
La carta al director que envió Carolina Alguacil a EL PAÍS el 21 de agosto de 2005 sirvió para acuñar el término mileurista, muy utilizado a partir de ahí como etiqueta de un colectivo con muchas dificultades para tener una vida plena con ese salario. Esa misiva podría ser firmada hoy por cientos de miles de jóvenes. Y no tan jóvenes. Lo único que cambiaría sería el origen numérico del concepto, que con la inflación acumulada (60%) en estos 20 años los convierte en milquinientoseuristas o su variante más fotogénica en redes, milquini. El salario mediano —el más ilustrativo porque, a diferencia de la media, que mezcla cifras muy altas y muy bajas, este indicador divide en dos la distribución de los salarios y fija el umbral con la mitad por debajo y la otra mitad por encima— se situó en 2.001,4 euros en 2024, el último dato publicado. Dependiendo de la retención fiscal, supone entre unos 1.500-1.600 euros netos al mes.
Un salario neto de 1.500 euros equivale hoy al poder de compra que tenían los 1.000 euros hace 20 años. Quienes perciben esta renta relatan dificultades para llegar a fin de mes
La carta al director que envió Carolina Alguacil a EL PAÍS el 21 de agosto de 2005 sirvió para acuñar el término mileurista, muy utilizado a partir de ahí como etiqueta de un colectivo con muchas dificultades para tener una vida plena con ese salario. Esa misiva podría ser firmada hoy por cientos de miles de jóvenes. Y no tan jóvenes. Lo único que cambiaría sería el origen numérico del concepto, que con la inflación acumulada (60%) en estos 20 años los convierte en milquinientoseuristas o su variante más fotogénica en redes, milquini. El salario mediano —el más ilustrativo porque, a diferencia de la media, que mezcla cifras muy altas y muy bajas, este indicador divide en dos la distribución de los salarios y fija el umbral con la mitad por debajo y la otra mitad por encima— se situó en 2.001,4 euros en 2024, el último dato publicado. Dependiendo de la retención fiscal, supone entre unos 1.500-1.600 euros netos al mes.

El dato más reciente de 2025 de la Encuesta anual de coste laboral arroja una media en bruto de 28.400 euros de salario medio, distorsionado al alza por los altos salarios en banca y energía. Pero millones de trabajadores cobran salarios entre 24.000 y 27.000 euros brutos anuales en jornada completa. Y no son los empleados más jóvenes, ni tampoco los menos formados. El perfil del empleo con esa remuneración va de los 30 a los 40 años (en el caso de las mujeres se extiende hasta los 45); en sectores muy diversos con mucha presencia en oficina, en la construcción en puestos cualificados o el transporte. A bastante distancia quedan los sectores peor pagados, como la hostelería o el comercio, que bordean el salario mínimo.
Estos sueldos entre adultos jóvenes ponen un techo muy bajo a la construcción de proyectos de vida en un contexto de bum económico. “Tenemos un problema agudísimo de transición a la vida adulta porque los salarios reales no suben”, dice Héctor Cebolla, demógrafo del CSIC. “No ahorra, no tiene casa, no tiene coche, no tiene hijos, vive al día. A veces es divertido, pero ya cansa”, escribió Alguacil en 2005. “La vida adulta es tomar un montón de decisiones simultáneamente. Le hemos puesto un palo en la rueda descomunal a los jóvenes”, concluye Cebolla. Los salarios insuficientes de hace veinte años se han enquistado en la economía española.
Dos paradojas. Por un lado, la subida de los salarios nominales ha seguido la estela general de la inflación, incluso con un leve incremento del poder de compra. En ese sentido, se podría pensar que los sueldos dan para vivir igual de bien o de mal que en 2005. Pero el dato del IPC es un contenedor en el que no se captura bien la subida de los alquileres, primer problema para que los sueldos no sean suficientes. La estadística solo sigue las actualizaciones de los contratos que ya existen, así que los años que han estado topados han subido del orden de un 2%. Pero cada vez que un contrato finaliza, el siguiente puede subir lo que quiera el propietario. El incremento de los alquileres se ha duplicado desde aquel 2005, y los salarios han subido a una velocidad mucho menor. Los trabajadores que tienen que pagar un alquiler pueden caer en la pobreza laboral con más facilidad que otros colectivos.

“A mí no me afecta mucho que haya bajado en estos años el ocio u otros servicios. En lo que más gasto es en la cesta de la compra y ha subido muchísimo”, dice Juan Carlos Bobadilla, diseñador gráfico de 51 años residente en Albacete. Y tiene razón, la proporción del gasto en alimentos para las rentas más bajas es mucho mayor que para las altas, así que la inflación no pega el mismo mordisco a todos los bolsillos. En 20 años, los alimentos han subido más de un 77%.
Bobadilla tuvo “la suerte” de hipotecarse. En la salida de la crisis, allá por 2014, le tocó una VPO en el sorteo y junto con su mujer se “quitaron todos los gastos” para poder pagar una entrada. Ahora tiene una cuota hipotecaria de unos 350 euros al mes. “Yo no podría pagar un alquiler, están en 800 euros”, dice este diseñador que llegó de Colombia en el año 2000. Aunque sigue en el mismo periódico desde hace 20 años, cree que su salario real no solo no ha mejorado, “es que se ha reducido en términos reales. Empecé con 19.000 euros anuales y no hemos conquistado ningún hito salarial en este tiempo. Hubo congelación por el medio, recortes… ahora estaré en 25.000 euros”. Bobadilla es mileurista 2.0.
Junto con su mujer, que está en el mismo rango salarial, han apoyado a sus dos hijos universitarios, el pequeño estudiando ya un máster de Matemáticas fuera de casa. “Nos quitamos muchas cosas que la gente da por sentado que puede hacer. En lugar de 15 días de vacaciones, te vas 3 días. El ocio lo reducimos a la mínima expresión”. Bobadilla está en una profesión que exige estudios superiores, al igual que la mayoría de sus compañeros, pero el convenio de prensa diaria nacional, que se conoce muy bien como delegado sindical de CC OO marca esas categorías. “Hasta la empresa lo ha mejorado”, reconoce.
“La gente en España prefiere tener un trabajo que un salario más alto”, dice el catedrático emérito de la Universidad Carlos III, Juan José Dolado, que lamenta que las altas tasas de paro histórico que han asolado la economía española han restado poder de negociación a los sindicatos. En 2005, el paro en proporción era muy similar al actual. Las generaciones más numerosas de la historia de España estaban entrando en esos años en la treintena, aún traumatizadas por las elevadas tasas de paro que España había encadenado en la década de los noventa. Como lo están ahora los jóvenes (muchos menos en cantidad y más formados) que atravesaron el desierto de la crisis financiera recién salidos al mundo laboral.
“El objetivo era la estabilidad, tener un contrato a largo plazo aunque estuviera mal pagado”, dice Begoña Cueto, catedrática de Economía aplicada en la Universidad de Oviedo, abundando en la debilidad que suponían los contratos temporales y la alta precariedad de los trabajadores españoles para hacer valer su posición. Aunque la reforma laboral de 2021 puso coto a la temporalidad, cambiar la cultura de las relaciones laborales de todo un país llevará tiempo.

Aún quedan muchos trabajadores en la inestabilidad. Román Méndez de Hevia es actor, una de las profesiones con menores ingresos según el INE, y con 42 años alterna varios tipos de contratos temporales, también como profesor y coach. Cuando el pluriempleo no le alcanza, lo suple con hostelería. Méndez y su pareja de 45 años, que trabaja dando clases de barré, a medio camino entre el ballet y el pilates, quieren ser padres. Pagan un alquiler de 1.200 euros en un piso en el madrileño barrio de Urgel con dos habitaciones, después de compartir con otra gente hasta los 40 años. Saben que con su edad es posible que tengan que pedir un crédito para un tratamiento de fertilidad, además de ayuda familiar. “Llegamos tarde a todo, así que aunque aún no tengamos las condiciones necesarias nos vamos a lanzar”, dice. “Es una cosa muy silenciada que por la precariedad llegamos a querer paternar y maternar con edades avanzadas”. Méndez se define como optimista y cree que si el bebé llega de forma natural el crédito lo pedirán pero para poner un negocio que les dé ingresos recurrentes o producir un documental con un dinero que tienen pendiente de cobrar.
“Somos una generación que nos pensamos mucho las cosas”, apostilla. “Cuando dialogo con mi familia me dicen que no le daban tantas vueltas. Nosotros estamos sin parar cuestionándonos como generación. Por eso también retrasamos la toma de decisiones. Tenemos miedo a no saber hacer las cosas y no tener herramientas suficientes”, dice el actor. Y los datos le dan la razón. Nunca se ha dedicado tanto tiempo a los niños, a que los padres estén con sus hijos ni tantos recursos. “Estamos en una época enloquecida de la crianza, por los precios, por los salarios y por su nivel de intensidad. Vivimos en un tiempo en el que se ha descompensado la inversión de recursos de la crianza. Es un modelo de educación determinista, como si cada cosa que hacemos cambiara el futuro del niño”, dice Cebolla, que está estudiando el fenómeno. La tendencia va acompañada de unas tasas de natalidad que siguen cayendo, con mujeres que no tienen más hijos porque las condiciones de vida no son las adecuadas.
Sube el suelo pero no el techo
“El salario mínimo ha aumentado mucho desde 2019 pero no se ha trasladado al resto de salarios. La negociación salarial debería permitir que en las empresas que haya beneficios se aumente en mayor medida”, dice Cueto. Y esta es la segunda paradoja. El salario mínimo a golpe de decreto ha aumentado el doble que el salario mediano en las últimas dos décadas. El suelo ha comenzado a elevarse, pero los primeros pisos (las retribuciones inmediatamente superiores a la mínima) siguen en el mismo sitio. Si en 2005 el salario mediano suponía 2,1 veces el salario mínimo, hoy es apenas 1,5 veces. Actualmente, el salario mínimo está fijado en 1.221 euros al mes en 14 pagas y pisa los talones al grueso de los sueldos intermedios.
Cuando se han visto obligados, los empresarios han encontrado el margen para subir los salarios, sin que por eso se hayan resentido los beneficios. Cueto y Dolado coinciden en que falta cultura empresarial para premiar el talento y establecer políticas de retención.
Por eso, María Fernández (nombre alterado para conservar el anonimato que pide), de 30 años y trabajadora en una agencia de márketing, tiene planeado cambiar en cuanto pueda. Y eso que con sus 27.000 euros al año es una de las personas que más cobra en su empresa. Acaba de tener un niño porque también ha tenido suerte: han logrado acceder a una vivienda de alquiler asequible en un pueblo de la periferia de Madrid por 1.218 euros con dos dormitorios. “Nos hemos lanzado porque queríamos formar una familia y nunca va a ser un buen momento. Mi marido gana más que yo y está en una empresa grande. Con mi sueldo no lo habríamos podido plantear”. Aunque ella es sincera y sabe que entre los dos suman ingresos privilegiados, no podrían ahorrar lo suficiente para pagar la entrada a un piso en la Comunidad de Madrid. Las famosas clases medias ya no pueden acceder a la vivienda. “Me da vergüenza decir cuánto cobro a mis conocidos porque tengo un puesto de responsabilidad dentro de mi agencia”, confiesa.
“Las responsabilidades hay que pagarlas y eso es parte de la negociación colectiva”, insiste Cueto, que dice que esta situación de ascender sin que acompañe un aumento salarial es muy habitual. El tamaño de las empresas españolas, muy pequeñas por regla general, tampoco ayuda a que las cosas cambien. Pese al romanticismo que envuelve a las empresas familiares, son las grandes las que ofrecen mejores condiciones a sus trabajadores. Y la estructura productiva también aleja al país de mejoras salariales significativas. “Nuestros empresarios se especializan en cosas de poco valor añadido”, dice Dolado, aunque reconoce que el empleo que se está creando en los últimos años es de mejor calidad, pero aún le queda mucho para dar la vuelta a la estructura productiva española.
“Los problemas de redistribución de España están ligados a la productividad”, añade Cebolla. “Nos pasamos la vida pensando sobre cómo redistribuir la escasez pero no sobre cómo crear riqueza”. Ante la cuestión de por qué puestos de trabajo productivos, como médico o científico, están mejor pagados en otros países, Cebolla y Dolado dicen que el desempeño del grupo en términos productivos es igual de importante que el individual. Además, “nuestra manera de entender la ventaja comparativa es de sueldos bajos”, dice Dolado. España ha practicado la contención salarial durante décadas como medida para favorecer la competitividad. Esto es, que cueste menos producir en España que en el resto de los países de la UE. “Y ese es el problema, que el trabajador sigue siendo visto como un coste, no como una fuente de ventaja”, salda Cueto. Y no, no solo se paga más en el extranjero porque el coste de la vida sea superior. En 2005, España logró alcanzar a la media de la UE en riqueza per cápita ajustada a la capacidad de compra de cada país. Durante la crisis empezó a divergir en lugar de converger, y a día de hoy se encuentra en un 92% de la media europea.
Mejorar la productividad del sector servicios, un cajón de sastre que sustenta casi el 70% de la economía, es muy difícil. Cathaysa Pérez trabaja como vigilante de seguridad en el aeropuerto de Gran Canaria y llega a ser milquinientoseurista gracias a los pluses de nocturnidad y festivos. El suyo también es un caso de éxito, comenzó a trabajar con 18 años y en aquellos locos años de la burbuja, con su primer empleo le dieron una hipoteca por el valor del 100% de la compra. Capeó la crisis con el agua al cuello pero ahora paga una cuota más que razonable de 480 euros, en una de las islas donde más ha subido el precio del alquiler. Su esposa es profesional de la limpieza y han tenido un hijo con celiaquía, lo que dispara la factura de la cesta de la compra. “No tenemos capacidad de ahorro”, reconoce. “Tiramos cada mes de tarjeta, de familia…”. Pérez, también de CC OO, es presidenta del comité de empresa en el aeropuerto y maneja un dato que a ella misma le sorprende: el 100% de sus compañeros tiene solicitado un anticipo de la nómina. Literalmente, ninguno llega a final de mes.
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