
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Han pasado 640 días desde que Donald Trump prestó juramento en el Capitolio en un discurso grandilocuente en el que proclamó: “La Edad de Oro de Estados Unidos comienza justo ahora. A partir de hoy, nuestro país prosperará y volverá a ser respetado en todo el mundo”. Casi dos años después, si los sondeos no fallan, está a punto de sufrir una histórica derrota en las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo 3 de noviembre debido al descontento de las familias estadounidenses sobre la situación económica. La inflación, los aranceles y la guerra contra Irán explican la gran decepción que se extiende desde una costa a otra de Estados Unidos. Un sentimiento que ha contagiado a las zonas rurales del Medio Oeste y el Sur del país, donde los demócratas no gobiernan desde hace casi un siglo, como Kansas o Mississippi. El malestar de los estadounidenses con la situación económica contrasta con las grandes cifras que sitúan al país como una de las potencias que más crece.

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El motor de la IA, entre el riesgo de burbuja y un nuevo paradigma

La inteligencia artificial está protagonizando la mayor revolución económica de la historia. Nunca se había destinado tanto dinero en tan poco tiempo a desarrollar una nueva industria, ni siquiera en la revolución del ferrocarril de finales del siglo XIX o en la era de la burbuja de las puntocom. La inversión estimada que los grandes laboratorios de IA hasta 2032 ascenderá a 10,3 billones de dólares, una cantidad que representa el 3,6% del PIB, según un reciente estudio del Stijn van Nieuwerburgh, publicado por la Brookings Institution.

El Mapa de Centros de Datos de Estados Unidos, que recopila la información sobre esta actividad, tiene registrados 5098 instalaciones y proyectos en el país: 3172 operativos, 400 en construcción y 1199 planificados, con una capacidad de 395,1 GW. Se prevé que solo este año, la inversión en IA alcance en Estados Unidos el 1,9 % del PIB, según estimaciones de Goldman Sachs.

El sector está teniendo un impacto evidente en la economía, pero también ha provocado malestar social por los efectos nocivos que suponen estas instalaciones. “La mayor parte del gasto de capital, que este año podría alcanzar los 800.000 millones de dólares, va destinada a la construcción de enormes centros de datos”, remarca Jared Franz, economista de Capital Group. “Este nivel de inversión ofrece un fuerte impulso a la economía estadounidense. De hecho, creo que no estamos valorando en su justa medida el impacto que podría tener el auge de la inteligencia artificial”.

Franz cree que se podría estar infravalorando el crecimiento del PIB entre 0,5 y 1 punto porcentual. Las grandes compañías están inmersas en una alocada carrera de inversiones, que está llevando a la industria a protagonizar algunas a Bolsa más rimbombantes de la historia. Los analistas empiezan a hablar del riesgo de burbuja, con un ecosistema de empresas endeudadas y con estrechos vínculos entre ellas.

Las autoridades, sin embargo, tienen depositadas muchas esperanzas en los robustos aumentos de productividad que supondrá la inteligencia artificial cuando la industria esté plenamente desarrollada.

 La caótica política arancelaria y la guerra contra Irán han disparado los precios y golpeado el poder adquisitivo de las familias agrandando la desigualdad. Pese a todo, es una de las economías que más crecerá este año y el próximo gracias a la IA  

Han pasado 640 días desde que Donald Trump prestó juramento en el Capitolio en un discurso grandilocuente en el que proclamó: “La Edad de Oro de Estados Unidos comienza justo ahora. A partir de hoy, nuestro país prosperará y volverá a ser respetado en todo el mundo”. Casi dos años después, si los sondeos no fallan, está a punto de sufrir una histórica derrota en las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo 3 de noviembre debido al descontento de las familias estadounidenses sobre la situación económica. La inflación, los aranceles y la guerra contra Irán explican la gran decepción que se extiende desde una costa a otra de Estados Unidos. Un sentimiento que ha contagiado a las zonas rurales del Medio Oeste y el Sur del país, donde los demócratas no gobiernan desde hace casi un siglo, como Kansas o Mississippi. El malestar de los estadounidenses con la situación económica contrasta con las grandes cifras que sitúan al país como una de las potencias que más crece.

Una reciente encuesta del centro de análisis demoscópico Pew Research sitúa la economía como el principal problema de los estadounidenses, seguido de cerca por el futuro de la democracia. Llama la atención que la espita de la movilización ciudadana sea por la inflación y el precio de los carburantes y no por los exabruptos y excesos del inquilino de la Casa Blanca, que han supuesto un retroceso democrático en Estados Unidos. Más allá de esas reflexiones, ocho de cada diez ciudadanos califican la situación económica como mala o muy mala, según otro sondeo publicado este jueves por la cadena CNBC. En estos días electorales abundan las encuestas en la prensa estadounidense que muestran cómo los hogares suspenden la gestión económica de Trump.

Las previsiones del FMI para EE UU (Tabla)

El sentimiento de los estadounidenses muestra una tendencia, pero las grandes cifras macroeconómicas reflejan otro panorama. Estados Unidos crece a un ritmo del 2,2% y los pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de otras instituciones internacionales sitúan al país norteamericano como la economía que más crecerá entre las grandes potencias mundiales gracias al auge de la inteligencia artificial (IA).

A lomos de la inteligencia artificial

“En Estados Unidos, la actividad se ve respaldada por un consumo muy fuerte, impulsado a su vez por un mercado laboral sólido y el continuo aumento de la riqueza de los hogares, especialmente gracias a los recientes incrementos en las valoraciones de los activos financieros”, dijo Nigel Chalk, director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, hace unas semanas. “Al mismo tiempo, observamos una aceleración de la inversión relacionada con la tecnología, lo que ha compensado una desaceleración en otros tipos de inversión, particularmente en infraestructuras”.

El precio de los combustibles se ha disparado tras la guerra con Irán. En la imagen, una gasolinera en San Diego (California).Kevin Carter (GETTY IMAGES)

Estados Unidos ha mostrado una gran resiliencia desde la pandemia. Su economía avanza de forma consistente a pesar de la crisis de los aranceles y de la guerra contra Irán. La tasa de paro está atornillada en torno al 4,2%, un porcentaje históricamente bajo. Y, aunque la creación de empleo se ha moderado, debido al endurecimiento de las políticas migratorias y al impacto de la IA, el mercado laboral sigue gozando de buena salud, lo que provoca la complacencia de los funcionarios de la Reserva Federal.

“Si hace un año me hubieran dicho que Estados Unidos estaría enfrascado en una guerra sin salida clara en Oriente Próximo, que los precios del petróleo estarían por encima de los 100 dólares el barril, que los tipos de interés subirían con fuerza y que la inflación superaría el 3%, mis perspectivas para la economía estadounidense habrían sido, como mínimo, bastante pesimistas”, reflexiona Jared Franz, economista de Capital Group. “Sin embargo, las previsiones de consenso sobre el crecimiento lo sitúan por encima del 2%, claramente por delante de otras economías desarrolladas de todo el mundo”, según remarca este economista, que defiende que las previsiones sobre Estados Unidos se han quedado cortas y crecerá más a lomos de un mercado laboral sólido, que ha superado las expectativas, la buena situación financiera de los hogares y la desmesurada inversión de las empresas en inteligencia artificial.

Las grandes empresas registran beneficios récord, mientras que los mercados financieros están en máximos históricos. El S&P 500, el índice industrial de Wall Street, se ha revalorizado casi un 15% en el último año y el tecnológico Nasdaq casi un 20% al calor de las empresas tecnológicas que compiten en la alocada carrera de la inteligencia artificial con ingentes inversiones para comprar microprocesadores y construir centros de datos por todo el país.

Los estadounidenses que pueden ahorrar para invertir en renta variable, la mitad aproximadamente de la población, se frotan las manos con las ganancias que obtienen en la Bolsa. El problema lo sufre la otra mitad del país.

La crisis de la asequibilidad

¿Qué ocurre entonces con la economía de Estados Unidos? “Es la inflación, estúpido”. Podría decirse, parafraseando a James Carville, el estratega de campaña de Bill Clinton que en las elecciones de 1992 popularizó el famoso eslogan que todo el mundo conoce. Más de tres décadas después, el descontento ciudadano llega por el encarecimiento de la cesta de la compra, la subida del precio de los combustibles, de las primas de los seguros médicos y el alza de los tipos de interés, que devoran las ganancias de renta de los hogares estadounidenses.

Los economistas han puesto de moda una palabra para definir esta situación: la asequibilidad, que define la pérdida de poder adquisitivo o la dificultad de las familias para comprar sus bienes básicos.

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Suzanne Roberts Moritz recoge calabazas en una granja a las afueras de Cedar Rapids, la segunda ciudad más grande de Iowa. Tiene 60 años y, pese a que hace cinco se jubiló como profesora de un colegio, ha tenido que volver a buscar un trabajo para pagar las facturas. “La gasolina se ha disparado, me cuesta 250 dólares cada vez que quiero ir a ver a mi hija y mis nietos, que viven en Carolina del Norte. Cada vez que voy al supermercado noto que todo es más caro, el seguro médico, todas las facturas…”, lamenta. Suzanne, que vive en una de las zonas rurales del país, representa el ejemplo perfecto de la crisis de la asequibilidad.

Pese a que Trump repite machaconamente en los mítines electorales que la inflación está controlada, la espiral de precios está desatada. La inflación se situó en septiembre en el 3,7%, según la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). Los datos de ese mismo mes revelan que el salario medio por hora aumentó un 3%, una tendencia que se extiende desde principios de año y que revela que los hogares han perdido poder adquisitivo. Es la gota que colma el vaso para las familias que han visto cómo el coste de la vida ha subido un 30% desde la pandemia.

“La asequibilidad y las presiones sobre el coste de la vida definen el ciclo de elecciones de mitad de mandato de 2026. Casi la mitad de los votantes registrados cita el coste de la vida como el factor más importante que influye en su voto, mientras que el 74% cree que su coste de vida se está moviendo en la dirección equivocada. El aumento de los costes de vivienda, sanidad y alimentación sigue afectando el sentimiento de los hogares, con un 59% de los estadounidenses que duda de que el nivel de vida de sus familias mejore”, apunta Deepak Puri, jefe de la oficina de inversiones en América de Deutsche Bank.

Heidi Shierholz y Josh Bivens argumentan en un artículo publicado en septiembre en Economic Policy Institute que “la economía estadounidense es la más rica del mundo, pero la brecha entre lo que podría ofrecer a las familias trabajadoras y lo que realmente ofrece es exasperante”. En un trabajo para explicar la crisis de la asequibilidad exponen: “Esta brecha se debe a la desigualdad. Los ingresos promedio solo pueden crecer más rápido que los de la clase media si algunos grupos, en este caso, los ultrarricos, experimentan un crecimiento muy superior al promedio”. Es decir, el reparto de la riqueza está siendo desigual y está agrandando las desigualdades. El bum de las tecnológicas y el auge del sector financiero, con sueldos millonarios, acentúan la brecha.

Esta situación se refleja en otro estudio elaborado por Pew Research que concluye que “muchos estadounidenses tienen dificultades para costear sus necesidades básicas”. Y detalla: “El 70% de los adultos estadounidenses afirma haber reducido sus gastos en extras, como comer fuera, servicios de streaming u otros tipos de entretenimiento, durante el último año. Y el 54% declara no haber podido ahorrar para el futuro”.

La guerra de Irán y el precio del diésel

Gbenga Ajilore, economista jefe del Centro de Prioridades Presupuestarias y Políticas, sustenta que hay dos factores que han lastrado la economía durante la primera mitad de 2026: “la política arancelaria caótica y perjudicial de la Administración Trump y su guerra en Irán, que provocó el cierre del estrecho de Ormuz, la destrucción de la infraestructura energética en la región y los altos precios del petróleo”.

Desde que Trump ordenó bombardear Teherán a finales de febrero, los precios de la energía se han disparado. El bloqueo del estrecho de Ormuz se ha sentido en los surtidores de las estaciones de servicio de Estados Unidos. El galón de gasolina se ha encarecido más de un 45% en un país donde se recorren largas distancias cada día; y el diésel cerca de un 80%, golpeando a agricultores y transportistas. A finales de septiembre, el galón de diésel alcanzó los 6,52 dólares, el récord histórico. La gasolina lleva meses por encima de los cuatro dólares, una barrera que las familias consideran inasumible.

“La crisis energética y el aumento de los precios del crudo impactaron significativamente en los ingresos reales de los hogares en el primer semestre del año, lo que solo se vio parcialmente compensado por una temporada de reembolsos de impuestos excepcionalmente alta”, señala Michael Pearce, economista jefe de Oxford Economics para Estados Unidos. “El impacto de los precios aún elevados persistirá. ”Los precios de la gasolina afectan más a los consumidores de ingresos bajos y medios, ya que destinan una mayor parte de sus ingresos a este combustible», agrega Pearce, que pronostica que la guerra en Irán acentuará la bifurcación en forma de K entre los consumidores de rentas altas y bajas.

El lastre de la política arancelaria

El proteccionismo de Trump tampoco ha aliviado a la economía. Los ciudadanos estadounidenses son los principales afectados de la caótica política arancelaria del ocupante de la Casa Blanca. El presidente republicano impuso aranceles generalizados a todo el mundo en la primavera del año pasado, pero el Tribunal Supremo los tumbó. Al final, reformuló todo el muro comercial de tal forma que a los productores estadounidenses, que tienen que pagar aranceles por las materias primas que compran en el exterior, se les han disparado también los costes de gestión. Miles de pequeñas empresas sufren los rigores de la deriva comercial de Trump.

“Los votantes estadounidenses están enfadados por la economía, por los precios y por la inseguridad. Y han vinculado su difícil situación en el país con las políticas internacionales de la administración Trump. La opinión pública relaciona directamente los aranceles con los precios altos”, sentencia Heather Hurlburt, investigador asociado para Norteamérica, del think tank, Chatham House.

Pese a todo, como dice James Knightley, economista jefe de ING Research para EE UU, “la economía estadounidense sigue mostrando un buen desempeño, aunque esto oculta crecientes divergencias entre los distintos sectores”. Y abunda: “Los hogares de altos ingresos continúan gastando con fuerza, impulsados ​​por el considerable aumento de su riqueza en los últimos años, mientras que los hogares de ingresos medios y bajos se ven afectados por la desaceleración del crecimiento de sus ingresos y la elevada inflación”.

Para estimular el consumo, el ocupante de la Casa Blanca aprobó el año pasado una ley de incentivos fiscales, con rebajas de impuestos a grandes empresas, autónomos y familias. La llamada Big Beautiful Bill, como la bautizó el propio Trump, ha supuesto un alivio, pero también ha aflorado otros problemas. El pasado verano, la deuda pública de Estados Unidos superó la barrera de los 40 billones de dólares en medio de las preocupaciones por el coste de financiación. Ese volumen de pasivo se corresponde con un endeudamiento del 124% del PIB. Y se explica porque el déficit público está descontrolado. El año pasado superó los dos billones de dólares, el equivalente al 7,1% del PIB. La Oficina de Control Presupuestario del Congreso estima que el desfase presupuestario ascenderá este año al 8,5% del PIB debido a los mayores gastos por la guerra contra Irán y las rebajas de impuestos de la Ley Grande y Hermosa.

Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, el 16 de septiembre en Washington. Mehmet Eser (Anadolu / Getty Images)

“Las reducciones de impuestos que se les prometieron a los estadounidenses, que inicialmente beneficiaban en gran medida a los más ricos, se ven contrarrestadas por el aumento de los precios y de los costos de la atención médica para la mayoría de las familias”, afirmó Steve Wamhoff, director de política federal del Instituto de Impuestos y Política Económica (ITEP). “Si se analiza la situación en su conjunto, el resultado es sorprendente: el estadounidense promedio, independientemente de su nivel de ingresos, está pagando más, excepto el 1% más rico, que es el único grupo que sale beneficiado”.

Más allá de la preocupación de los economistas por el futuro de las finanzas del país, la desigualdad mordisquea los tobillos de los ciudadanos. La inflación avivada por el conflicto de Oriente Medio ha obligado a la Reserva Federal a subir tipos y los inversores están presionando los bonos del Tesoro, cuyos rendimientos han subido hasta el 5,3%, el mayor nivel desde antes de la crisis financiera que acabó con Lehman Brothers.

Como consecuencia de esto, los préstamos hipotecarios, y los créditos al consumo para comprar coches u otros productos de consumo se han disparado. El tipo medio de una hipoteca media a 30 años en Estados Unidos ha ascendido hasta el 7,4%, el mayor nivel desde 2023, según datos de Freddie Mac.

Todo esto termina afectando el consumo y la moral de los hogares. Sin embargo, la situación depende de la posición en que se mire. Para Kevin Warsh, el presidente de la Reserva Federal nombrado por Trump, “la economía estadounidense parece estar fortaleciéndose”, según dijo hace un mes en la última reunión de la Fed. “Si se tiene en cuenta el panorama geopolítico, marcado por sobresaltos e incertidumbre, es posible apreciar la resiliencia de la economía de EE UU y cabe adoptar una actitud de optimismo”. Pero antes de terminar reconoció: “Sin embargo, durante más de cinco años, la inflación se ha mantenido por encima del objetivo. La realidad es, sencillamente, que la inflación es demasiado alta y lo ha sido durante demasiado tiempo”.

El motor de la IA, entre el riesgo de burbuja y un nuevo paradigma

La inteligencia artificial está protagonizando la mayor revolución económica de la historia. Nunca se había destinado tanto dinero en tan poco tiempo a desarrollar una nueva industria, ni siquiera en la revolución del ferrocarril de finales del siglo XIX o en la era de la burbuja de las puntocom. La inversión estimada que los grandes laboratorios de IA hasta 2032 ascenderá a 10,3 billones de dólares, una cantidad que representa el 3,6% del PIB, según un reciente estudio del Stijn van Nieuwerburgh, publicado por la Brookings Institution.

El Mapa de Centros de Datos de Estados Unidos, que recopila la información sobre esta actividad, tiene registrados 5098 instalaciones y proyectos en el país: 3172 operativos, 400 en construcción y 1199 planificados, con una capacidad de 395,1 GW. Se prevé que solo este año, la inversión en IA alcance en Estados Unidos el 1,9 % del PIB, según estimaciones de Goldman Sachs.

El sector está teniendo un impacto evidente en la economía, pero también ha provocado malestar social por los efectos nocivos que suponen estas instalaciones. “La mayor parte del gasto de capital, que este año podría alcanzar los 800.000 millones de dólares, va destinada a la construcción de enormes centros de datos”, remarca Jared Franz, economista de Capital Group. “Este nivel de inversión ofrece un fuerte impulso a la economía estadounidense. De hecho, creo que no estamos valorando en su justa medida el impacto que podría tener el auge de la inteligencia artificial”.

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