Donald Trump debería perder las elecciones legislativas y a gobernador de mitad de mandato en Estados Unidos que se celebrarán el 3 de noviembre. Es lo que dice la estadística, no las encuestas, aunque estas también proveen el mismo resultado. Sería más apropiado decir que el Partido Republicano es el que perdería las elecciones como consecuencia de un voto de castigo al presidente Trump, republicano. El dato proviene de los resultados de todas las elecciones de mitad de mandato desde 1934 hasta hoy. El partido que tiene un inquilino en la Casa Blanca pierde la Cámara de Representantes y el Senado.
La historia electoral y el rechazo a su gestión anticipan un duro castigo para el presidente y el Partido Republicano
Donald Trump debería perder las elecciones legislativas y a gobernador de mitad de mandato en Estados Unidos que se celebrarán el 3 de noviembre. Es lo que dice la estadística, no las encuestas, aunque estas también proveen el mismo resultado. Sería más apropiado decir que el Partido Republicano es el que perdería las elecciones como consecuencia de un voto de castigo al presidente Trump, republicano. El dato proviene de los resultados de todas las elecciones de mitad de mandato desde 1934 hasta hoy. El partido que tiene un inquilino en la Casa Blanca pierde la Cámara de Representantes y el Senado.
Hay excepciones: Roosevelt (FDR) y los demócratas ganaron los comicios de mitad de mandato en 1934 porque el presidente aplicó sus políticas del New Dealy salvó a la población de los terribles efectos de la Gran Depresión. A la gente le gustaba lo que hacía FDR a favor del pueblo, incluido a un jovencísimo Ronald Reagan, entonces demócrata. La otra excepción a la habitual derrota presidencial en las elecciones legislativas fue George W. Bush, en 2002. La nación, traumatizada por los atentados del 11 de septiembre de 2001, vivía un fervor patriótico que la puso en fila detrás del presidente, incluida Hillary Clinton —entonces senadora demócrata por Nueva York—, aunque no Barack Obama. Bush y los republicanos ganaron rotundamente las elecciones de mitad de mandato de 2002. Aquí acabaron las victorias: lo demás, en un siglo de análisis, son derrotas de partido en la Casa Blanca.
Los análisis poselectorales —aquí sí entran en juego las encuestas— dicen que, en todos los casos, esas derrotas se deben a un voto de castigo al presidente mediante la penalización electoral de los congresistas y senadores de su partido. El presidente no se presenta a las elecciones, pero si su índice de popularidad y la aprobación de su gestión son inferiores al 40%, su partido pierde indefectiblemente.
Antes hemos mencionado excepciones porque, si no las hubiera, podría pensarse que hay un determinismo histórico que anula la voluntad de los votantes. No es así. Contra toda lógica electoral, por ejemplo, Trump insiste en pedir a los electores republicanos que imaginen que él también se presenta a las elecciones. Con razón, muchos candidatos republicanos se alejan del presidente.
Trump cree —lo repite en entrevistas televisadas— que “los votantes no están enfadados conmigo, sino con los republicanos”. A la ausencia de lógica electoral se suman la falta de sentido común y la negativa a abrir los ojos a la realidad: un 74% de los electores dice que la economía va mal, aunque crezca el PIB y se genere empleo. Tres de cada cuatro potenciales votantes suspenden al presidente en su gestión de la economía y, especialmente, en la de la inflación. Trump prometió en la campaña electoral de 2024 bajar los precios —de los alimentos, la gasolina, la vivienda, etcétera—, que se habían disparado durante la presidencia de Biden.
Pero las decisiones de Trump han aumentado muchísimo los precios. La peor de esas decisiones geopolíticas que afectan a la economía y a la inflación es la impopular guerra contra Irán. Los precios de la gasolina están disparados en un país donde todo se hace en coche: un 91% de los potenciales votantes suspende a Trump en “la gestión del precio de la gasolina”. Los jóvenes menores de 30 años y el electorado hispano-latino, que apoyaron a Trump en 2024, hoy lo rechazan. Y, como no pueden echarlo a él, harán que lo paguen en las urnas los legisladores republicanos. Trump —rudo, pero no tonto— es consciente de ello y el pasado día 21 dijo a los medios de comunicación: “Aunque se pierdan las elecciones, seguiré aquí como comandante en jefe”, es decir, al mando y ejerciéndolo.
Al presidente le falta un poquito de humildad. Bill Clinton, tras perder 54 escaños en la Cámara y 8 en el Senado en las elecciones de 1994, declaró “haber entendido el mensaje” y dio un giro al centro que le permitió obtener otro mandato presidencial. Obama dijo: “He recibido una paliza” (shellacking), tras perder 63 escaños en la Cámara y 6 en el Senado. Ni siquiera usó el plural: asumió personalmente la derrota y ganó un segundo mandato. En cambio, Trump —que perdió 40 escaños en la Cámara, aunque ganó 2 en el Senado— culpó a todos excepto a sí mismo y después perdió las elecciones presidenciales de 2020.
Sería injusto atribuir a Trump determinados comportamientos y actitudes ante unas elecciones que aún no se han celebrado. Pero sabemos cómo se ha comportado en el pasado y, también, cómo actúa todos los días, porque sufre de hiperactividad, acompañada de una presencia mediática constante. Dicho lo cual, las cosas no pintan bien para el 3 de noviembre, ni para Trump ni para los republicanos. Un 72% de los posibles electores dice que el coste de la vida es el factor más importante en su decisión de voto, como también afirma un 54% de los republicanos. Trump responde que “Irán está derrotado”: la gente no ve ninguna relación de causa y efecto ni correlación entre la imposibilidad económica de llegar a fin de mes y que Irán esté derrotado (que no lo está).
Si Trump acabara con la guerra contra Irán y se abriera totalmente el estrecho de Ormuz, los precios bajarían y eso sí lo entendería la población. No lo hace, y la aprobación de su gestión fue del 43% en septiembre y ha caído al 34% en octubre. Todas las encuestas lo dan por perdedor, incluidas las de Fox News. El escenario más positivo para los republicanos sería mantener el Senado, una opción plausible.
A Trump le da igual porque, pase lo que pase, dice: “Yo seguiré al mando”.
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